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02 enero 2023

Casa quemada



Nunca he soñado que se quema mi casa, ni la casa de mis padres, ni la casa de mis hermanos. No recuerdo haber soñado con una casa en incendio. Casa quemada. Casa quemada como la casa tomada de Julio Cortazar. Supongo que en el fondo no soy un piromaniaco. Tampoco he soñado que tengo que sacar algunas de mis cosas antes de que quemen la casa. No he soñado que alguien quiera quemar una casa y me avise: ¡saca tus cosas, vamos a quemar la casa! No sé qué haría.
 
Despierto pienso que la gente que sueña en las casas quemadas piensa en la descomposición. No la orgánica. La otra descomposición, la racional, la emocional, la humana. Soñar es pensar lógicamente pero no volitivamente. Si alguien tiene que sacar sus cosas de una casa que se va a terminar es porque tiene que salir, no sólo físicamente, anímicamente, mentalmente; es un fenómeno que le pasa, supongo, a las personas que salen de casa de sus padres: hay cosas que aún tienen que sacar de ahí, lo demás es fácilmente prescindible o ha quedado olvidado.
 
Pienso en la primera vez que me salí de la casa de mis papás y en la segunda y en todas. Pienso en un regreso en particular aunque todas vueltas son memorables. A veces hay que dar un paso atrás para tomar vuelo. A veces solo es la necesidad y su forma sencilla de solventarla. He dejado atrás cosas, mucho más cosas de las que debería haber tenido - aunque la construcción literaria sea un asco -, y he vuelto a hacerme de cosas de nuevo: soy un comprador compulsivo.

Si mi biblioteca ardiera esta noche, por ejemplo y como dice Asimov, sé qué rescataría y sé qué volvería a tener; lo demás, de nuevo, es prescindible, como un sueño cualquiera, como una casa quemada.