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13 enero 2023

Mi vejez




Odio mi propia vejez reflejada en la vejez de cada uno de los cabrones viejitos que me encuentro. Esa descomposición de las facultades, ese olor a encerrado, la debilidad en las piernas, el temblor en las manos, las arrugas surcando la piel, ese triste cartón mil veces mojado y secado y sudado, inservible. 

La vejez. Mi vejez. Me ve con sus ojos maliciosos desde la fosa más profunda de mi porvenir, desde la pérdida más flagrante de la humanidad, desde la negación de la belleza que trasgrede cualquier síntoma vital por pequeño que este sea. 

Ser viejo no necesariamente es ser sabio, sino necio. La necedad de aferrarse, de no adentrarse en lo desconocido, de no aceptar que detrás de cada sueño, detrás de cada día está la nada y el recuerdo de la nada. Y la temporal y ridícula incapacidad de aceptar el tiempo perdido, las oportunidades tiradas a la basura, la felicidad no elegida, no otorgada, no disfrutada.  

Veo a los viejos, zombies, piedras, fardos estrafalarios. Me veo viejo y apestoso, estorbando, necesitado de atención, sin sabor en los labios ni en la lengua, sin el tacto liso de mis dedos, sin la sola capacidad de levantarme a cocinar o a podar o a hacer algo diferente que no sea echarme a perder entre mi ropa.

Ese viejo marrano que ve a las mujeres jóvenes con antojo casanovesco y que se moja los labios y que se lame las encías: incapaz de morder, incapaz de provocar algo más que no sea asco o ternura o asquerosa ternura o tierno asco. Una vergüenza incurable. 

No es la muerte la que me espera detrás de la cortina del cuarto. No es la guadaña lo que se siente en los respiros de las mañanas heladas. Es la vejez. La pérdida de la dignidad, de la forma de ser; esa incapacidad de no estorbar, de no estorbarse. 

Odio mi vejez. Esa que viene todos los días y se nutre de mi cuerpo como ácaros, como un gusano que me devora desde dentro, como una pistola, en la mano de un enano con parkinson, apuntando en mi cabeza. 

21 octubre 2021

Confesiones del estafador Félix Krull - Thomas Mann



Estaba tan seguro de que el ser humano, por mucho que insista en la igualdad, posee una profunda sensibilidad para captar que no somos todos iguales porque los hay privilegiados por naturaleza […] 



Me encontré las Confesiones del estafador Félix Krull en una librería Educal mientras trabajaba en Reforma 211. Me llamó la atención el título: un estafador confeso. Pensé en Giacomo Casanova, en Johannes del Diario de un seductor y en el magnífico Diario de un libertino de Rubem Fonseca en contraste con las Confesiones de Agustín de Hipona, un libro que no pienso leer nunca.


Las confesiones se quedaron paseando por líbreros, viajaron a la huasteca potosina, volvieron; estuvieron en el escritorio, en el estudio y en algún otro lugar. Tendrían que pasar 6 años para:


¡Qué magnífico don no será la fantasía, y qué placer logra regalarnos! ¡Qué tontos y desafortunados me parecían los otros niños de nuestra pequeña ciudad, a quienes evidentemente no les había sido concedida esta capacidad y, por lo tanto, no podían participar de las calladas alegrías que me proporcionaba a mí sin esfuerzo alguno, con algo tan fácil como desearlo y decidirlo! Claro, a aquellos muchachos corrientes de pelo duro y manos rojas les hubiera resultado muy difícil, además de ridículo, intentar imaginarse como príncipes.


Las confesiones es un libro reflexivo. Habla sobre la belleza y la suerte, sobre sentirse parte de algo  y sentirse desencajado, incluso rechazado. Son una carrera contra lo cotidiano, lo normal, una lucha constante por formar parte de un mundo que, por nacimiento, le ha sido vedado a Félix Krull pero que, de alguna manera, lo reclama: Félix Krull ha nacido en el lugar equivocado física e intelectualmente está desencajado.   


Las confesiones es un libro que recuerda a la Odisea de Homero: una épica donde el héroe utiliza su inteligencia para escalar socialmente: inteligencia, suerte, disciplina. La triada no funciona si uno de sus elementos no está presente y, a manera de Walter White, Krull siempre se sale con la suya. 


Dicen los que saben, que Las confesiones son una parodia de las novelas de aprendizaje, pero Las confesiones son más: son una declaración de guerra contra lo establecido desde lo establecido mismo, a la manera en la que Fernando Pessoa logra que un anarquista sea banquero sin que una forma de vida excluya la otra. 


Tafa dice que la belleza salva. La belleza es la constante en la vida de Félix Krull, es el motor y la sensibilidad, es lo que busca frente a los aparadores de París, en un traje perfectamente planchado, en una mujer o en una obra de teatro. La búsqueda por la conquista de la belleza, del instante y del descubrimiento son los motores que impulsan a Krull a romper con los valores tradicionales de la sociedad y a convertirse en un estafador, en el sentido más amplio del término, pues también se convierte en un manipulador y en un camaleón. Y aquí quiero señalar que nuestra capacidad de sentir asco es tanto mayor cuanto más vivo es nuestro anhelo, es decir, cuanto más vivo y más profundo sea nuestro apego al mundo y a cuanto éste nos ofrece. Una naturaleza fría que no ama, jamás podrá verse estremecida por el asco tal como yo lo sentí entonces. 


Las confesiones es un libro perfecto para whisky, pie de calabaza y días donde se adelanta el frío. Thomas Mann publicó el libro como una primera parte; la segunda, no llegaría antes de la muerte del autor: Félix Krull termina seduciendo a María Pía en Lisboa, pero nunca logrará llegar a Buenos Aires.