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29 septiembre 2022

The Sandman. Oda a una receta.



Hay una dependencia física diagnosticada en ciertas sustancias: el azúcar, por ejemplo. Cuando era niño, transmitían comerciales que hablaban sobre la dependencia si consumías drogas. No importaba si era a propósito o por error si consumías, eras automáticamente un adicto y te morías entre tormentos indecibles y literalmente inimaginables porque nadie sabía qué chingados pasaba con las drogas en ese momento y todo era un invento. 


Al mismo tiempo que las drogas ilícitas y las lícitas existía la televisión a la cual también te podías hacer adicto. Mis hermanos y yo nos las pasábamos pegados a la tele cuando mis papás no estaban. Pero las cosas cambiaron. El tiempo hoy a mis treinta y diez, treinta y nueve dicen que aparento, el tiempo no se valora igual. Ahora me gusta pensar en dedicarle más de dos horas a una película o más tiempo a una serie. Trato de no ver basura. No siempre lo logro. 


Cuando una serie atrapa al espectador, literalmente lo atrapa hasta que termina de ser mirada; un símil a una mujer que llama la atención, que no necesariamente tiene que ser bella pero que quiere ser contemplada, vista constantemente. Hay series que por su facilidad nos hacen adictos, por su narrativa intermitente nos hacen seguirlas hasta el final, aunque no sean buenas.


The Sandman de Warner y Netflix es así. No es una mala serie pero casi. No pasará a ser una serie de culto ni una referencia en sentido positivo: vende - y quién sabe - en el ahora el ahora se agota. Soportada por una buena idea que a su vez es resultado de una buena investigación y traducción del paganismo, la historia funciona porque los personajes y las historias que se relatan son interesantes y el mejor ejemplos son los primeros 5 capítulos con  Gwendoline Christie (GoT) haciendo un Lucifer que Peter Stormare (Constantine, 2005) supera por mucho y David Thewlis (cuyo villano, V.M. Varga, en Fargo 3 es más terrorífico que cualquiera de los coleccionistas) engalana un 5to., capítulo que pudo ser genial y se queda en una versión light, ¿por qué? Porque The Sandman es una serie para adolescentes, una receta millones de veces cocinada.  




Actuaciones pobres y baratas, el vocalista de my chemical romance haciendo de gran dios de los sueños, las mismas minorías atendiendo a un público adolescente cada vez más mediocrizado, secuencias medianas con actores medianos, efectos especiales de bajo presupuesto de los años ochenta. De nada sirve la interesante narrativa del paganismo planteada en American Gods con mucha mayor decencia y para un público que no es oligofrénico.   


The Sandman es una historia típica, mediocre, actual; plagada de una mitología mezclada con una dulce moralidad cristiana y envuelta en una envoltura pagana que hace las veces de carta liberal y todo bajo la pretensión de un discurso ligero. The Sandman es una receta light: homosexualidad, racismo, asesinatos, gore, reflexiones, las personas pueden cambiar, la bondad, el sacrificio, la felicidad, la amistad, la libertad, la fragilidad, la empatía, la verdad, lo real, todo light, todo light, todo asquerosa, repulsivamente light, acéfalo, imbécil. 


Los capítulos 6 a 10 no merecen la pena, resultan aburridos, lentos, malos: una verdadera pesadilla. Si bien repunta ligeramente con las dos historias contenidas en el capítulo 11, no alcanzan para quitar ese terrible sabor de boca, a mediocridad, a historia mal contada. Claro, el dios de los sueños se vuelve un ser en tránsito a la bondad y la comprensión de las mediocridades humana.


¡Un aplauso para su majestad porque está aprendiendo a escuchar a los demás! ¡Un aplauso a su majestad porque comienza a ser empático! El discurso de The Sandman es carne vegana, una hamburguesa de lentejas regurgitada por una gran vaca; incluso el político más pusilánime, quizás, ha tenido sueños más interesantes.  

13 octubre 2021

El juego del Calamar



Pocas cosas como una buena serie. 


Una buena serie que nace de una una buena historia y de una narrativa genial. Hay quien piensa que hay pocas cosas nuevas - casi ninguna - y que la literatura es una repetición constante de los mismos temas. Borges pensaba que había solo 12 metáforas (creo) y que todas las demás no eran sino una forma diferente de éstas.  


En la televisión y los medios audiovisuales no es diferente. Los temas se repiten, aún más, aquellos que encuentran una resonancia constante en los espectadores, los temas que están en lo social y que, como la paradoja del huevo y la gallina, no se sabe si nacen de lo social o nacen de la imaginación para insertarse en lo social. 


En medio de todo esto está El juego del calamar: una buena idea, una buena historia, una narrativa implacable, una lógica disciplinada, perfecta, sin trampas. Una serie que sorprende a occidente y le recuerda que la narrativa y la lógica oriental quizás sea dueña de esta época.  


El juego del calamar es una serie bien contada, bien actuada, con un guión construido con todas los rigores de las premisas y cuya conclusión no es más que el desarrollo lógico de las mismas. Lógicamente, no encuentro nada que reprocharle. El calamar es un oasis en el mundo del streaming, que de repente se vuelve idiota, monótono y mediocre y que con una opción como ésta pareciera tomar un poco de aire: una opción de fin de semana que se bebe rápido y se puede, al parecer, digerir fácilmente.


El juego del calamar, lo mismo que pasó en su momento con Parásitos (aunque Netflix insista en catalogarla de comedias), es un poner a prueba la sociedad capitalista, con su juego de clases sociales, sus valores, sus intereses; pero también pone a prueba los valores morales de la sociedad actual: la solidaridad, la amistad, la empatía. 


Pero El Calamar va más allá: nos hace cómplices de aquellos enmascarados dorados que se sientan cómodamente a ver quién es el próximo sobreviviente. Y nosotros que vemos la serie, ¿hacemos algo diferente? 


No, somos espectadores de la desesperación, de la competencia, de la libertad. Nos alegramos de que nuestro favorito sobreviva, de que se borre la competencia, de que al malo le vaya mal, de que el justo gane. 


Sí, El calamar va más allá nos invita a ser espectadores y a jugar bajo las mismas reglas que los concursantes ahorrándonos la democracia: en cualquier momento podemos dejar la serie, solo depende de nosotros. Y no lo hacemos, quizás por diversión, por morbo o por lo que sea, ¿en verdad somos diferentes que los organizadores de los juegos? 


En un capítulo de Black Mirror, una mujer es castigada por haber sido complice en un asesinato; ella no participa activamente, es una espectadora. La justicia del capítulo consiste en que sea una víctima y que las personas de la calle graben su desesperación sin hacer nada; lo mismo que ella hizo frente a la injusticia: nada.  


El calamar da para muchas lecturas; si estiramos un poco las cosas, nos puede hacer pensar en la Trilogía de la venganza de Chan-Wook Park y en Parasitos y todo aderezado con Saw, The Purge y en alguna medida Cube. La desigualdad, el sistema financiero, los juegos de niños, la desesperación , las salidas fáciles, forman un coctel irresistible, al final es verdad que no hay nada nuevo: el inicio de las Mil y una noches cuenta la desgracia de un Sultán, sólo es superada por el sentimiento de que a otro Sultán le va aún peor que al primero. 


El calamar también es un punto de inflexión de nuestra humanidad y un recordatorio de lo que hemos sido y de lo que ahora somos. Hay una sensación de alivio en la desgracia del otro.   

24 abril 2020

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Noche. Telón

Un par de elementos sazonados con algunas acciones y los sentidos, especialmente el gusto y la vista, preparan el recuerdo. Hay que poner la mesa. El recuerdo viene como un cometa y con él: las horas, los invitados, las imágenes que pasaron y las imposibles. 

Quizás la seguridad de Wendy Carr, quizás la forma de hablar de Sofia Zetterlund, quizás los encierros y las pláticas de cualquier cosa y el vodka deshaciendo los hielos.  Quizás Debbie Mitford diciendo: Durk - heim. 

Hubo una época en que yo creía que ella era My own private Clarice Starling aunque no era rubia y yo fuera  psiquiatra.


 Más noche. Telón

Pienso en llamarle. Peguntarle cualquier cosa: 

¿Cómo estás?
¿Cómo va la pandemia? 
Sí, soy yo

¡Qué idiota!

Quiero creer que ella reconoce mi voz y me pregunta, por mera cortesía: 

¿Quién habla?

¿Y qué le diría yo? 

Soy yo


Yo

El que bebía single malt y prefería tus piernas a la obra completa de cualquier psicoanalista. 

Al que le decías que te recordaba a Tony Soprano y que no sabía de que hablabas porque no había visto la puta serie y que reviraba, sabiondo: ¡bueno!, he subido de peso.

El sujeto al que no le gustaba que le dijeras paciente y el que te invitaba a cenar con tu novia cada que podía.

Soy el tipo de los martes o de los jueves. 

No

Soy el tipo de los jueves. 

El que te contaba las conquistas. 

El que quiso soñar y comerse el mundo a bocados. 

El que se atragantó de tanto mundo y pidió una mesa para uno y una botella de vino. 

Soy el tipo que no quería crecer, 
que no quiere crecer, 
y que ha hecho de muchos: 
siempre disfrazado, 
emulando
 Pessoa
Baudelaire
Quelqu´un

Soy el loquito que te recitaba el mismo verso de Cortázar hasta el cansancio. 

El tipo que te gustaba
con el que nunca ibas a tener nada, 
nada
tal vez en otra vida, 
en otro momento, 
en otro universo. 

Soy el que nunca volvió a llamarte. 

Del que nunca supiste más. 

El que se dió de alta solo. 

Mira:

Soy yo 

El tipo que vaciaba sus terapias en un blog 
y contaba sus indiscreciones en comidas 
y en cenas 
y en whiskys 
y en mesas
 y en vertical
y en horizontal

Soy el adulto con problemas de adolescente… 

- mala referencia -

¿Soy el fax del otro lado de la sala? 
¿El aparato que cambió sus comunicaciones por algún recuerdo imaginado con olor a limón?


Más noche aún. Telón

Quizás fue ese texto de Rafael Pérez Gay en Milenio. 
Eso del alcohol. 
Eso de no hacer caso.
Eso de tratar para no tratar nada y tener suerte. 

Quizas fue el gesto de Debbie Mitford. 
No sus piernas 
No su forma de hablar 
No su lencería negra

Fue un gesto lo que extrajo el recuerdo desde lo más profundo y lo vertió en mi memoria, suave, cálido, derretido como una cucharada color miel. 


Entonces pienso

Llamarle sería como volver y…

Uno no puede volver 

Uno nunca puede volver


Dejo el teléfono 


Migaja suspira