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13 octubre 2021

El juego del Calamar



Pocas cosas como una buena serie. 


Una buena serie que nace de una una buena historia y de una narrativa genial. Hay quien piensa que hay pocas cosas nuevas - casi ninguna - y que la literatura es una repetición constante de los mismos temas. Borges pensaba que había solo 12 metáforas (creo) y que todas las demás no eran sino una forma diferente de éstas.  


En la televisión y los medios audiovisuales no es diferente. Los temas se repiten, aún más, aquellos que encuentran una resonancia constante en los espectadores, los temas que están en lo social y que, como la paradoja del huevo y la gallina, no se sabe si nacen de lo social o nacen de la imaginación para insertarse en lo social. 


En medio de todo esto está El juego del calamar: una buena idea, una buena historia, una narrativa implacable, una lógica disciplinada, perfecta, sin trampas. Una serie que sorprende a occidente y le recuerda que la narrativa y la lógica oriental quizás sea dueña de esta época.  


El juego del calamar es una serie bien contada, bien actuada, con un guión construido con todas los rigores de las premisas y cuya conclusión no es más que el desarrollo lógico de las mismas. Lógicamente, no encuentro nada que reprocharle. El calamar es un oasis en el mundo del streaming, que de repente se vuelve idiota, monótono y mediocre y que con una opción como ésta pareciera tomar un poco de aire: una opción de fin de semana que se bebe rápido y se puede, al parecer, digerir fácilmente.


El juego del calamar, lo mismo que pasó en su momento con Parásitos (aunque Netflix insista en catalogarla de comedias), es un poner a prueba la sociedad capitalista, con su juego de clases sociales, sus valores, sus intereses; pero también pone a prueba los valores morales de la sociedad actual: la solidaridad, la amistad, la empatía. 


Pero El Calamar va más allá: nos hace cómplices de aquellos enmascarados dorados que se sientan cómodamente a ver quién es el próximo sobreviviente. Y nosotros que vemos la serie, ¿hacemos algo diferente? 


No, somos espectadores de la desesperación, de la competencia, de la libertad. Nos alegramos de que nuestro favorito sobreviva, de que se borre la competencia, de que al malo le vaya mal, de que el justo gane. 


Sí, El calamar va más allá nos invita a ser espectadores y a jugar bajo las mismas reglas que los concursantes ahorrándonos la democracia: en cualquier momento podemos dejar la serie, solo depende de nosotros. Y no lo hacemos, quizás por diversión, por morbo o por lo que sea, ¿en verdad somos diferentes que los organizadores de los juegos? 


En un capítulo de Black Mirror, una mujer es castigada por haber sido complice en un asesinato; ella no participa activamente, es una espectadora. La justicia del capítulo consiste en que sea una víctima y que las personas de la calle graben su desesperación sin hacer nada; lo mismo que ella hizo frente a la injusticia: nada.  


El calamar da para muchas lecturas; si estiramos un poco las cosas, nos puede hacer pensar en la Trilogía de la venganza de Chan-Wook Park y en Parasitos y todo aderezado con Saw, The Purge y en alguna medida Cube. La desigualdad, el sistema financiero, los juegos de niños, la desesperación , las salidas fáciles, forman un coctel irresistible, al final es verdad que no hay nada nuevo: el inicio de las Mil y una noches cuenta la desgracia de un Sultán, sólo es superada por el sentimiento de que a otro Sultán le va aún peor que al primero. 


El calamar también es un punto de inflexión de nuestra humanidad y un recordatorio de lo que hemos sido y de lo que ahora somos. Hay una sensación de alivio en la desgracia del otro.