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08 diciembre 2021

Promiscuidad Musical


 

Flore Benguigui envuelta en sonidos electrónicos. Día, tarde, noche. Un loop serpentino que tarda lo que una estrella pulverizada por un hoyo negro. De un salto, la voz de Maria Zardoya, seda fría y fresas recién cortadas; con un poco de viento,  la voz imposible de la Thérèse de Balthus convertida en Maya Hawke, pausa suave, un trago de vodka helado especiado con pimienta negra.


Vivo entre la voz de Carola que va y viene como un chocolate amargo apresado entre el paladar y la lengua, que deja un sabor completo, reconfortante, feliz y las palabras nítidas de Angourie Rice, al otro lado del mundo divida por la Bruselas de Angèle, étrange mélange de Claire Laffut y uno que otro grito de Janice. 


Jazz cálido de Catalina García, Downtown uptempo de Anya Taylor-Joy, alguna frase arrastrada de Lana del Rey, un melodrama de Lorde o la península de Baja California envasada en la garganta de Amy Winehouse que se difumina en una noche de bajos y graves incendiados llamada Lianne La Havas. 


Despierto en el eco en Baby I’, a fool de Melody Gardot aunque Happy Pills de Norah Jones con un martini de pepino. Interrumpo con violencia el encanto de la luz con la sombra de Beth Gibbons en Tom the model para estallar con Emanuela Hutter mientras aderezo mi promiscuidad auditiva con Skye Edwards y vuelvo, 

embelesado, 

sin tiempo, 

sin prisas, 

sin promesas imposibles de cumplir.

28 septiembre 2021

una violenta apología de la filosofía




¿Qué puedo hacer con este remolino

de imbéciles de buena voluntad?

¿Qué puedo con inteligentes podridos

y con dulces niñas que no quieren hombres sino poesía?

Jaime Sabines


Un filósofo enojado es como Harry Potter enojado pero sin poderes y sin magia: otro teto de lentes redondos. Es un sujeto que hace berrinche desde un lugar lejano parecido a Narnia pero más aburrido, porque para ser filósofo es necesarios evadirse a través de textos incomprensibles y de formalidades que succionan más que un becerro en un invierno ruso.


El filósofo es el feo de la fiesta, el inseguro; busca su seguridad en aquello inalcanzable e incomunicable: entre más complejo y difícil el conocimiento, más filosófico; entre más etéreo e inalcanzable, mejor. Y es insoportable: cree que lo sabe todo como los amorosos de Sabines y nunca deja de ser un adolescente sabiondo y apestoso que se ríe de alguna broma idiota y que fornica es una sola posición. 


Ser filósofo es ser el relegado, cree que por pronunciar palabras incomprensibles e ideas abstractas vive en un lugar glorioso; querido amigo: lo cierto es que no, lo cierto es que eres habitas un lugar impregnado de ti mismo, maloliente, encerrado. La idea del filósofo en México, en círculos concretos, es que son los que andan en “la lucha”, son la izquierda, son los que fuman mota para alcanzar sus ideas y son paristas, vagabundos. 


Entonces, ¿por qué estudie filosofía si no me gusta el apeste de la mota ni la izquierda ni los discursos mamadores de gargantas inconmensurablemente profundas? ¿Para qué estudiar una carrera que me dejaría un estigma de lo que menos reconozco y aprecio en la vida? ¿Por qué estudiar filosofía si no quería ser profe, ni pobre, ni académico, ni doctor, ni maestro, ni rector, ni investigador? 




Estudié filosofía porque si no hubiera tenido que estudiar unas diez carreras repartidas en las diferentes áreas del conocimiento; porque quería saber de todo, porque leer a aquellos que han tratado de descifrar el mundo no formaba parte de lo que se podía aprender en derecho ni en la psicología ni en el cine ni en las comunicaciones, porque tampoco lo ofrecían las relaciones internacionales ni la ciencia política, por más que quiera y le eche ganas, porque nunca creí que la economía se pudiera reducir a modelos matemáticos sino que es un organismo vivo que forma parte de la práctica social. 


Y luego me di cuenta de que estudie filosofía para sentarme en la misma mesa que abogados, ingenieros, médicos, pintores, jueces, embajadores y cónsules, historiadores, comunicólogos, administradores, contadores, modistas, secretarios de estado, curadores de arte, procuradores de justicia, agentes de policía, militares, marinos, músicos, psicólogos, internacionalistas, consultores de todas las materias, economistas, matemáticos, financieros, articulista, periodistas, empresarios, escultores, sindicalistas, gobernadores, síndicos, diputados, senadores y tener algo que aportar en proyectos conjuntos, en realidades concretas, pero sobretodo, para hablar en sus términos y en su lenguaje; porque siempre entendí que tenía la responsabilidad de conocer sus términos y no que ellos conocieran los míos. 


La filosofía no sirve a la manera de la medicina o de la contaduría; no funciona para hablar de desarrollos odontológicos o de estructuras mecánicas. La filosofía que me ensañaron sirve para leer y estudiar y volver a leer y volver a estudiar; sirve para vivir en un mundo donde el pensamiento tiene su valor en lo incomprensible, para vivir con el reconocimiento de una academia que sobrevive de las secuelas de la película de Gerard Damiano. 


Hoy la filosofía no sirve y no aporta y los únicos culpables son los filósofos, porque generan pensamientos inaccesibles e intrascendentes, porque no llevan las ideas a la calle, ni a otras materias; porque no abren la filosofía a otras disciplinas y piensan que siguen teniendo la verdad entre sus manos mientras lloran diciendo: “¡ah!, ¡deja mi verdad!, ¡no la veas!, ¡no la toques!” y abrazan un mojón de idioteces que termina por ser lodo y tierra estéril. 


La idea que tenemos del filósofo es una idea heredada que no hemos querido cambiar, que no ha encontrado voluntades suficientes desde la filosofía misma para convertirse en un conocimiento que importe, abone, discuta con la cultura, con las redes sociales, con la música, con otras ciencias, que busque consenso, que sea líder. El filósofo es un vendedor de espejos, el único culpable su destino, es la chica gorda y resentida de la fiesta, el tiradero sobrepasado, un lugar que cada día se vuelve prescindible en este siglo y en los que vienen.  

20 septiembre 2021

Cuba Linda




Maite Hontelé no es la rubia que intentó enseñarme a bailar salsa cubana y no es la rubia que encontramos alguna vez en el metro y que buscaba llegar a un centro de convenciones a hablar sobre medicina; tampoco es la holandesa que me regalo un cubo, literal, de agua en un vuelo París - Amsterdam; ni aquella de vacaciones en Cancún que olía a manzana y bailaba levantando los brazos y gritaba.  


Maite Hontelé es la rubia de oro -¡cómo si no lo fueran!- que me trajo de nuevo a pensar en esa Cuba que conocí hace unos 10 años. Y esa trompeta que hila, como Ariadna, el retorno a la entrada de recuerdos que se me habían quedado atorados entre el hipotálamo, el olvido y mi poca coordinación para el cha cha cha. 


Y es que no puedo dejar de escuchar Cuba Linda. Me gusta la salsa: cuando bebo de más, cuando bailo con Carola, cuando cocinamos. Pero Cuba Linda es un disco  que no he podido dejar de escuchar desde hace semanas, en parte porque es concreto y directo, sincero; en parte porque tiene ese sabor de una tardecita por el malecón, un viaje en cocotaxi, tiene el son de una ida a El Palacio de la Rumba que empieza con una cena en la Habana Vieja y un Montecristo 4, precedido de una Cuba Libre con Havana 3 que abre paso a un Cubata con Havana 7, unos ojos de gata y descubre las promesas del Caribe, promesas  eternas que duran lo que un “Dile que no”.


Cuba Linda y una holandesa medio colombiana tocando la trompeta para un son cubano único, para una salsa que avanza y retrocede, que sabe a sal, a noche, a todo el tiempo en un solo guiño y a la banda que no se calla, aunque sean las 3 de la mañana.



Y en el disco


Algo clásico: Casi Muero

Algo obligado: El Cañangazo

Algo biográfico: Soy de lo peor