Odio los nopales y su evocación a hierba seca y a memoria. Recuerdos de campos desolados, pedregales adustos, terrenos calurosos, rocas estériles, vírgenes mentirosas mordiéndose las uñas y haciendo antigüedad.
Los nopales son mi abuela y mi madre; son mi insoportable hermana azotando la puerta y engulléndolos como en un cuadro de Goya.
Fragmentos repugnantes.
Placebos alimenticios.
Los nopales.
Como si cualquier animal pudiera subirse a un nopal a devorar una serpiente; como su algún animal, cualquiera que este fuera, encontrara mejor lugar en el mundo que un nopal para espinarse las nalgas mientras devora. Y me viene a la cabeza ese escudo lejano y ajeno que se me tatúa en el exilio y en la partida, en la frontera entre cierto deber y cierta espuma de cerveza.
Los nopales…
los putos nopales.
Nopales cocinados
Nopales crudos
Nopales beneméritos
olvidados
pobres
Nopales ensalada
Nopales sobre leña
Nopales de mierda, este dolor en la cara, esta textura que se refleja en el espejo y hierve mi corazón en baba y espinas bajo un sol Tinajero.
