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12 enero 2022

Landscapers: por lo que vale la pena matar, vale la pena morir

Lanscapers, HBO


A medidos de los 90, un comercial sobre Ricardo III: 


Imágenes granuladas de una película o una película documental


Voz en off 

Por lo que vale la pena matar, vale la pena morir. 


Fue una de las primeras frases que apunté en una libreta de citas. No sabía realmente qué significaba. 


Fui un niño otoñal, ridículo, poco práctico, poco cerebral, poco racional. Me aprendí la frase por repetirla, por reescribirla; me acompañó muchos años en las ideas sobre el amor, sobre la libertad. Y no supe, hasta muchos años después, que la frase no hablaba de amor ni de libertad, sino de honor y compromiso. Mal día descubrir que quizás no fuera de Ricardo III sino producto de alguna mala traducción pseudo poética. 


Luego de ver Landscapers pensé la frase, la amoldé, la cambié:  


Por lo que vale la pena vivir, vale la pena morir. 


Y al revés: 


Por lo que vale la pena morir, vale la pena vivir.


Un amor como el de Landscapers es el único que vale la pena vivir, por el que vale la pena morir y/o matar; es la única expresión del amor, del entender al otro, de compartir con el otro y que el otro sepa y entienda y acepte. 


Que sepa que los silencios son solo silencios y que la confianza es un punto de partida que no se construye sino que está o no está, se tiene o no se tiene. 


Una persona que acepte que el mundo es demasiado poco a veces, que la vida tiene muchas dimensiones para ser vivida y muchos huecos que abren nuevos mundos.  


La tragedia, le verdadera tragedia de Landscapers consiste en no encontrar a nadie por la que valga la pena matar y morir y vivir; por la que valga la pena comer y caminar. 


La tragedia es conformarse con las sobras que deja el paso del tiempo, con la compañía que ahuyenta la soledad y espanta los fantasmas del fin. 


La tragedia es terminar la vida exigiendo el final feliz de la película mediocre, el amor imposible, inexistente; el amor que no es amor sino una escoba al revés, un envase medio lleno, medio vacío, una formato para entregar a la salida. 

13 octubre 2021

El juego del Calamar



Pocas cosas como una buena serie. 


Una buena serie que nace de una una buena historia y de una narrativa genial. Hay quien piensa que hay pocas cosas nuevas - casi ninguna - y que la literatura es una repetición constante de los mismos temas. Borges pensaba que había solo 12 metáforas (creo) y que todas las demás no eran sino una forma diferente de éstas.  


En la televisión y los medios audiovisuales no es diferente. Los temas se repiten, aún más, aquellos que encuentran una resonancia constante en los espectadores, los temas que están en lo social y que, como la paradoja del huevo y la gallina, no se sabe si nacen de lo social o nacen de la imaginación para insertarse en lo social. 


En medio de todo esto está El juego del calamar: una buena idea, una buena historia, una narrativa implacable, una lógica disciplinada, perfecta, sin trampas. Una serie que sorprende a occidente y le recuerda que la narrativa y la lógica oriental quizás sea dueña de esta época.  


El juego del calamar es una serie bien contada, bien actuada, con un guión construido con todas los rigores de las premisas y cuya conclusión no es más que el desarrollo lógico de las mismas. Lógicamente, no encuentro nada que reprocharle. El calamar es un oasis en el mundo del streaming, que de repente se vuelve idiota, monótono y mediocre y que con una opción como ésta pareciera tomar un poco de aire: una opción de fin de semana que se bebe rápido y se puede, al parecer, digerir fácilmente.


El juego del calamar, lo mismo que pasó en su momento con Parásitos (aunque Netflix insista en catalogarla de comedias), es un poner a prueba la sociedad capitalista, con su juego de clases sociales, sus valores, sus intereses; pero también pone a prueba los valores morales de la sociedad actual: la solidaridad, la amistad, la empatía. 


Pero El Calamar va más allá: nos hace cómplices de aquellos enmascarados dorados que se sientan cómodamente a ver quién es el próximo sobreviviente. Y nosotros que vemos la serie, ¿hacemos algo diferente? 


No, somos espectadores de la desesperación, de la competencia, de la libertad. Nos alegramos de que nuestro favorito sobreviva, de que se borre la competencia, de que al malo le vaya mal, de que el justo gane. 


Sí, El calamar va más allá nos invita a ser espectadores y a jugar bajo las mismas reglas que los concursantes ahorrándonos la democracia: en cualquier momento podemos dejar la serie, solo depende de nosotros. Y no lo hacemos, quizás por diversión, por morbo o por lo que sea, ¿en verdad somos diferentes que los organizadores de los juegos? 


En un capítulo de Black Mirror, una mujer es castigada por haber sido complice en un asesinato; ella no participa activamente, es una espectadora. La justicia del capítulo consiste en que sea una víctima y que las personas de la calle graben su desesperación sin hacer nada; lo mismo que ella hizo frente a la injusticia: nada.  


El calamar da para muchas lecturas; si estiramos un poco las cosas, nos puede hacer pensar en la Trilogía de la venganza de Chan-Wook Park y en Parasitos y todo aderezado con Saw, The Purge y en alguna medida Cube. La desigualdad, el sistema financiero, los juegos de niños, la desesperación , las salidas fáciles, forman un coctel irresistible, al final es verdad que no hay nada nuevo: el inicio de las Mil y una noches cuenta la desgracia de un Sultán, sólo es superada por el sentimiento de que a otro Sultán le va aún peor que al primero. 


El calamar también es un punto de inflexión de nuestra humanidad y un recordatorio de lo que hemos sido y de lo que ahora somos. Hay una sensación de alivio en la desgracia del otro.   

19 agosto 2021

Gloria


Entonces Tony tiene esta novia que parece hacerlo feliz, está en las mieles, en ese inicio en el que todo es perfectamente pasable; aquello que parece establecer una paz afable pero poco duradera. Fibi diría que es producto de que le “desflemaron el cuaresmeño".  Por supuesto que la figura poética es más que acertada.


Un poco es el sexo, un poco. También hay un poco de esa magia que tiene que ver con el encuentro de algo completamente nuevo y desconocido, como estudiar, leer, encontrar un acorde. La novedad, el descubrimiento es mágico; el descubrir una mujer es indescriptible. No sé si funcione igual con las mujeres cuando encuentran un nuevo hombre. Supongo que será parecido, aunque hablo desde la oscuridad y la despreocupación. 


Y ahí está el gordito. Muy feliz y todo. Con una guillotina que pende de su cabeza porque no hay evento más efímero que la felicidad del encuentro y no hay hoja más afilada que la desestabilización que provoca querer más. 


Querer más


No hay forma, no existe manera alguna de no querer más; de buscar la repetición infinita, la inmortalidad imposible. Gloria Trillo es una sirena y a este Ulises poco le importa Ítaca. Al final, ya conocemos todos los caminos del mundo.