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02 febrero 2023

Ansiedad



Por supuesto que he sentido ansiedad. Es el mal de esta época o es la traducción a lo que mi madre llamaba estar mal de los nervios. “Estar mal de los nervios”. No mamen. Estar mal de los nervios es no sentir que te quemas la mano que está sobre la hornilla, pero en la nomenclatura de mi madre era tener un ataque de ansiedad.

Yo soy pésimo cuando pasan, los ataques de ansiedad me dan ataques de ansiedad y la ansiedad me pone agresivo como un gordo al que le quitan su postre. No entiendo los ataques de ansiedad, al parecer son una mezcla de diferentes emociones no tan positivas para quienes los padecen. Al principio yo pensaba que eran como miedo y siempre he intentado sobreponerme al miedo, intentar controlarse a uno mismo. 

Pero al parecer no es tan fácil para la gente con ansiedad eso de controlarse. Y creo que pueden tener algo de razón, no lo sé. Ayer Carola me dijo me da ansiedad ir al supermercado y esa ansiedad la muestro poniéndome de malas y tratando de apresurar la ida: ir, comprar, pagar rápido, no tener ningún tipo de contacto personal con nadie: Carola es quien va por el jamón y pagamos en las autocajas. 

El super me recuerda mi jodidez, mi pobreza, mi tercermundismo; me recuerda la mediocridad, mi mediocridad encarnada en las costillas, lista para salir, para explotar, para reventarse y bañarlo todo;  es la mezcla de lo que huyo, la expresión de la igualdad, la izquierda en la política; es el vértigo, la realidad social, el capitalismo descarnado, una declaración de guerra, una falsa fábrica de sueños, el mal necesario, la condena, un destierro. Es la ansiedad, el repudio, la inquisición - ¡dio la tenga en su santa gloria! -, los abusos.    

El super me recuerda lo que nunca he querido ser.: vi a un sujeto bastante feo cargar a su hijo en un canguro y de pronto emerge un demonio emerge y pienso: “¡Cabrón! ¿Para que te reproduces? ¿Qué le dejas a tu hijo tu cara grasienta haciendo gestos deformes?” En mi ansiedad siento que cada gesto, cada pulsación del pobre tipo son una agresión hacía mi: Pero estos no se lo digo a Carola, sino lo que pienso del tipo y ella, con cierta condescendencia como el que dice: “¡Déjenlo!, tiene cáncer terminal, por eso es así, pobrecito.”, me señala la salida.  

Odio el puto super. Ir a las cajas de autoservicio para pagar cantidades absurdas dinero por tres putas zanahorias (ayer no compré pero es parte del berrinche) y que el sujeto de seguridad privada, que no sé por qué chingados se puso a orquestar el paso, vea mi carrito y me diga: 20 artículos máximo. 

¡20 artículos máximo hijo de tu chingada madre! ¡20 artículos máximo! ¡Te los vas a meter en las putas nalgas o qué chingados! ¿Los vas a pagar tú? ¡No mames! ¡20 artículos máximo! ¡Mis putos huevos cuarentones en tu cabeza hueca, cabrón cara de riata circunsidada! ¿Y qué quieres que haga? ¿Que vaya contando las putas cosas mientras paso por los pasillos? ¿Que lleve un puto inventario de los artículos que lleva mi puto carrito?  ¡Qué chingados quieres que haga cabrón nalgas aguadas! ¡Qué chingados quieres que haga pendejo! ¿Formarme en una puta fila y aguantar a la cajera y a la viejita manoseando mis putas calabazas para ponerlas en el carro de nuevo? ¡Estás absoluta, completa, inmortalmente pendejo!

Me metí a la autocaja diciéndole, sí claro, obvio, 20. Pagué mis chingaderas y corrí a la salida. La ansiedad desapareció casi de inmediato.  

08 septiembre 2021

La vez que Jacobito y yo comimos dos veces un mismo día

 



 

La primera vez fueron alitas y unas papas gajo acompañadas de medio litro de cerveza: el puto mesero, una especie de gothic mariachi huérfano del chopo, se negó a servirnos sólo cervezas: 

“Cerveza nada más con alimentos, amigo” 

¿Dónde putas vivimos? 

¿En México? 

¿O en un puto país inmaduro y lleno de complejos? 

¿O en una puta aldea comandada por asociaciones religiosas contra el aborto?


Teníamos poco tiempo antes de la segunda comida, la que realmente nos había convocado ese día. Así que pedimos comida para beber cerveza y con una amable sonrisa le dijimos al mesero que gracias y que fuera a chingar a su madre y que sabíamos que no era su culpa, sino del gobierno en turno, de la pandemia, pero no era suya, no, la culpa no era suya: al final él tampoco creía que comer evitaba que te pusieras borracho.  


Los temas que abordamos en la primera comida: política, familia, hartazgo. Hablamos del futuro, de su futuro que es prometedor y más interesante que el mío y de música y de Fibi que quiere abrir una empresa y de la Marmota que quiere abrir un despacho y ser un roedor de primer mundo; hablamos de la empresas y de los notarios, de lo que se acaba porque sí, porque tiene que acabarse, porque las cosas no son eternas. Hablamos de la política dominguera de nuestro país y de las novias, bueno, cada quien de la suya. Hablamos de cómo un conocido estaba perdido por Mariana Rodríguez y cómo yo estoy aterrado por sus dientes. Y hablamos de lo que viene, que es nada, que no está escrito y que importa hasta que la niebla se eleve y deje ver más allá de nuestras manos. 


Nos estacionamos en el tema que Tony Soprano nunca termina de resolver y, si Tony Soprano no lo resuelve, pues menos nosotros, porque al final uno no elige quien es su madre y las madres - ¡las madres que son santas! - cumplen con esa difícil labor que es chingar.  Chingar en grande, en Granada; chingar a grito abierto y en silencio, con ternura, con paciencia, con el pensamiento; por teléfono, por telégrafo, por satélite; chingar y chingar y volver a chingar, ¡lo más posible! Luego, ocultarlo de cariño y preocupación y coronarlo con esa fórmula que termina por convertirse en lágrimas de cocodrilo: “¡¿Cómo no me voy a preocupar si soy tu madre?!” Y sí, tiene razón, puede preocuparse o hacer lo que le venga en gana, pero terminan chingando al objeto de su preocupación. 


Pero ni con preocupación materna nos pudimos quedar a terminar con las alitas y las papas, apuramos la cerveza y nos fuimos a una cantina que prometía un pescado a la sal increíble. El pescado nunca llegó, ni con sal ni sin sal: la cantina estaba cerrada por remodelación. 


La amenazante nube gris sobre nuestras cabezas se hartó y cayó con furia. Elegimos otro lugar rápidamente para que el Lic. Arroyo pudiera llegar con tiempo y mientras atravesábamos la colonia Condesa en dirección a Puebla, cayó una tormenta que me hizo agradecer haber dejado la moto en la casa e ir en auto. 


Salón Covadonga es un lugar que ha estado desde no sé cuanto. Es un lugar de concurrencia conocida, cuando llegó el Lic. Arroyo saludó a la señora que vende boletos de lotería y al mesero con una familiaridad que sólo otorgan los lugares que son visitados muchas veces, muchas. 


Hendricks con agua mineral en un old fashioned con dos hielos y un pulpo a la gallega que Jacobito tuvo a bien pedir. A mí no me gusta el pulpo: las ventosas en los tentáculos, la sensación en los dientes, el olor a mar. No. El pulpo no es lo mío pero igual y lo comí y, además, pues quien calla otorga y yo no dije nada, nada hasta que llegó el segundo Hendricks y, ahora sí: “traiganos una chistorra con queso, Capi, y unas croquetas de serrano, por favor”.


Hablar con el Lic. Arroyo es genial, no importa que entrada esté al centro, ni se empieza con ginebra o tequila o vodka. Carola me ha dicho que tiene un humor como el mío. Y quizás sea verdad pero él es sumamente educado y a mí me importa un carajo el establishment. Hablar con el Lic. Arroyo es abrir una puerta a la historia de México, a un mundo que no vivimos ni Jacob ni yo directamente pero que lo conocemos a través de los ojos de quien sí estuvo haciendo la historia y nos hace sentido. Nos hacen sentido las formas y la educación, los temas, la forma de conducirse, la manera de hacer política, el vocabulario, las frases, los lugares comunes de aquella época, de un México que vive en otra parte y que vivimos cada vez que podemos, aunque no sea el nuestro. 


Los temas que platicamos con el Lic. Arroyo: política nacional, federal, local, municipal; política actual y política vieja; historía política; filosofía política; comunicación política y discurso político. Hablamos de la vez en que decidimos que estudiaríamos, una cosa muy distinta a platicar sobre lo que hacemos, especialmente para mí y de lo importante que es no ser abogado. Y hablamos de Miguel González Avelar quien no deja de estar invitado cada vez que nos acordamos de los políticos de cierta talla, de cierto temple; hablamos de  sus trajes hechos a la medida y su sombrero estilo Gardel, de sus Montecristo No. 4 que fumó hasta que pudo fumarlos y de su pasión por los palíndromas y Clipperton y de la fortuna de haberlo conocido.  


Y apenas terminamos de comer el Lic. Arroyo nos dijo: “Bueno, ya me invitaron la comida, ya aquí se acaba, qué bueno, muchas gracias; yo les voy a invitar los aperitivos: ¿qué quieren?” 

Jacobito pidió un Glenfiddich 12, el Lic. Arroyo un Chartreuse verde y a mí se me antojaba un Strega pero terminé bebiendo Glenfiddich 12, porque llovía, porque estaba con mis amigos, porque empezábamos a hablar de literatura y  de historia y de historias y de inundaciones y cada puerta que abríamos nos llevaba  a una anécdota o una cita o una referencia o todas las anteriores o ninguna y ahí se quedaba. 


Luego tembló y el temblor nos sacó a la calle para encontrarnos con los enamorados de un motel que venían poniéndose la ropa, señoras en pijama persignándose para que les fueran perdonados sus últimos pecados, bebedores y jugadores de dominó, oficinistas con trajes color café, meseros preocupados por las cuentas sin pagar, policías que no sabían si decir alguna cosa o esperar a que la calle de Puebla, en la colonia Roma, se dejara de mover. 


Y ahí estábamos todos a media calle viendo cómo se movían los cables y los coches y los edificios y el cielo se llenaba de luces y en el piso el movimiento incontrolable como quien ha bebido más de lo suficiente. Y la noche mojada igual que la calle, igual que el temor de que los edificios comenzaran a caerse y nos aplastaran y nos muriéramos. El miedo de morir que siempre está latente cuando las situaciones escapan del propio control.   


Pero no nos morimos y no se cayó nada y dejó de temblar y Jacobito hizo un chiste de los amorosos del motel y en ese momento se nos fue el miedo y se fue el temblor, como si la risa frente a la desgracia, otra vez, fuera un amuleto que alejara aquellas ondas que sacudían la ciudad. 


No nos morimos. Regresamos a terminar los tragos, luego los de la casa y decidimos que lo mejor era volver, porque a Jacobito y al Lic . Arroyo les esperaba un camino más largo que el mío y porque cada quien quería llegar a su casa, aunque no lo dijimos, aunque no necesitábamos decirlo.