Nunca he conocido a nadie con una pendejez tan particular como la de Toño. Una pendejez única, enfundada en un metro cincuenta de complejo de enanito mal disfrazado, de un “somos iguales” burdo y de mal gusto.
Toño: su cara cayendo a pedazos por una lepra mal cuidada, una sarna repugnante. Si lo veías de lado, notabas escamas de piel caían a contraluz haciendo copos navideños de piel podrida.
Toño era antipático. Antipático y pendejo. Pendejo y enano. En esa época empecé a tener problemas con la gente, principalmente hombres, de baja estatura. Nunca supe si fue por culpa de Toño, pero en ese momento pensé que sería una cuestión de perspectiva, como ver al David: si te pones abajo de la estatua lo único que ves son unos huevotes en una bolsa pellejuda: asqueroso. Supongo que para Toño la vida era un constante ver huevotes colosales.
Toño… Toño sacaba lo más especial de las personas. Más de una vez tuve ganas de ponerle un vergazo. Más de una vez pensé: este pendejo sin cara, este mariquita, este jalisquillo - chilango muerde almohadas, este chihuahua ladrador de puras pendejadas, este pinche Margarito sin chiste cara de prepucio mal cuidado, este culero que le anda metiendo la reata a la Artura.
Pero si digo que Toño con su metro cincuenta y sus hojuelas de piel y su chimuelito de color y su secretaria -“vieja chismosa chupa membrillos“ como le decían-, era un pendejo, lo digo nada más por coraje. Toño no era tan pendejo, tenía la cara, eso sí: cara de pendejo, voz de pendejo, ideas pendejas que, acompañadas de sus nalguitas engrasadas, eran el perfecto cocktail para empujarle el miembro; pero detrás de todo eso se ocultaba un hobbit ladino, culero y ladrón.
Detrás del anal servilismo lubricado, había una pequeña sanguijuela esperando saltar al cuello de su presa. Sí: Toño se chingó un montón de lana en su paso por el gobierno.
¿Por qué? Porque la gente que lo rodeaba era más pendeja que Toño y tuvo una jefa que le creyó todo y lo trató de la chingada; y Toño se hincó y bajo la cabeza y dijo: sí, señora, sí me cabe todo en la boca y se lo comió y lo engulló una vez y otra y una más.
Total, como él decía mientras se metía un caballito de tequila entre las nalgas: “sí, mira, mi recomendación siempre es abrir bien la boca y tragar, Artura, tragar hasta que se te salgan los ojos”, y enseñaba los dientes en una mueca repugnante que él creía una sonrisa.


