Andresita López…
Andresita tiene esta terrible necesidad de decir su opinión en cualquier tema. Y la necesidad, pues la tenemos todos pero hay de temas a temas y luego “el tema no es tema”, como diría la gorda Artura, respetabilísima señora en su transformación número cuatro.
De vez en vez escucho a Andresita, con el tiempo he aprendido a no oírla: suprimir la audición lleva años de whisky y gigabytes de imágenes incuantificables. Y sin embargo, me molesta.
Me molesta como entrar a un baño público o un pelo púbico atorado en la bragueta. Me molesta como la mujer que huele a sudor y que no se ha depilado las axilas o como las gordas en leggins. Me molesta como la cara de los políticos pusilánimes o de los burócratas idiotas o como las señoras pendejas que venden chingaderas veganas.
Me molesta, pues, lo suficiente como para dedicarle uno minutos, como para que no pueda seguir escribiendo, como para no seguir trabajando: ¿para qué trabajar? ¿Para que vivir ? ¿Para escuchar estas pendejadas? ¿En serio vivimos en la caridad de nuestro puto prójimo para aguantar sus pendejas opiniones vomitadas como bilis con champiñones en la esquina de Benito Juárez y Pequeños S.A.? ¿Y si se las metiera por el culo y las cagara lejos de aquí? ¿Y si dejara de tener algo que decir? ¿Y si valorara el silencio?
Vivir entre la gente tiene muchas desventajas. Es verdad que de escuchar las opiniones pendejas, las no tan pendejas y las no pendejas, adquieren una iluminación casi bella, reconfortante. Estoy seguro de que no hay manera de que Andresita López (a quien yo no elegí conocer pero con quien no he tenido una ruptura seria, la culpa y la responsabilidad de escuchar a Andresita también es mía) se calle, porque no hay ningún poder que les abra los ojos y les diga: “A ver, señora, por favor y por piedad, por caridad de la religión que chingada madre la acomode: deje de decir sus pendejadas, aguánteselas, guárdeselas en la bolsa, dígaselas a su esposo que de todos modos ya se chingo y que tiene que escucharla.
Pero regreso y el mundo es un lugar inhóspito, inhabitable, cruel, un espacio lleno de chinos, perdón, de coronavirus, de #yosísoyunvirus y veo, en el fondo del vaso, un hielo solitario que me dice: nada más que hacer, no hay nada más que hacer.
