Mostrando las entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas

13 enero 2023

Mi vejez




Odio mi propia vejez reflejada en la vejez de cada uno de los cabrones viejitos que me encuentro. Esa descomposición de las facultades, ese olor a encerrado, la debilidad en las piernas, el temblor en las manos, las arrugas surcando la piel, ese triste cartón mil veces mojado y secado y sudado, inservible. 

La vejez. Mi vejez. Me ve con sus ojos maliciosos desde la fosa más profunda de mi porvenir, desde la pérdida más flagrante de la humanidad, desde la negación de la belleza que trasgrede cualquier síntoma vital por pequeño que este sea. 

Ser viejo no necesariamente es ser sabio, sino necio. La necedad de aferrarse, de no adentrarse en lo desconocido, de no aceptar que detrás de cada sueño, detrás de cada día está la nada y el recuerdo de la nada. Y la temporal y ridícula incapacidad de aceptar el tiempo perdido, las oportunidades tiradas a la basura, la felicidad no elegida, no otorgada, no disfrutada.  

Veo a los viejos, zombies, piedras, fardos estrafalarios. Me veo viejo y apestoso, estorbando, necesitado de atención, sin sabor en los labios ni en la lengua, sin el tacto liso de mis dedos, sin la sola capacidad de levantarme a cocinar o a podar o a hacer algo diferente que no sea echarme a perder entre mi ropa.

Ese viejo marrano que ve a las mujeres jóvenes con antojo casanovesco y que se moja los labios y que se lame las encías: incapaz de morder, incapaz de provocar algo más que no sea asco o ternura o asquerosa ternura o tierno asco. Una vergüenza incurable. 

No es la muerte la que me espera detrás de la cortina del cuarto. No es la guadaña lo que se siente en los respiros de las mañanas heladas. Es la vejez. La pérdida de la dignidad, de la forma de ser; esa incapacidad de no estorbar, de no estorbarse. 

Odio mi vejez. Esa que viene todos los días y se nutre de mi cuerpo como ácaros, como un gusano que me devora desde dentro, como una pistola, en la mano de un enano con parkinson, apuntando en mi cabeza.