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08 octubre 2021

Café



En uno de sus míticos viajes piñescos, Jacobito me trajo café. Un café veracruzano en grano que no había podido llevar a un molino pero que, en un acto de salvajismo culinario, he comenzado a moler en un mortero de madera. 


El café, el café, señoras y señores del jurado, es uno de los momentos más importantes de la vida; de lo cotidiano, de lo especial, de los viajes. Es un signo de evolución, de sofisticación, de racionalidad. El café es un signo de belleza. 


Un café por la mañana, aromático, oscuro, con carácter. Un aroma que llene toda la casa, que llene el corazón, la mente, la nariz, como una charla con una mujer interesante. Un evento que desemboque en un primer trago de satisfacción y felicidad, como el sabor del primer beso y del último, del beso irrepetible sobre unos labios atemporales después de una noche imposible; o el sabor de una buena noticia o el abrazo amante que no pide otra cosa que eternidad. 


El café, señoras y señores del jurado. Soy imposiblemente celoso con el café que bebo, una mezcla de caracolillo, francés y marago que se hace presente, como un vestido negro en una noche de gala, desde que sale del empaque e inunda la cocina con su presencia, hasta que el agua, apunto de ebullición, lo resucita desde el tercer día, dándole esa calidez que se preservará hasta que se disuelva en la boca. 


El primer trago de café debe ser caliente y generoso como el abrazo de aquella mujer milagrosa; debe ser redondo en el paladar, con una densidad que recuerde al vodka congelado. Y su sabor, amargo al final, como esa dulce despedida  que implica el adiós, dejando esa sensación de querer vivir la vida con todas sus sensaciones. 


El trago de café debe ser tan increíble como tocar el pelaje recién cepillado de un husky: suave, vivo, cálido. Y debe establecer una memoria: la memoria del café, la saudade, la nostalgia de lo que no pasó y el recuerdo del futuro. 


El café con amigos, con amantes, con quien se quiere para siempre, con los perros, con los gatos, con Jack Daniels, con Woodford; café en la juventud y en la vejez, en los compromisos, en los postres, en las reuniones de una vez, en las reuniones que se repiten, en tazas pequeñas y grandes, en tazas regaladas y en las compradas en museos. 


Café para despertar y para dormir, para olvidar y para mantenerse despierto, para conocer a alguien, para beber en Estambul, en París, en Chicago. Café en la calle y en el metro, para desayunar, para trabajar, para despedirse. 


El café, señoras y señores del jurado, una prueba fatal, unos labios rojos, una muestra del sabor de las nubes y de que la inmortalidad es un trago y la eternidad, como el amor y la felicidad,  un momento.