Terminé de leer Zen y arte del mantenimiento de la motocicleta. Me lo prestó mi amigo Luis hace más de dos años. En un cálculo rápido de todo lo que me recomiendan consumo el 50% o menos de manera inmediata; para lo demás pueden pasar mese o años. Estimo la fecha porque en aquellos momentos no andaba en motocicleta.
Zen me recuerda la del momento en el que decidí qué estudiar y dónde. Algo que en el fondo tiene que ver con la sensación de ver el mar desde muy alto y sientes el azul profundo, insondable, inabarcable.
Cuando la gente me pregunta por qué estudié lo que estudié mi respuesta es siempre ensayada. No es que no sea verdad pero la historia que cuento no es la razón sino la narrativa del impulso que me llevó a tomar la decisión. Ahora puedo enunciarlo porque conozco las palabras. No es un tema ético o psicológico. La misma razón que puedo enunciar ahora se asemeja a la razón por la que decidí convencer a Carola de que anduviéramos en moto.
Zen, su gran virtud tal vez, es tratar de explicar el mundo desde la forma de entender una motocicleta. La forma de conocerlo, enfrentarlo, de pararse frente a él, aproximarse, alejarse, verlo desde detrás de un vidrio. La relación de las personas y las cosas, del funcionamiento, de la manera en que sucede en este momento de la historia, un momento que se ha extendido - desde que iniciaron los motores de combustión interna - y se ha convertido en una caída vertiginosa con el desarrollo de la tecnología.
La motocicleta está, seguramente habrá otros ejemplos que no me importan ahora, en medio de esa lectura: es una entidad que ha evolucionado manteniendo su forma inicial, un equilibrio de fuerzas que intervienen para desplazarse rápidamente sin dejar de estar encapsulado pero sin ser parte del entorno, una bestia mecánica, una valkiria.
Una entidad parecida a la razón como herramienta que nos acerca al mundo con inmersiones intermitentes de conciencia que sirven para explicar(nos) su desarrollo y su evolución mediante lo que conocemos, la forma en la que lo comprendemos, lo traducimos y lo comunicamos.
Recomendé este libro a tres personas. Uno que anda en moto y que tiene una capacidad intelectual que no conoce: un sujeto con la calma necesaria para entender. Y otro que, en el fondo, es igual a mí aunque su camino tenga un lenguaje distinto. Y una tercera de quien espero que conozca analogías y salga del mundo de los ejemplos.
El libro, pensé mientras les enviaba una foto a cada uno, contiene la descripción del punto de encuentro entre la racionalidad funcional y la contemplativa. El tema sobrepasa el libro (que se me antoja mas bien malo) y manifiesta una problemática que ha sido enunciada muchas veces de muchas maneras. La virtud de Zen es poner en discusión una paradoja.
Leer Zen me ha dejado esa nostalgia de los viejos nombres, de los viejos conceptos, de los viejos problemas que uno deja para buenas y pocas charlas. No tenemos pelo grueso, ni garras, ni la agilidad, ni la fuerza de las bestias. Tenemos la razón y la retórica, un martillo de dos cabezas, un viejo sueño que se usa a conveniencia, según el humor, según el momento.