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13 enero 2023

Mi vejez




Odio mi propia vejez reflejada en la vejez de cada uno de los cabrones viejitos que me encuentro. Esa descomposición de las facultades, ese olor a encerrado, la debilidad en las piernas, el temblor en las manos, las arrugas surcando la piel, ese triste cartón mil veces mojado y secado y sudado, inservible. 

La vejez. Mi vejez. Me ve con sus ojos maliciosos desde la fosa más profunda de mi porvenir, desde la pérdida más flagrante de la humanidad, desde la negación de la belleza que trasgrede cualquier síntoma vital por pequeño que este sea. 

Ser viejo no necesariamente es ser sabio, sino necio. La necedad de aferrarse, de no adentrarse en lo desconocido, de no aceptar que detrás de cada sueño, detrás de cada día está la nada y el recuerdo de la nada. Y la temporal y ridícula incapacidad de aceptar el tiempo perdido, las oportunidades tiradas a la basura, la felicidad no elegida, no otorgada, no disfrutada.  

Veo a los viejos, zombies, piedras, fardos estrafalarios. Me veo viejo y apestoso, estorbando, necesitado de atención, sin sabor en los labios ni en la lengua, sin el tacto liso de mis dedos, sin la sola capacidad de levantarme a cocinar o a podar o a hacer algo diferente que no sea echarme a perder entre mi ropa.

Ese viejo marrano que ve a las mujeres jóvenes con antojo casanovesco y que se moja los labios y que se lame las encías: incapaz de morder, incapaz de provocar algo más que no sea asco o ternura o asquerosa ternura o tierno asco. Una vergüenza incurable. 

No es la muerte la que me espera detrás de la cortina del cuarto. No es la guadaña lo que se siente en los respiros de las mañanas heladas. Es la vejez. La pérdida de la dignidad, de la forma de ser; esa incapacidad de no estorbar, de no estorbarse. 

Odio mi vejez. Esa que viene todos los días y se nutre de mi cuerpo como ácaros, como un gusano que me devora desde dentro, como una pistola, en la mano de un enano con parkinson, apuntando en mi cabeza. 

15 septiembre 2021

La llave / Diario de un viejo loco: dos novelas en forma de diario de Junichiro Tanizaki


Descubrí a Junichiro Tanizaki gracias a mi amigo Johnny Deep quien me regaló El cortador de cañas, una novela corta que habla de ese Japón legendario que parece extinto. Después de El cortador empecé a prestar atención a Tanizaki que se convirtió, junto a Mishima, Kawabata y Murakami, en uno de mis escritores japoneses favoritos.  


Tanizaki tiene este sabor a un Japón de otro siglo, de otra era; quizás sea una de las mejores formas de entender las eras de Japón y sus cambios, que van del país encerrado al mundo al industrializado y que se resiste a dejar entrar a occidente. El Japón de Tanizaki tiene ese sabor de tierra mojada y luciérnagas, pero también a lo nuevo, a transición de kimonos a trajes sastre, como cambia la protagonista de La llave


Ese sabor está en las dos novelas escritas en formas de diarios, de confesionarios personales. La llave, una novela con dos punto de vista diferentes, un esposo y una esposa, sobre cómo tiene que ser el sexo y la vida en pareja después de algunos años. La llave es un texto increíble, a leerse como prevención o como receta; pertinente en cualquier momento.


La llave habla de un matrimonio que está varado. Ella no tiene mayor emoción por su esposo y no soporta tener sexo con él; él no está satisfecho con ella porque no puede hacer lo que quiere. Un día el elemento etílico hace su aparición y con un Courvoisier de por medio ella se libera a los placeres de él, quien aprovecha para dar rienda suelta a sus fetichismos prohibidos mientras ella fantasea con otro hombre.


La llave es una novela redonda y completa, que no deja de decir lo que tiene que decir y confronta los intereses sexuales de ella y de él, para dejar una muestra de la polarización de intereses, ideas, imaginaciones, fantasías y conductas de ambos; algo que veremos en Diario de un viejo loco pero desde una sola versión, pues Diario trata de un viejo esteta que se enamora de la mujer de su hijo y que se conforma con besar sus pies y gastar los yenes necesarios para que ella siga dándole licencias sobre su cuerpo, dejando sólo la voz del protagonista y su visión, situándonos en un túnel de un sólo sentido, el del protagonista. 


En ambas novelas hay una constante: la proximidad de la muerte y la libertad que emana de ésta, porque, ¿hay algún otro momento de ser libre social y personalmente si no es cuando no se tiene que perder, cuando se vive tiempo extra, cuando la muerte puede llegar de un momento a otro? Desde Tanizaki, la frontera de la muerte y su inminencia marcan la libertad total: no se puede ser libre si no se está seguro de que esa libertad no tendrá ninguna represalia social, moral, incluso personal. De los tres héroes que presentan las novelas, dos están a punto de morir, mientras que un tercero, la esposa de La llave, es quien sobrevive y quien logra contrastar su vida con la vida de su esposo. 


Ambas novelas son fluidas, interesantes, armónicas y de la extensión necesaria. Nada sobra, no se echa nada de menos y la versatilidad de Tanizaki va llenando las páginas de costumbres, cultura, cambios, emociones humanas, retratos sociales y un análisis nada superficial de la profundidad humana. Un par de obras para el final del verano y el inicio de otoño, para acompañarlas con un scotch o un vodka helado o para leerse mientras termina de llegar el sueño.