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21 marzo 2023

Resurrecciones interminables

 

Despertar, caminar en la playa, sentarse a tomar un café y compartir un rol de canela. Leer y escribir. Hablar con uno de los mejores amigos, compartir el tiempo, el espacio, el recuerdo de las bromas de la noche anterior. Avanzar al medio día, con calor, sin hambre, la primer cerveza que abre una fiesta en la garganta y de nuevo el libro abierto en una página cercana al principio. Leer con calma. Vivir con calma. 

Comer. Comer bien, comer rico. Atravesar la tarde en la puesta de sol, como quien se sienta a ver una danza pausada, casi inmóvil.  Y volver a la regadera nocturna. Al freso del agua dulce, la sensación de ropa limpia, de perfume, el abrazo de la noche que todo lo calma y un vértigo de charlas aderezadas de whisky y de vodka, de lasaña, pizza, tacos o lo que sea y las voces que se hacen suspiros para que las intrigas no sean descubiertas. 

Despertar en el calor de la playa y en la memoria de que la burbuja puede reventarse en cualquier momento y que la fecha de caducidad que significa estar fuera de casa, está a punto de terminarse y que no habrá más arena, ni más puesta de sol, ni el sonido del mar que va y viene, que se estrella en la arena borrando las huellas, esas otras huellas de la mañana. 

Disfrutar. ¿Qué significa disfrutar? ¿Cómo aprendemos a disfrutar? ¿Nos enseñan? ¿Hay quienes son más propensos que otros? ¿Hay alguna edad para el disfrute? ¿Disfrutar en la revolución contra el capitalismo? ¿O la consecuencia? ¿Disfrutamos cuando somos viejos? ¿El cuerpo de los viejos disfruta? ¿Compramos la idea de disfrutar la descomposición del cuerpo y a eso llamamos retiro? ¿Estamos destinados a disfrutar el fin? ¿Disfrutar y trabajar pueden ser lo mismo?

Escribir y recordar y en el recuerdo la satisfacción del pasado, la evocación agradable, sin arrepentimientos, sin nostalgias maricas: una tarde vi una mujer bella en la playa, tome la mano de Carola quien también la vio mientras el sol caía sobre el mar. La felicidad surge y termina para rehacerse en otras formas, una serie de resurrecciones interminables, milagrosas, infinitas.  

24 agosto 2021

Durmiente



Ella se despierta para ver el sol. El sol entrando por la ventana de su cuarto. Una pieza de 25 metros cuadrados para la cama, los burós y una banquita en la que se sienta a quitarse los zapatos cuando llega de la calle; las paredes claras y un espejo que no engaña a nadie. 


Despierta con la cabeza enredada y los cabellos revueltos. Huele cama y perfume, a suavizante de lavanda y a ese sabor cítrico medio podrido de los limones agrios que se quedan mucho tiempo y de ser verdes, terminan por volverse amarillos. El olor verdadero, el olor del sueño, el olor que la persigue todos los días desde que se acuerda y que algún día se volverá ese otro olor, a fermento, a levadura recién crecida.


Ella busca el sol con los ojos cerrados. No quiere levantarse, levantarse significa volver a firmar un nuevo compromiso con la gravedad, la venta sin ganancias de un pedazo de alma, la entrega de su cuerpo al centro de la tierra (quizás esto nunca lo sepa). No quiere levantarse, ni devorar con el color de sus ojos el color de las paredes de su rutina. 


¿Qué día es hoy? Martes, miércoles. Los hombros recién cansados le dicen que la semana comienza, que aún falta más, más fatigas, más mañanas. Y ella desea ser la imaginación de alguien que decidiera que siga dormida, como la bella durmiente pero sin príncipe; le gustaría ser un fragmento de ficción, quedarse dormida, dejar de existir en medio de quinientos hilos de algodón.


Ella quiere dormir hasta que el mundo se arregle, hasta que el tiempo no sea medible y no tenga que salir a la calle. Quiere detenerse, hacerse rocío de mañana o niebla esparcida por un poco de viento. Quisiera que el sol le diera en la cara y la calentara y la dejara en paz; en paz como el silencio, en paz como quien se queda dormida.