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26 noviembre 2021

Tenía veintisiete años y un cocker spaniel



tenía veintisiete años y un cocker spaniel

nombre de tango

sueños vagabundos

esmeraldas en los ojos

seis años de ventaja 

  

tenía veintisiete años 

chamarra de cuero y botas: 

unos labios encendidos 

y un cocker spaniel

que comía aceitunas negras

y se quedaba dormido 

 

un cocker spaniel

y un aire precioso y despreocupado 

el aire de las flores 

que al  besarlas son efervescentes

y veintisiete años: 

una felicidad inmutable 

un trago helado de vodka

 

tenía veintisiete años

sabor color vino

y a coincidencias 

y a posibilidades imposibles

 

tenía la voz de veintisiete años 

historias infinitas

sabor a fresas recién cortadas

pecas en los hombros

y un cocker spaniel.


29 octubre 2021

Abandonarse a la pasión - Hiromi Kawakami



La voz de Hiromi Kawakami surge lejana, susurrante, como desde un pozo. 


Hace frío. Los días comienzan a ser más cortos, el cierzo pasa por debajo de la puerta, se cuela en la ventana del baño. La soledad, traída desde otro momento del tiempo, regresa con sus ojos llenos y sus brazos abiertos y el recuerdo es, de un momento a otro, el presente fugaz y advenedizo que se escapa como un cascabel.


Abandonarse a la pasión es para leerse en otoño. No lo sabía pero la fortuna, que engaña al destino, me lo trajo entre hojas de calabazas y cervezas ámbar. Los días en el otoño se enfrían como las páginas de Kawakami, hasta dejarte con ese prudente dolor de articulaciones en el frío. 


Abandonarse no tiene más de 120 páginas: relatos cortos, concretos, sin sobrantes ni grandes descripciones barrocas, sin sentimentalismos occidentales bañados de un psicoanálisis mariquita ni un exceso de “querer ser diferente” que tienen algunos autores con poca seguridad en ellos mismos. 


Hiromi Kawakami sabe de qué está hablando, ha sentido el frío del desamor y esa breve tibieza de los besos; conoce la estructura de las ciencias (estudió ciencias naturales) y sabe perfectamente cómo atrapar esos sentimientos concretos pero etéreos, mariposas de sensaciones que surgen en campos solitarios; sentimientos que se van anidando hasta que surgen, como el silencio en la música. 


El frío del amor y la fina tibieza de la resignación. Kawakami me recuerda ese sabor a otros otoños, el olor a las mandarinas, los encuentros, los desencuentros, las apariciones fantásticas, increíbles; las lluvias de hojas y los cielos azules y, más en el fondo, la única sensación honesta que se produce al pasar la mano por encima de la cabeza de un perro. 


Kawakami es prudente y agridulce. Abandonarse no tiene pretensiones: una grulla de origami con audífonos en medio de una sala de quimioterapia.