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21 octubre 2020

Arroz con leche


 

María aprieta el frasquito. 

Deja los cubiertos sobre la mesa.

Toma un trago de agua.


La comida de domingo ha sido la misma de todas las semanas. María insiste en ir a comer a casa de sus padres, tenga ganas o no: la costumbre de “la gran familia mexicana” como decía el conductor. “La gran familia mexicana…” con su mantel de macramé, la vajilla de flores, los cubiertos desgastados por la fibra scotch, la verde que todo raya. 


María compró la costumbre, se acopló a las ideas de sus padres, a sus formas y entró en el loop: la misma comida, las mismas caras, las mismas palabras seguidas de los mismo reclamos y de los mismos comentarios amables… 


¿Amables? 

¡Hijos de su puta madre! 

¡Que se metan su amabilidad por el culo! 


Las cosas han empeorado con la pandemia: sus papás no salen a la calle, no van al club, no platican con amigos, no chingan a sus vecinos, ni al portero, ni a los viene-vienes del supermercado. Guardan toda su mierda para los domingos, para la soltera que todo el mundo sospecha que es lesbiana pero que nadie dice nada porque si no lo dices no existe. 


Frente a los eventos de los domingos, María tiene un pensamiento muy simple: ¿Y por qué no mejor van y chingan a su madre? La respuesta siempre viene en fragmentos para terminar con un abrazo y un beso en la mejilla a su madre y la vuelta a su departamento. 


Otro domingo, otro plato con dos piezas de pollo y mole Doña María. Pinche mole Doña María fodongo porque, pues Susy, mejor que no venga, no vaya a ser la de malas que en el camión pesque alguna cosa.  Entonces la mamá de María, que según sus propias quejas ya cocinó mucho cuando sus hijos eran niños, aplica alguna receta sencilla aprendida en el grupo de señoras fifís de Facebook.


El pollo, el mole, el ajonjolí, el agua de Jamaica de sobre y unas tortillas medio calientes envueltas en una carpetita tejida por la Señora X, amiga de toda la vida de sus padres a quien no frecuentan nunca. 


El plato fuerte siempre es el mejor momento de chingar a María. 

El embate comienza: su madre se la pasa a su padre que haciendo una gambeta mediocre la manda a su hermano mayor que la guarda la hace suya la acaricia y se la manda a la mamá que remata y, ¡el primer chingadazo! Y María aprieta la mandíbula y frasquito debajo de la mesa que, si no fuera de plástico, ya estaría roto.


María, trae el postre, interrumpe su madre y si esto fuera una pelea de box, María ya estaría total y completamente madreada. Pero viene el postre y con el postre el frasco y el momento.  


En la vida hay un momento epifánico, 

un momento de liberación, 

irrepetible, 

concreto, 

mágico. 


María aprieta el frasco: sí mamá, contesta llena del júbilo que sólo conocen los iniciados, los glorificados, los libres; el júbilo con el que la novia de Julieta le dio las gotas para los ojos y le dijo un numero que María guarda en muy corazón.  


Y María toma el arroz con leche y se mete el frasco en la bolsa y con una sonrisa que la hace la más bonita de todas, sale por la puerta de la cocina y deja el postre sobre la mesa. 


¿Quieres que lo sirva, ma?


Y una sonrisa la libra de todo mal.