Mostrando las entradas con la etiqueta conocimiento. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta conocimiento. Mostrar todas las entradas

03 febrero 2022

Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta - Robert M. Pirsig



Terminé de leer Zen y arte del mantenimiento de la motocicleta. Me lo prestó mi amigo  Luis hace más de dos años. En un cálculo rápido de todo lo que me recomiendan consumo el 50% o menos de manera inmediata; para lo demás pueden pasar mese o años. Estimo la fecha porque en aquellos momentos no andaba en motocicleta. 


Zen me recuerda la del momento en el que decidí qué estudiar y dónde. Algo que en el fondo tiene que ver con la sensación de ver el mar desde muy alto y sientes el azul profundo, insondable, inabarcable. 


Cuando la gente me pregunta por qué estudié lo que estudié mi respuesta es siempre ensayada. No es que no sea verdad pero la historia que cuento no es la razón sino la narrativa del impulso que me llevó a tomar la decisión. Ahora puedo enunciarlo porque conozco las palabras. No es un tema ético o psicológico. La misma razón que puedo enunciar ahora se asemeja a la razón por la que decidí convencer a Carola de que anduviéramos en moto. 


Zen, su gran virtud tal vez, es tratar de explicar el mundo desde la forma de entender una motocicleta. La forma de conocerlo, enfrentarlo, de pararse frente a él, aproximarse, alejarse, verlo desde detrás de un vidrio. La relación de las personas y las cosas, del funcionamiento, de la manera en que sucede en este momento de la historia, un momento que se ha extendido - desde que iniciaron los motores de combustión interna - y se ha convertido en una caída vertiginosa con el desarrollo de la tecnología. 


La motocicleta está, seguramente habrá otros ejemplos que no me importan ahora, en medio de esa lectura: es una entidad que ha evolucionado manteniendo su forma inicial, un equilibrio de fuerzas que intervienen para desplazarse rápidamente sin dejar de estar encapsulado pero sin ser parte del entorno, una bestia mecánica, una valkiria.  


Una entidad parecida a la razón como herramienta que nos acerca al mundo con inmersiones intermitentes de conciencia que sirven para explicar(nos) su desarrollo y su evolución mediante lo que conocemos, la forma en la que lo comprendemos, lo traducimos y lo comunicamos.  


Recomendé este libro a tres personas. Uno que anda en moto y que tiene una capacidad intelectual que no conoce: un sujeto con la calma necesaria para entender. Y otro que, en el fondo, es igual a mí aunque su camino tenga un lenguaje distinto. Y una tercera de quien espero que conozca analogías y salga del mundo de los ejemplos.


El libro, pensé mientras les enviaba una foto a cada uno, contiene la descripción del punto de encuentro entre la racionalidad funcional y la contemplativa. El tema sobrepasa el libro (que se me antoja mas bien malo) y manifiesta una problemática que ha sido enunciada muchas veces de muchas maneras. La virtud de Zen es poner en discusión una paradoja.


Leer Zen me ha dejado esa nostalgia de los viejos nombres, de los viejos conceptos, de los viejos problemas que uno deja para buenas y pocas charlas. No tenemos pelo grueso, ni garras, ni la agilidad, ni la fuerza de las bestias. Tenemos la razón y la retórica, un martillo de dos cabezas, un viejo sueño que se usa a conveniencia, según el humor, según el momento.  

28 septiembre 2021

una violenta apología de la filosofía




¿Qué puedo hacer con este remolino

de imbéciles de buena voluntad?

¿Qué puedo con inteligentes podridos

y con dulces niñas que no quieren hombres sino poesía?

Jaime Sabines


Un filósofo enojado es como Harry Potter enojado pero sin poderes y sin magia: otro teto de lentes redondos. Es un sujeto que hace berrinche desde un lugar lejano parecido a Narnia pero más aburrido, porque para ser filósofo es necesarios evadirse a través de textos incomprensibles y de formalidades que succionan más que un becerro en un invierno ruso.


El filósofo es el feo de la fiesta, el inseguro; busca su seguridad en aquello inalcanzable e incomunicable: entre más complejo y difícil el conocimiento, más filosófico; entre más etéreo e inalcanzable, mejor. Y es insoportable: cree que lo sabe todo como los amorosos de Sabines y nunca deja de ser un adolescente sabiondo y apestoso que se ríe de alguna broma idiota y que fornica es una sola posición. 


Ser filósofo es ser el relegado, cree que por pronunciar palabras incomprensibles e ideas abstractas vive en un lugar glorioso; querido amigo: lo cierto es que no, lo cierto es que eres habitas un lugar impregnado de ti mismo, maloliente, encerrado. La idea del filósofo en México, en círculos concretos, es que son los que andan en “la lucha”, son la izquierda, son los que fuman mota para alcanzar sus ideas y son paristas, vagabundos. 


Entonces, ¿por qué estudie filosofía si no me gusta el apeste de la mota ni la izquierda ni los discursos mamadores de gargantas inconmensurablemente profundas? ¿Para qué estudiar una carrera que me dejaría un estigma de lo que menos reconozco y aprecio en la vida? ¿Por qué estudiar filosofía si no quería ser profe, ni pobre, ni académico, ni doctor, ni maestro, ni rector, ni investigador? 




Estudié filosofía porque si no hubiera tenido que estudiar unas diez carreras repartidas en las diferentes áreas del conocimiento; porque quería saber de todo, porque leer a aquellos que han tratado de descifrar el mundo no formaba parte de lo que se podía aprender en derecho ni en la psicología ni en el cine ni en las comunicaciones, porque tampoco lo ofrecían las relaciones internacionales ni la ciencia política, por más que quiera y le eche ganas, porque nunca creí que la economía se pudiera reducir a modelos matemáticos sino que es un organismo vivo que forma parte de la práctica social. 


Y luego me di cuenta de que estudie filosofía para sentarme en la misma mesa que abogados, ingenieros, médicos, pintores, jueces, embajadores y cónsules, historiadores, comunicólogos, administradores, contadores, modistas, secretarios de estado, curadores de arte, procuradores de justicia, agentes de policía, militares, marinos, músicos, psicólogos, internacionalistas, consultores de todas las materias, economistas, matemáticos, financieros, articulista, periodistas, empresarios, escultores, sindicalistas, gobernadores, síndicos, diputados, senadores y tener algo que aportar en proyectos conjuntos, en realidades concretas, pero sobretodo, para hablar en sus términos y en su lenguaje; porque siempre entendí que tenía la responsabilidad de conocer sus términos y no que ellos conocieran los míos. 


La filosofía no sirve a la manera de la medicina o de la contaduría; no funciona para hablar de desarrollos odontológicos o de estructuras mecánicas. La filosofía que me ensañaron sirve para leer y estudiar y volver a leer y volver a estudiar; sirve para vivir en un mundo donde el pensamiento tiene su valor en lo incomprensible, para vivir con el reconocimiento de una academia que sobrevive de las secuelas de la película de Gerard Damiano. 


Hoy la filosofía no sirve y no aporta y los únicos culpables son los filósofos, porque generan pensamientos inaccesibles e intrascendentes, porque no llevan las ideas a la calle, ni a otras materias; porque no abren la filosofía a otras disciplinas y piensan que siguen teniendo la verdad entre sus manos mientras lloran diciendo: “¡ah!, ¡deja mi verdad!, ¡no la veas!, ¡no la toques!” y abrazan un mojón de idioteces que termina por ser lodo y tierra estéril. 


La idea que tenemos del filósofo es una idea heredada que no hemos querido cambiar, que no ha encontrado voluntades suficientes desde la filosofía misma para convertirse en un conocimiento que importe, abone, discuta con la cultura, con las redes sociales, con la música, con otras ciencias, que busque consenso, que sea líder. El filósofo es un vendedor de espejos, el único culpable su destino, es la chica gorda y resentida de la fiesta, el tiradero sobrepasado, un lugar que cada día se vuelve prescindible en este siglo y en los que vienen.  

25 septiembre 2021

Un desayuno con mi amigo Tafa



Tafa llega en punto de las 8.30 (una licencia literaria). Los últimos años de pandemia nos hemos reunido tres veces en dos Sanborns distintos. La memoria y la costumbre, pero sobre todo, la practicidad de no elegir un lugar con nombre de mujer, en inglés o de ingrediente exótico.


Tafa y yo desayunamos en Sanborns sin complicaciones, honesta y sinceramente. Atrás han quedado las impresiones. Nuestra amistad, su profundidad, su ir y venir, da para lo importante. ¿De qué hablamos Tafa y yo en el desayuno del viernes 24?


Teología de la iglesia griega, de los ortodoxos, Brand New Cherry Flavor, teoría del conocimiento y sus alcances en la percepción de los sensibles y su existencia (es decir, si podemos conocer aquello que no tiene materia común como el viento; es decir si podemos conocer presencias angélicas o demoniacas), de la importancia de la fe y de la creencia en el mismo conocimiento, de la responsabilidad que tenemos en lo que consumimos al formar nuestros palacios mentales. 


Hablamos de la culpa, del castigo, del terror (que puede ser mucho y muy variado), de la vida en pareja, de lo caro que es vivir en la ciudad del México, de lo bueno que puede ser vivir en Mérida, de la camisa hawaiana del Bronco, de la desaparición de las cuatro ruedas de Naím, de la inseguridad, de la tristeza en la partida, de la felicidad que provoca el llegar a un nuevo lugar y hacer una nueva vida y tener un nuevo proyecto, de los descubrimientos a pesar de la edad, de lo feliz que está y de lo feliz que estoy. 


Yde lo que se siente el miedo de volverse loco y perder el sentido de lo real, de aquello que es recuerdo involuntario que asalta de repente una tarde cualquiera, del tango, de la belleza, de los refugios que pueden ser religiosos o no pero que siempre son sagrados, de la compañía y de los amigos y de la familia.


De mi alta intolerancia a los infantes y a las relaciones familiares, del futuro que cada vez está más cerca, de lo que significa compartir con alguien todas las horas del día y no cansarse, de la suerte, del azar, de la fortuna, de la filosofía griega y de las respiraciones de los orientales, de cuántos años creemos que viviremos pero no nos preguntamos si nos seguiríamos viendo a pesar de que ahora se vaya a Monterrey por nadie-sabe-exactamente-cuánto- tiempo y tendamos esta pausa, un poco larga (el tiempo es relativo) en lo que llega el próximo desayuno.