Por supuesto que he sentido ansiedad. Es el mal de esta época o es la traducción a lo que mi madre llamaba estar mal de los nervios. “Estar mal de los nervios”. No mamen. Estar mal de los nervios es no sentir que te quemas la mano que está sobre la hornilla, pero en la nomenclatura de mi madre era tener un ataque de ansiedad.
Yo soy pésimo cuando pasan, los ataques de ansiedad me dan ataques de ansiedad y la ansiedad me pone agresivo como un gordo al que le quitan su postre. No entiendo los ataques de ansiedad, al parecer son una mezcla de diferentes emociones no tan positivas para quienes los padecen. Al principio yo pensaba que eran como miedo y siempre he intentado sobreponerme al miedo, intentar controlarse a uno mismo.
Pero al parecer no es tan fácil para la gente con ansiedad eso de controlarse. Y creo que pueden tener algo de razón, no lo sé. Ayer Carola me dijo me da ansiedad ir al supermercado y esa ansiedad la muestro poniéndome de malas y tratando de apresurar la ida: ir, comprar, pagar rápido, no tener ningún tipo de contacto personal con nadie: Carola es quien va por el jamón y pagamos en las autocajas.
El super me recuerda mi jodidez, mi pobreza, mi tercermundismo; me recuerda la mediocridad, mi mediocridad encarnada en las costillas, lista para salir, para explotar, para reventarse y bañarlo todo; es la mezcla de lo que huyo, la expresión de la igualdad, la izquierda en la política; es el vértigo, la realidad social, el capitalismo descarnado, una declaración de guerra, una falsa fábrica de sueños, el mal necesario, la condena, un destierro. Es la ansiedad, el repudio, la inquisición - ¡dio la tenga en su santa gloria! -, los abusos.
El super me recuerda lo que nunca he querido ser.: vi a un sujeto bastante feo cargar a su hijo en un canguro y de pronto emerge un demonio emerge y pienso: “¡Cabrón! ¿Para que te reproduces? ¿Qué le dejas a tu hijo tu cara grasienta haciendo gestos deformes?” En mi ansiedad siento que cada gesto, cada pulsación del pobre tipo son una agresión hacía mi: Pero estos no se lo digo a Carola, sino lo que pienso del tipo y ella, con cierta condescendencia como el que dice: “¡Déjenlo!, tiene cáncer terminal, por eso es así, pobrecito.”, me señala la salida.
Odio el puto super. Ir a las cajas de autoservicio para pagar cantidades absurdas dinero por tres putas zanahorias (ayer no compré pero es parte del berrinche) y que el sujeto de seguridad privada, que no sé por qué chingados se puso a orquestar el paso, vea mi carrito y me diga: 20 artículos máximo.
¡20 artículos máximo hijo de tu chingada madre! ¡20 artículos máximo! ¡Te los vas a meter en las putas nalgas o qué chingados! ¿Los vas a pagar tú? ¡No mames! ¡20 artículos máximo! ¡Mis putos huevos cuarentones en tu cabeza hueca, cabrón cara de riata circunsidada! ¿Y qué quieres que haga? ¿Que vaya contando las putas cosas mientras paso por los pasillos? ¿Que lleve un puto inventario de los artículos que lleva mi puto carrito? ¡Qué chingados quieres que haga cabrón nalgas aguadas! ¡Qué chingados quieres que haga pendejo! ¿Formarme en una puta fila y aguantar a la cajera y a la viejita manoseando mis putas calabazas para ponerlas en el carro de nuevo? ¡Estás absoluta, completa, inmortalmente pendejo!
Me metí a la autocaja diciéndole, sí claro, obvio, 20. Pagué mis chingaderas y corrí a la salida. La ansiedad desapareció casi de inmediato.