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23 agosto 2021

Strudel v.122.21

 


Desahuciado detrás de una caja de cerveza: pelusas, telarañas, trozos de platos, tazas, polvo fino. 


Anudado a la gravedad 


Fuerza que traduce palabras zumbantes, sueños febriles, sueños de flores y primavera; las primeras caricias del polen esparcido sobre todo, semillas en la atmósfera y el sonido eléctrico de los rayos del sol al estrellarse con el gris de los colores. 


El mundo es un espacio inhóspito, lleno de terror, sin vacíos ni silencios; ruido vertiginoso de las turbinas del pasado que entintan el futuro. Materia concebida en agonía constante, tueste permanente, paso sublime de partículas cuantificadas. 


No habrá memoria para el espacio detrás de la caja de cerveza, 

ni para el espacio debajo del refrigerador; 

tonalidades azuladas llegarán para ser soledad, para abandonar lo abandonado.


¡Un momento!


Ya nadie escucha los suspiros

18 agosto 2021

Strudel v.121.21



Volver así como así; como el hijo prodigo; como quien piensa que puede hacerse el gracioso, abrir la puerta y decir: ya llegué. Wakefield. 

¿Qué tiene de malo ser Wakefield? Volver y pensar que nadie más ha cambiado más que uno que sigue siendo el mismo porque no pudo crecer, ni vivir, ni nada. 


Y si pasan diez o veinte o cincuenta años; y si cambian las costumbres y las personas y las personas hacen su vida como hacen las personas que viven y uno llega con la misma cara de Mr. Peanutbutter y dice: hola, aquí estoy, ya llegué, qué onda, cómo estás-


Esto no ha funcionado. Tengo cuatrocientas páginas echadas a perder, una especie de diario de un perdedor, una especie de ficción real que sólo me trae los recuerdos de las buenas palabras de mis amigos que acaso leían lo que escribía y que ahora, ¿volverán a leerme?, ¿volverán a leerse en lo escriba?, ¿volverán a ser mis amigos? 


El mundo cambia pero las fotografías siguen evocando los mismo olores que evocaban y el lengua, quizás, también se va transformando en alguna otra cosa.


Y yo, me vacié. Estos años. No sé. Me vacié. Estuve rumiando los mismos recuerdos una y otra vez, como quien se castiga de a poco, como quien se corta con hojas de papel las yemas de los dedos pero, ya casi nadie usa papel en estos días. Incluso en eso estoy fuera de este tiempo, de este infinito de lugares y de personas que dicen más que yo. 


¿Cartas? ¿Poemas?


No. Escribí algunas investigaciones. Escribí compromisos y ventas. Escribí crónicas que se fueron al bote de la basura digital de mi computadora y unos cuentos en un taller que Carmen inició y terminó sin mayor aviso que el silencio. 


Nada, ni cartas, ni nada. 


Cada intento se convertía en un pozo de necesidades infinitas. Cada letra se convirtió en un ingrediente en la cocina, en algún paso en la calle, en alguna barrida, en algún trago de tequila a media tarde, a medio día. Nunca seré sincero. ¿Para qué? 


No. Escribir, lo que se dice escribir, no. No gracias, no ahora, antes, antes quizás.