Los soñadores, una chingadera.
¡¿Soñar?!
¡Soñar con qué!
¿Lo imposible?
¿Lo innombrable?
¿Lo optimista?
Soñar con lo de siempre,
¿con la felicidad?,
¿con la posibilidad de la felicidad?,
¿con alguna cosa, animal, persona o lo que sea que genere felicidad?
Los soñadores son un cáncer en la punta del chile:
son los que cambian el mundo a costa suya y de sus mediocridades,
de sus propias imaginaciones cortas.
Los soñadores son esos mariquitas,
al otro lado del teléfono,
a través de la pantalla
Son los que no saben,
que no huelen,
que se esconden tras un cabello relamido.
Son lambiscones murcielagescos.
Ciegos
Niegan el cuerpo
Niegan el sexo
Lo soñadores se duermen con la boca abierta: viejas arañas en lámparas de catedrales.
Soñadores del mundo
Retratos retardados de un Goya manco,
oligofrénico,
babeante.
Luces artificiales
Luces blancas
Los soñadores son los amorosos del cuento de Sabines
Los Soñadores son los héroes femeninos de Hugo.
Los soñadores son los Houllebecqs viviendo en las casas de sus madres, son los jueces que olvidaron la justicia, los abogados vegetarianos, los ideólogos orgánicos.
Soñar
Soñar
Soñar,
para qué
Para volver
Para volver y encontrarse con el vacío de este cálido desierto cotidiano aderezado con las noticias de las siete.
¡Y sueñan!
¡Una musa!
¡No mames!
¡Una musa!
Mariquitas de musas imaginarias, inalcanzables.
Musaraña enredadas en las palabras sin carácter de la poesía nerudiana.
Soñadores
¡Qué pesadez!
¡Qué pesadez de encierro!
¡Qué pesadez de buenas intenciones!
y
¡Qué puto calor hace!
