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24 agosto 2021

Durmiente



Ella se despierta para ver el sol. El sol entrando por la ventana de su cuarto. Una pieza de 25 metros cuadrados para la cama, los burós y una banquita en la que se sienta a quitarse los zapatos cuando llega de la calle; las paredes claras y un espejo que no engaña a nadie. 


Despierta con la cabeza enredada y los cabellos revueltos. Huele cama y perfume, a suavizante de lavanda y a ese sabor cítrico medio podrido de los limones agrios que se quedan mucho tiempo y de ser verdes, terminan por volverse amarillos. El olor verdadero, el olor del sueño, el olor que la persigue todos los días desde que se acuerda y que algún día se volverá ese otro olor, a fermento, a levadura recién crecida.


Ella busca el sol con los ojos cerrados. No quiere levantarse, levantarse significa volver a firmar un nuevo compromiso con la gravedad, la venta sin ganancias de un pedazo de alma, la entrega de su cuerpo al centro de la tierra (quizás esto nunca lo sepa). No quiere levantarse, ni devorar con el color de sus ojos el color de las paredes de su rutina. 


¿Qué día es hoy? Martes, miércoles. Los hombros recién cansados le dicen que la semana comienza, que aún falta más, más fatigas, más mañanas. Y ella desea ser la imaginación de alguien que decidiera que siga dormida, como la bella durmiente pero sin príncipe; le gustaría ser un fragmento de ficción, quedarse dormida, dejar de existir en medio de quinientos hilos de algodón.


Ella quiere dormir hasta que el mundo se arregle, hasta que el tiempo no sea medible y no tenga que salir a la calle. Quiere detenerse, hacerse rocío de mañana o niebla esparcida por un poco de viento. Quisiera que el sol le diera en la cara y la calentara y la dejara en paz; en paz como el silencio, en paz como quien se queda dormida.