29 abril 2019

Toño


Nunca he conocido a nadie con una pendejez tan particular como la de Toño. Una pendejez única, enfundada en un metro cincuenta de complejo de enanito mal disfrazado, de un “somos iguales” burdo y de mal gusto. 

Toño: su cara cayendo a pedazos por una lepra mal cuidada, una sarna repugnante. Si lo veías de lado, notabas escamas de piel caían a contraluz haciendo copos navideños de piel podrida.  

Toño era antipático. Antipático y pendejo. Pendejo y enano. En esa época empecé a tener problemas con la gente, principalmente hombres, de baja estatura. Nunca supe si fue por culpa de Toño, pero en ese momento pensé que sería una cuestión de perspectiva, como ver al David: si te pones abajo de la estatua lo único que ves son unos huevotes en una bolsa pellejuda: asqueroso. Supongo que para Toño la vida era un constante ver huevotes colosales. 

Toño… Toño sacaba lo más especial de las personas. Más de una vez tuve ganas de ponerle un vergazo. Más de una vez pensé: este pendejo sin cara, este mariquita, este jalisquillo - chilango muerde almohadas, este chihuahua ladrador de puras pendejadas, este pinche Margarito sin chiste cara de prepucio mal cuidado, este culero que le anda metiendo la reata a la Artura. 

Pero si digo que Toño con su metro cincuenta y sus hojuelas de piel y su chimuelito de color y su secretaria -“vieja chismosa chupa membrillos“ como le decían-, era un pendejo, lo digo nada más por coraje. Toño no era tan pendejo, tenía la cara, eso sí: cara de pendejo, voz de pendejo, ideas pendejas que, acompañadas de sus nalguitas engrasadas, eran el perfecto cocktail para empujarle el miembro; pero detrás de todo eso se ocultaba un hobbit ladino, culero y ladrón. 

Detrás del anal servilismo lubricado, había una pequeña sanguijuela esperando saltar al cuello de su presa. Sí: Toño se chingó un montón de lana en su paso por el gobierno. 


¿Por qué? Porque la gente que lo rodeaba era más pendeja que Toño y tuvo una jefa que le creyó todo y lo trató de la chingada; y Toño se hincó y bajo la cabeza y dijo: sí, señora, sí me cabe todo en la boca y se lo comió y lo engulló una vez y otra y una más. 

Total, como él decía mientras se metía un caballito de tequila entre las nalgas: “sí, mira, mi recomendación siempre es abrir bien la boca y tragar, Artura, tragar hasta que se te salgan los ojos”, y enseñaba los dientes en una mueca repugnante que él creía una sonrisa. 

21 abril 2019

un rincón en el fondo de la casa


Vive en un rincón en el fondo de la casa. Es pequeño y no estorba. Lo dejo estar porque no me quita nada. Lo dejo estar porque no sabría cómo no moverlo sin moverme yo de paso y porque me ha enseñado a anudarme la corbata. 

De vez en vez come algo. Es taciturno y prefiere la sombra, prefiere el rincón donde no pega el sol porque su calidez es más que suficiente. Las gatas lo respetan y lo dejan estar; saben, de sobra, que no pueden lanzarlo por las escaleras. Tampoco las perras le hacen mucho caso, menos ellas que sólo buscan mi mano para ponerla sobre su cabeza. 

No se mueve. No estorba. Su presencia es marcada sin huella: acompaña. Es una acción involuntaria no decide hacerse presente, desaparecer; no eligió nacer, como ninguno de nosotros, 

A veces me llena de una tristeza profunda y espesa como Guinness; a veces me llena como, supongo, la luz del sol llena las venas de las plantas. 


He aprendido a vivir sabiendo que existe; sabiendo que me acompañará hasta el final último; que estará las noches y las tardes, los domingos, los días ocupados y cotidianos. Luego vendrá conmigo a nuevas casas, conoceremos países intermitentes, nos haremos viejos y más grises. Un día desapareceremos y nadie hablará de nosotros. Quedará el rincón y el espacio vacío. Otros ocuparán el rincón en el fondo de otra casa. 

14 abril 2019

son las diez: están tocando de nuevo la puerta.


Vivir con alguien es una chinga. Las primeras veces se confunde con una ilusión, una imaginación de ambrosía que se expande por los sentidos durante los primeros días; meses, quizás. 

Luego el tiempo se encarga. 

Vivir con alguien es la fantasía que se convierte en realidad y la realidad que lo manda todo la verga: la verga que es uno de los tantos nombres del eterno destino de todas las cosas sobre la tierra. 

Cuando la persona es la indicada, 

- y, ¿cómo putas saber que es la persona indicada?, si no se está seguro hasta que pasa un montón de tiempo y ya es demasiado tarde para cualquier cosa; ya se está demasiado ruco y cansado y jodido para decir: ¡al carajo!, ¡ya no quiero vivir contigo!, me cagan tus formas y tu cepillo lleno de pelos en el lavabo y que ocupes todo el espejo y que apagues las putas luces temprano y que no pueda quedarme hasta tarde y que me condiciones el gasto del puto vodka porque ya bebí demasiado y me va a cargar la chingada y la cirrosis y todo lo demás que tiene que cargarme cualquier santo día de estos-

La persona indicada... Existen... Existen los acuerdos diplomáticos, las treguas; existe la razón, la lógica: ¿te molesta que haga esto o que haga lo otro o que ponga aquí mis cosas o allá o que mueva o que limpie o que haga o que exista? 

¡Ah!, pero los primeros días, el engaño, la miel, el olor dulzón de la luz del sol entrando por las ventanas y los pájaros afuera y el atardecer y luego: el medio día y el tiempo y el desgaste natural de los nervios el y la claridad que deja ver que la verdadera cara y desaparece todas las sombras y deja al descubierto, como un cuerpo maduro dispuesto al sol, todos los pliegues y puntos negros y lo que se erosiona y lo que se acaba.  

Vivir con alguien debería ser un eterno decir: Eres un extraño y quiero que seas un extraño siempre y para siempre y por siempre y todas las putas preposiciones y conjunciones y adjetivos y todo: siempre; porque al final: la puta confianza echa todo al traste, porque la confianza es abuso, es verdad, es realidad, es 


Son las diez: están tocando de nuevo la puerta.