13 enero 2023
Mi vejez
26 noviembre 2021
Tenía veintisiete años y un cocker spaniel
tenía veintisiete años y un cocker spaniel
nombre de tango
sueños vagabundos
esmeraldas en los ojos
seis años de ventaja
tenía veintisiete años
chamarra de cuero y botas:
unos labios encendidos
y un cocker spaniel
que comía aceitunas negras
y se quedaba dormido
un cocker spaniel
y un aire precioso y despreocupado
el aire de las flores
que al besarlas son efervescentes
y veintisiete años:
una felicidad inmutable
un trago helado de vodka
tenía veintisiete años
sabor color vino
y a coincidencias
y a posibilidades imposibles
tenía la voz de veintisiete años
historias infinitas
sabor a fresas recién cortadas
pecas en los hombros
y un cocker spaniel.
21 octubre 2021
Confesiones del estafador Félix Krull - Thomas Mann
Estaba tan seguro de que el ser humano, por mucho que insista en la igualdad, posee una profunda sensibilidad para captar que no somos todos iguales porque los hay privilegiados por naturaleza […]
Me encontré las Confesiones del estafador Félix Krull en una librería Educal mientras trabajaba en Reforma 211. Me llamó la atención el título: un estafador confeso. Pensé en Giacomo Casanova, en Johannes del Diario de un seductor y en el magnífico Diario de un libertino de Rubem Fonseca en contraste con las Confesiones de Agustín de Hipona, un libro que no pienso leer nunca.
Las confesiones se quedaron paseando por líbreros, viajaron a la huasteca potosina, volvieron; estuvieron en el escritorio, en el estudio y en algún otro lugar. Tendrían que pasar 6 años para:
¡Qué magnífico don no será la fantasía, y qué placer logra regalarnos! ¡Qué tontos y desafortunados me parecían los otros niños de nuestra pequeña ciudad, a quienes evidentemente no les había sido concedida esta capacidad y, por lo tanto, no podían participar de las calladas alegrías que me proporcionaba a mí sin esfuerzo alguno, con algo tan fácil como desearlo y decidirlo! Claro, a aquellos muchachos corrientes de pelo duro y manos rojas les hubiera resultado muy difícil, además de ridículo, intentar imaginarse como príncipes.
Las confesiones es un libro reflexivo. Habla sobre la belleza y la suerte, sobre sentirse parte de algo y sentirse desencajado, incluso rechazado. Son una carrera contra lo cotidiano, lo normal, una lucha constante por formar parte de un mundo que, por nacimiento, le ha sido vedado a Félix Krull pero que, de alguna manera, lo reclama: Félix Krull ha nacido en el lugar equivocado física e intelectualmente está desencajado.
Las confesiones es un libro que recuerda a la Odisea de Homero: una épica donde el héroe utiliza su inteligencia para escalar socialmente: inteligencia, suerte, disciplina. La triada no funciona si uno de sus elementos no está presente y, a manera de Walter White, Krull siempre se sale con la suya.
Dicen los que saben, que Las confesiones son una parodia de las novelas de aprendizaje, pero Las confesiones son más: son una declaración de guerra contra lo establecido desde lo establecido mismo, a la manera en la que Fernando Pessoa logra que un anarquista sea banquero sin que una forma de vida excluya la otra.
Tafa dice que la belleza salva. La belleza es la constante en la vida de Félix Krull, es el motor y la sensibilidad, es lo que busca frente a los aparadores de París, en un traje perfectamente planchado, en una mujer o en una obra de teatro. La búsqueda por la conquista de la belleza, del instante y del descubrimiento son los motores que impulsan a Krull a romper con los valores tradicionales de la sociedad y a convertirse en un estafador, en el sentido más amplio del término, pues también se convierte en un manipulador y en un camaleón. Y aquí quiero señalar que nuestra capacidad de sentir asco es tanto mayor cuanto más vivo es nuestro anhelo, es decir, cuanto más vivo y más profundo sea nuestro apego al mundo y a cuanto éste nos ofrece. Una naturaleza fría que no ama, jamás podrá verse estremecida por el asco tal como yo lo sentí entonces.
Las confesiones es un libro perfecto para whisky, pie de calabaza y días donde se adelanta el frío. Thomas Mann publicó el libro como una primera parte; la segunda, no llegaría antes de la muerte del autor: Félix Krull termina seduciendo a María Pía en Lisboa, pero nunca logrará llegar a Buenos Aires.
08 octubre 2021
Café
En uno de sus míticos viajes piñescos, Jacobito me trajo café. Un café veracruzano en grano que no había podido llevar a un molino pero que, en un acto de salvajismo culinario, he comenzado a moler en un mortero de madera.
El café, el café, señoras y señores del jurado, es uno de los momentos más importantes de la vida; de lo cotidiano, de lo especial, de los viajes. Es un signo de evolución, de sofisticación, de racionalidad. El café es un signo de belleza.
Un café por la mañana, aromático, oscuro, con carácter. Un aroma que llene toda la casa, que llene el corazón, la mente, la nariz, como una charla con una mujer interesante. Un evento que desemboque en un primer trago de satisfacción y felicidad, como el sabor del primer beso y del último, del beso irrepetible sobre unos labios atemporales después de una noche imposible; o el sabor de una buena noticia o el abrazo amante que no pide otra cosa que eternidad.
El café, señoras y señores del jurado. Soy imposiblemente celoso con el café que bebo, una mezcla de caracolillo, francés y marago que se hace presente, como un vestido negro en una noche de gala, desde que sale del empaque e inunda la cocina con su presencia, hasta que el agua, apunto de ebullición, lo resucita desde el tercer día, dándole esa calidez que se preservará hasta que se disuelva en la boca.
El primer trago de café debe ser caliente y generoso como el abrazo de aquella mujer milagrosa; debe ser redondo en el paladar, con una densidad que recuerde al vodka congelado. Y su sabor, amargo al final, como esa dulce despedida que implica el adiós, dejando esa sensación de querer vivir la vida con todas sus sensaciones.
El trago de café debe ser tan increíble como tocar el pelaje recién cepillado de un husky: suave, vivo, cálido. Y debe establecer una memoria: la memoria del café, la saudade, la nostalgia de lo que no pasó y el recuerdo del futuro.
El café con amigos, con amantes, con quien se quiere para siempre, con los perros, con los gatos, con Jack Daniels, con Woodford; café en la juventud y en la vejez, en los compromisos, en los postres, en las reuniones de una vez, en las reuniones que se repiten, en tazas pequeñas y grandes, en tazas regaladas y en las compradas en museos.
Café para despertar y para dormir, para olvidar y para mantenerse despierto, para conocer a alguien, para beber en Estambul, en París, en Chicago. Café en la calle y en el metro, para desayunar, para trabajar, para despedirse.
El café, señoras y señores del jurado, una prueba fatal, unos labios rojos, una muestra del sabor de las nubes y de que la inmortalidad es un trago y la eternidad, como el amor y la felicidad, un momento.
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Otro vaso de Strega mientras la lluvia parpadea entre líneas. Mantequilla ha metido la cabeza a la copa de cristal y se ha llevado p...
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Despertar, caminar en la playa, sentarse a tomar un café y compartir un rol de canela. Leer y escribir. Hablar con uno de los mejores amig...
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fragmento de fuego, los 120 días de Sodoma de Buñuel, el deseo, ese extraño objeto del deseo, el anonimato, el sueño, los excesos, exceso de...


