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08 septiembre 2021

La vez que Jacobito y yo comimos dos veces un mismo día

 



 

La primera vez fueron alitas y unas papas gajo acompañadas de medio litro de cerveza: el puto mesero, una especie de gothic mariachi huérfano del chopo, se negó a servirnos sólo cervezas: 

“Cerveza nada más con alimentos, amigo” 

¿Dónde putas vivimos? 

¿En México? 

¿O en un puto país inmaduro y lleno de complejos? 

¿O en una puta aldea comandada por asociaciones religiosas contra el aborto?


Teníamos poco tiempo antes de la segunda comida, la que realmente nos había convocado ese día. Así que pedimos comida para beber cerveza y con una amable sonrisa le dijimos al mesero que gracias y que fuera a chingar a su madre y que sabíamos que no era su culpa, sino del gobierno en turno, de la pandemia, pero no era suya, no, la culpa no era suya: al final él tampoco creía que comer evitaba que te pusieras borracho.  


Los temas que abordamos en la primera comida: política, familia, hartazgo. Hablamos del futuro, de su futuro que es prometedor y más interesante que el mío y de música y de Fibi que quiere abrir una empresa y de la Marmota que quiere abrir un despacho y ser un roedor de primer mundo; hablamos de la empresas y de los notarios, de lo que se acaba porque sí, porque tiene que acabarse, porque las cosas no son eternas. Hablamos de la política dominguera de nuestro país y de las novias, bueno, cada quien de la suya. Hablamos de cómo un conocido estaba perdido por Mariana Rodríguez y cómo yo estoy aterrado por sus dientes. Y hablamos de lo que viene, que es nada, que no está escrito y que importa hasta que la niebla se eleve y deje ver más allá de nuestras manos. 


Nos estacionamos en el tema que Tony Soprano nunca termina de resolver y, si Tony Soprano no lo resuelve, pues menos nosotros, porque al final uno no elige quien es su madre y las madres - ¡las madres que son santas! - cumplen con esa difícil labor que es chingar.  Chingar en grande, en Granada; chingar a grito abierto y en silencio, con ternura, con paciencia, con el pensamiento; por teléfono, por telégrafo, por satélite; chingar y chingar y volver a chingar, ¡lo más posible! Luego, ocultarlo de cariño y preocupación y coronarlo con esa fórmula que termina por convertirse en lágrimas de cocodrilo: “¡¿Cómo no me voy a preocupar si soy tu madre?!” Y sí, tiene razón, puede preocuparse o hacer lo que le venga en gana, pero terminan chingando al objeto de su preocupación. 


Pero ni con preocupación materna nos pudimos quedar a terminar con las alitas y las papas, apuramos la cerveza y nos fuimos a una cantina que prometía un pescado a la sal increíble. El pescado nunca llegó, ni con sal ni sin sal: la cantina estaba cerrada por remodelación. 


La amenazante nube gris sobre nuestras cabezas se hartó y cayó con furia. Elegimos otro lugar rápidamente para que el Lic. Arroyo pudiera llegar con tiempo y mientras atravesábamos la colonia Condesa en dirección a Puebla, cayó una tormenta que me hizo agradecer haber dejado la moto en la casa e ir en auto. 


Salón Covadonga es un lugar que ha estado desde no sé cuanto. Es un lugar de concurrencia conocida, cuando llegó el Lic. Arroyo saludó a la señora que vende boletos de lotería y al mesero con una familiaridad que sólo otorgan los lugares que son visitados muchas veces, muchas. 


Hendricks con agua mineral en un old fashioned con dos hielos y un pulpo a la gallega que Jacobito tuvo a bien pedir. A mí no me gusta el pulpo: las ventosas en los tentáculos, la sensación en los dientes, el olor a mar. No. El pulpo no es lo mío pero igual y lo comí y, además, pues quien calla otorga y yo no dije nada, nada hasta que llegó el segundo Hendricks y, ahora sí: “traiganos una chistorra con queso, Capi, y unas croquetas de serrano, por favor”.


Hablar con el Lic. Arroyo es genial, no importa que entrada esté al centro, ni se empieza con ginebra o tequila o vodka. Carola me ha dicho que tiene un humor como el mío. Y quizás sea verdad pero él es sumamente educado y a mí me importa un carajo el establishment. Hablar con el Lic. Arroyo es abrir una puerta a la historia de México, a un mundo que no vivimos ni Jacob ni yo directamente pero que lo conocemos a través de los ojos de quien sí estuvo haciendo la historia y nos hace sentido. Nos hacen sentido las formas y la educación, los temas, la forma de conducirse, la manera de hacer política, el vocabulario, las frases, los lugares comunes de aquella época, de un México que vive en otra parte y que vivimos cada vez que podemos, aunque no sea el nuestro. 


Los temas que platicamos con el Lic. Arroyo: política nacional, federal, local, municipal; política actual y política vieja; historía política; filosofía política; comunicación política y discurso político. Hablamos de la vez en que decidimos que estudiaríamos, una cosa muy distinta a platicar sobre lo que hacemos, especialmente para mí y de lo importante que es no ser abogado. Y hablamos de Miguel González Avelar quien no deja de estar invitado cada vez que nos acordamos de los políticos de cierta talla, de cierto temple; hablamos de  sus trajes hechos a la medida y su sombrero estilo Gardel, de sus Montecristo No. 4 que fumó hasta que pudo fumarlos y de su pasión por los palíndromas y Clipperton y de la fortuna de haberlo conocido.  


Y apenas terminamos de comer el Lic. Arroyo nos dijo: “Bueno, ya me invitaron la comida, ya aquí se acaba, qué bueno, muchas gracias; yo les voy a invitar los aperitivos: ¿qué quieren?” 

Jacobito pidió un Glenfiddich 12, el Lic. Arroyo un Chartreuse verde y a mí se me antojaba un Strega pero terminé bebiendo Glenfiddich 12, porque llovía, porque estaba con mis amigos, porque empezábamos a hablar de literatura y  de historia y de historias y de inundaciones y cada puerta que abríamos nos llevaba  a una anécdota o una cita o una referencia o todas las anteriores o ninguna y ahí se quedaba. 


Luego tembló y el temblor nos sacó a la calle para encontrarnos con los enamorados de un motel que venían poniéndose la ropa, señoras en pijama persignándose para que les fueran perdonados sus últimos pecados, bebedores y jugadores de dominó, oficinistas con trajes color café, meseros preocupados por las cuentas sin pagar, policías que no sabían si decir alguna cosa o esperar a que la calle de Puebla, en la colonia Roma, se dejara de mover. 


Y ahí estábamos todos a media calle viendo cómo se movían los cables y los coches y los edificios y el cielo se llenaba de luces y en el piso el movimiento incontrolable como quien ha bebido más de lo suficiente. Y la noche mojada igual que la calle, igual que el temor de que los edificios comenzaran a caerse y nos aplastaran y nos muriéramos. El miedo de morir que siempre está latente cuando las situaciones escapan del propio control.   


Pero no nos morimos y no se cayó nada y dejó de temblar y Jacobito hizo un chiste de los amorosos del motel y en ese momento se nos fue el miedo y se fue el temblor, como si la risa frente a la desgracia, otra vez, fuera un amuleto que alejara aquellas ondas que sacudían la ciudad. 


No nos morimos. Regresamos a terminar los tragos, luego los de la casa y decidimos que lo mejor era volver, porque a Jacobito y al Lic . Arroyo les esperaba un camino más largo que el mío y porque cada quien quería llegar a su casa, aunque no lo dijimos, aunque no necesitábamos decirlo.

24 abril 2020

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Noche. Telón

Un par de elementos sazonados con algunas acciones y los sentidos, especialmente el gusto y la vista, preparan el recuerdo. Hay que poner la mesa. El recuerdo viene como un cometa y con él: las horas, los invitados, las imágenes que pasaron y las imposibles. 

Quizás la seguridad de Wendy Carr, quizás la forma de hablar de Sofia Zetterlund, quizás los encierros y las pláticas de cualquier cosa y el vodka deshaciendo los hielos.  Quizás Debbie Mitford diciendo: Durk - heim. 

Hubo una época en que yo creía que ella era My own private Clarice Starling aunque no era rubia y yo fuera  psiquiatra.


 Más noche. Telón

Pienso en llamarle. Peguntarle cualquier cosa: 

¿Cómo estás?
¿Cómo va la pandemia? 
Sí, soy yo

¡Qué idiota!

Quiero creer que ella reconoce mi voz y me pregunta, por mera cortesía: 

¿Quién habla?

¿Y qué le diría yo? 

Soy yo


Yo

El que bebía single malt y prefería tus piernas a la obra completa de cualquier psicoanalista. 

Al que le decías que te recordaba a Tony Soprano y que no sabía de que hablabas porque no había visto la puta serie y que reviraba, sabiondo: ¡bueno!, he subido de peso.

El sujeto al que no le gustaba que le dijeras paciente y el que te invitaba a cenar con tu novia cada que podía.

Soy el tipo de los martes o de los jueves. 

No

Soy el tipo de los jueves. 

El que te contaba las conquistas. 

El que quiso soñar y comerse el mundo a bocados. 

El que se atragantó de tanto mundo y pidió una mesa para uno y una botella de vino. 

Soy el tipo que no quería crecer, 
que no quiere crecer, 
y que ha hecho de muchos: 
siempre disfrazado, 
emulando
 Pessoa
Baudelaire
Quelqu´un

Soy el loquito que te recitaba el mismo verso de Cortázar hasta el cansancio. 

El tipo que te gustaba
con el que nunca ibas a tener nada, 
nada
tal vez en otra vida, 
en otro momento, 
en otro universo. 

Soy el que nunca volvió a llamarte. 

Del que nunca supiste más. 

El que se dió de alta solo. 

Mira:

Soy yo 

El tipo que vaciaba sus terapias en un blog 
y contaba sus indiscreciones en comidas 
y en cenas 
y en whiskys 
y en mesas
 y en vertical
y en horizontal

Soy el adulto con problemas de adolescente… 

- mala referencia -

¿Soy el fax del otro lado de la sala? 
¿El aparato que cambió sus comunicaciones por algún recuerdo imaginado con olor a limón?


Más noche aún. Telón

Quizás fue ese texto de Rafael Pérez Gay en Milenio. 
Eso del alcohol. 
Eso de no hacer caso.
Eso de tratar para no tratar nada y tener suerte. 

Quizas fue el gesto de Debbie Mitford. 
No sus piernas 
No su forma de hablar 
No su lencería negra

Fue un gesto lo que extrajo el recuerdo desde lo más profundo y lo vertió en mi memoria, suave, cálido, derretido como una cucharada color miel. 


Entonces pienso

Llamarle sería como volver y…

Uno no puede volver 

Uno nunca puede volver


Dejo el teléfono 


Migaja suspira