Dentro de la casa había una esquina a la que le daba el sol. Era el único lugar con un poco de sol por las mañanas. Ahí escuché por primera vez hablar a María Luisa. Mi amante fantasma llega puntualmente todos los solsticios de otoño y se marcha antes, mucho antes, de los primeros días de invierno. Nunca soportó el frío.
María Luisa es fascinantemente aburrida. Siempre me reclama las otras estaciones del año, las otras faldas que atraviesan mi imaginación y el tiempo que desperdicio en leer libros de detectives. Siempre fue así desde el principio: una letanía que me llevaría al suicidio o al exorcismo. Sin embargo, y desde la primera vez, el sexo fantasmal…
El sexo fantasmal. Mi paciencia al no llamar a cualquier sacerdote, hechicero, brujo, psiquiatra, santero o cualquier alimaña parecida tuvo, de manera casi inmediata, resultados paradisíacos. Al primer encuentro con María Luisa le siguieron muchos otros. El hecho de que apareciera una vez al año me dejaba con cierta impaciencia. Impaciencia que terminó, como todo, disolviéndose en el tiempo.
Entonces las visitas de María Luis, aunque anuales, se hicieron comunes y corrientes; como todas las visitas, como todas las fantasmas. María Luisa terminó por aburrirme y de un culto se convirtió en la moneda que le das al barquero por un paseo, aunque sea el último.
Así fue como este año decidí, en un esfuerzo más que desesperado simple y plano, tapar el hueco por donde entraba el rayo del sol y calentaba la esquina. La esperanza era simple: erradicar de una vez y para siempre, la visita anual de María Luis y cerrar, como si de un camino luminoso o un portal mágico se tratara, el lugar por donde se escurría todos los años.
El sortilegio funcionó hasta ayer en la noche que llamaron, como en el poema, a mi puerta. Esperaba que al abrir me encontrara a una mujer hermosa de cabellos oscuros y ojos azules. Pero supe, al momento de tocar la manija, que uno no se deshace tan fácil de una mujer fantasma.
