Tengo un problema sin color.
Quizás si no hubiera dejado el análisis esto no pasaría y sería un problema temporal y sin mayor trascendencia, un problema rojo o naranja, ámbar.
El problema sin color es el siguiente:
Elle Fanning tiene 22 años
Me parece una mentira, un error, una falsedad, como levantarse a las 4 creyendo que son las 6 y prepararse para salir, saber que no son las 6, son las 4: son las cuatro como dice el puto reloj del teléfono celular y las manecillas que te obligan a dormir de nuevo y a dejarte de mamadas empíricas falseadas por las cantidades poco pudorosas de Absynth con azúcar y agua.
Entro a Wikipedia - actual fuente de toda sabiduría terrenal, suprarrenal y celeste - para saber, efectivamente, la edad de Elle Fanning: 22 años me da directo en la cara.
Al principio no creí en la cuenta que hacía - nunca he sido bueno con las matemáticas - y decidí apretar la página y dejar que la fuente de toda la sabiduría hiciera el trabajo rudo por mí: 22 años de nuevo; hubiera estudiado finanzas y no esa chingadera de licenciatura de señora de las Lomas.
Y yo leo la información, la releo y pienso: no es cierto. Este hecho innegable, real, absoluto, matemático, concreto: no es cierto. Entonces decido poner en la barra de google: Elle Fanning y luego aprieto imágenes y luego herramienta y luego tamaño y le pongo grandes: no quiero más errores. Desde la pantalla los ojos se me llenan de un azul de 17 y un rojo de más de tres decenas.
Veintidós años, y entrecierro los ojos haciéndome el interesante. Elemental. Elemental.
No me parece del todo convincente.
Salgo a caminar. La calle está vacía. Las hojas de los árboles suenan por un ligero viento - pienso en la película en la que los árboles generan en la gente la necesidad de suicidarse y pienso en el suicido y me acuerdo de Zooey Deschanel.
Tengo una especie de juicio atorado entre la razón y la voluntad; un juicio que al parecer se escurre como un hecho irrefutable mientras este tiempo de primavera con sabor a sol estancado me hace incapaz de aceptar - creer - en la realidad pandémica que se cierne sobre mi cabeza.
Entro a la casa. Me queda este sabor pastoso y amargo, como de nueces viejas, y este encierro de preocupaciones metafísicas que no me alcanzan para el insomnio y se van con un trago de Glenffidich por la tarde.
