19 agosto 2019

Nopales


Odio los nopales y su evocación a hierba seca y a memoria. Recuerdos de campos desolados, pedregales adustos, terrenos calurosos, rocas estériles, vírgenes mentirosas mordiéndose las uñas y haciendo antigüedad. 

Los nopales son mi abuela y mi madre; son mi insoportable hermana  azotando la puerta y engulléndolos como en un cuadro de Goya. 

Fragmentos repugnantes. 
Placebos alimenticios. 
Los nopales. 

Como si cualquier animal pudiera subirse a un nopal a devorar una serpiente; como su algún animal, cualquiera que este fuera, encontrara mejor lugar en el mundo que un nopal para espinarse las nalgas mientras devora.  Y me viene a la cabeza ese escudo lejano y ajeno que se me tatúa en el exilio y en la partida, en la frontera entre cierto deber y cierta espuma de cerveza.

Los nopales… 
los putos nopales. 

Nopales cocinados 
Nopales crudos 

Nopales beneméritos
olvidados
pobres 

Nopales ensalada
Nopales sobre leña


Nopales de mierda, este dolor en la cara, esta textura que se refleja en el espejo y hierve mi corazón en baba y espinas bajo un sol Tinajero.

10 agosto 2019

Imposibilidad

Imposibilidad: Falta de ocasión o medios para que una cosa exista, ocurra o pueda realizarse.


Nunca he confiado en Norah Jones. 

Mi desconfianza empezó, como cualquier cliché, en otoño. Sabía, perfectamente sabía, que detrás de esos ojos oscuros se asomaba un destino fatídico. Los ojos de Yocasta debieron ser oscuros pero, ¡qué importa!: a los poetas las cosas trascendentes les importan un carajo.

Norah Jones cantaba mientras yo me tomaba una botella de whisky, a cuyo precedente - un Double Black - le sucedieron severos vodkas y una especie de Carcosa adelantada.  

Norah Jones no tuvo la culpa de toda esa ingesta etílica. Ni del W, ni de la madrugada, ni de mi auto estacionado, a la mañana siguiente, a la vista de las familias que pudorosamente asistían a desayunar a los restaurantes de la zona. 

Norah Jones tampoco tuvo la culpa de que saliera disparado por la mañana, lleno de Fiji y de una confusión extraña de amanecer entre sábanas celestes y recuerdos a medias, con un cierto dolor de cabeza, como quien se bebe A Sangre Fría con un Desarmador y viceversa. 

Norah Jones tuvo la culpa de otra cosa. 

Norah Jones tuvo la culpa de un secreto. Un secreto guardado entre las costillas número 21 y la número 22, una historia de fantasmas. 

Norah Jones es culpable de cantar ese día: una vez, otra vez, una más. De no frenar su marcha durante mi vuelta, de ser el holograma en mi recuerdo, de enredarse en mis oídos, de no avisarme que vendrían My Blueberry Nights y que yo no podría hacer nada y que la ola, era ya la sombra sobre mi cabeza. 

Norah Jones trajo este pájaro azul a mi corazón. Fue la adivinanza de la esfinge, la ananké de los reyes, la enredadera de luces que se cernió sobre mi amor hasta quemarlo: Sino de Prometeo, hora verdaderamente falsa, maraña de luz negra.


Norah Jones suena. Mientras el disco blanco da 37 vueltas, las nubes anuncian el vaticinio de lo que viene, de lo que será, de lo inadivinable, de lo fatalmente indescifrable: la cabalgata de un quinto jinete cuyo nombre empieza con K.