I.
El esteta entra al salón: amplios sillones de terciopelo y piel, mesas de vidrio y de mármol, sillas restauradas de maderas que nunca más volverán a existir, una serie inabarcable de caprichos decorativos. Nada cambió desde su última visita. El esteta es un hombre cuya única costumbre es el cambio. Quizás, piensa mientras levanta la mirada para encontrarse con unos rizos castaños, quizás mandaron lavar las cortinas.
La mesa habitual está ocupada por un par de chicas sentadas en las piernas de un sujeto de barba, embriagado entre un rubio lacio y un cabello corto y azabache, ambas le sonríen como súcubos esperando algún sacrificio de otoño.
La mujer de artes ancestrales, esa lectora del deseo, se acerca; poniendo apenas su mano en el hombro del esteta le dice que los quitará de inmediato, porque eso es lo que quiere y ella nunca se equivoca.
Él niega con la cabeza. Ocupará otro espacio. Antes de darse la vuelta, con un ligero movimiento casi imperceptible, le dice al sujeto de la barba que está bien, que el mundo debe ser así, que las cosas importantes no pueden ser de otra forma, que el perfume de la belleza embriaga a los dioses.
Un sillón de piel marrón abre sus brazos en el fondo de la sala. Un lugar profundo y perfumado, un lugar invisible, una saliente, un edén surgido en medio de cavernas aterciopeladas. Es cierto, dice sin mover los labios: han mandando lavar las cortinas; y cierta satisfacción por tener la razón se manifiesta entre su índice y su pulgar derechos escondidos en el bolsillo de su pantalón.
II.
Si un vaso de single malt es un milagro, la aparición de este vaso es obra de algún demiurgo bondadoso, racional, desinteresado. La suerte y los dioses bendicen a los hombres que aman la belleza, y aunque las estrellas marcan destinos solitarios, los dioses bendicen la soledad con eterno silencio y ambrosía verdadera.
El esteta toma un trago pausado: la misma sensación de Cyrano en la luna, los recuerdos del paraíso perdido, el sabor dulzón de la muerte que se acuesta sobre las sábanas limpias, fuerzas incansables, aguas subterráneas y minerales, una vida pasada que emana con la opacidad del brillo de alguna gema colocada en la juventud irremplazable de una cortesana; un trago de magia negra, un trozo de felicidad, piedras lisas de río y maderas dulcemente transportadas en medio de un bosque frío.
La piel del esteta vuelve al presente y sus ojos, dos moléculas incandescentes de materia combustible, abrasan las formas conocidas de otros tiempos para luego encontrar, magnéticamente, dos partículas de miel que se tuestan inocentemente en su camino.
III.
Los seres del mundo se dividen entre los que cazan y los que son cazados, entre la apariencia - incierta y velada -, y lo real como el canto de esta sirena de ojos color miel, serpiente que levita en una melodía siseada con sabor a flores, musgo dorado y fresco y agua de piedra.
Para el esteta, lo desconocido significa el fin: el fin del tiempo, el fin de las sensaciones, el fin de la razón. Nada existe en medio de un par de piernas que no conozca. Ha visto flores nuevas transformarse en flores viejas y marchitarse, ha probado capullos, promesas rotas, promesas conocidas, promesas falsas; lugares opiáceos y purpúreos, paraísos y mariposas sin alas y bellamente coronadas, cascadas ilusorias y ojos de agua.
Ella huele a manzanas. Sus labios se acercan lentamente a la oreja del esteta que logra pasar el trago por su garganta. Primero acerca su nariz, felina, suave, lo olfatea suavemente, sin demasiado compromiso. Él no ha quitado los ojos de enfrente, juega al silencio, al impersonal encuentro del reconocimiento sin palabras. Hasta que el aroma de ella se transforma en un olor agridulce. La sirena está en el punto más alto de su curiosidad y él, con un movimiento felino y voraz, acerca su nariz: manzanas, manzanas recién cortadas.
¿Su nombre? Hace años que el esteta dejó de ser un pueril caballero para transformarse en este sobrio Miércoles. Los nombres designan pero la belleza y el deseo son indesignables, indecibles. Ella sabe que su olor agridulce se incrementa y que el color miel de sus ojos ilumina los confines de un universo imperceptible, mientras un calor húmedo resbala por las vértebras y se divide en los dos huecos que coronan su cadera.
Demasiado fácil. Los dioses de occidente que conquistan a los dioses nuevos y los seducen y los desarman y los terminan, como en una danza perfectamente coordinada, se levantan. Él, tomando la chaqueta que no recuerda haberse quitado. Ella, poniendo la pierna izquierda por enfrente de la derecha. Ambos caminan a su destino. Todo parece demasiado fácil.
IV.
Ella camina detrás de él: rapsodia hipnótica y embriagante, mujer en el desierto que se procura el camino que la llevará a ver el sol de nuevo. Cruzan frente al sujeto de barba, quién devora vampíricamente el cuello de la chica de cabello corto. Los pasos del esteta detienen el tiempo. Ojos: miles de ojos, millones de ojos, arañas humanas desde rincones innombrables de la historia. Ojos convencidos, maliciosos, arrogantes, envidiosos: reyes, sultanes, hombres de tres espíritus, anacoretas, viajeros. Millones de ojos que se quedan detrás de una puerta que resguarda hilos egipcios y frescos con olor a jazmín.
Quitarse los bostonianos y el saco y las capas de ropa inútil. Dejar de lado esa sensación de ciudad, esas partículas de sol, los átomos de polvo, las bacterias; de.jar de lado todo esos fragmentos de historias desconocidas, sueños, ilusiones, preocupaciones. El esteta es un magneto, igual que todos aunque no estemos involucrados.
Ella se sienta a un lado de la cama, como un pajarito. Espera. Sabe que, en adelante, lo único que le queda es esperar. La paciencia se conoce y se sabe, se domina. Ella, como una banca en una estación de trenes: espera. En las yemas de los dedos, controla el tiempo que vuela y se deshace como escarcha en la punta de la nariz de una joven de cabello rojo en medio de un parque nevado.
Él se ha quitado el tedio de encima y, con un movimiento de partitura, se transformó sobre ella quien, haciéndose un poco pequeña, se desliza al otro lado de la cama y con un movimiento muchas veces estudiado, y en una danza suave como esencia de vainilla, deja que las gotas de humedad abrillanten su cuerpo.
De los ojos del esteta emana esa luz incandescente que lo quema todo a su paso. Deseo nuclear irreprimible. El esteta comienza a amar cada centímetro de la sirena, ese calor húmedo, amazónico que impregna su destino de palabras nunca pronunciadas. El esteta es un cometa, de su boca la profecía en idiomas demoniacos marca el destino del deseo.
V.
El esteta en un trance y ella viaja, viaja al sur, a la fuente de la vida, al milagroso ímpetu que yergue orgulloso sobre cualquier horizontalidad falaz. En su viaje devora mordiendo, lame, se alimenta de todos los sabores que su lengua prueba; lengua sencilla, monosilábica, origen de las estrellas. Ella lo engulle todo.
El esteta, a merced de ese Leviatán que está a punto de terminar con su vida, olvida las plegarias de los hombres libres y en un centro, una descarga eléctrica emerge de la lengua de esa amazona que ha reptado por todo su cuerpo. La descarga eléctrica, infinita.
Su memoria explota en mariposas imaginarias que se elevan hacia la penumbra y el olor a manzanas inunda su conciencia. El final del equilibrio en cuerdas vocales vibrantes, en lenguas vivas, en la tibieza dulce de perlas que frotan y rozan.
Demonio serpentino. Ella es el evento más maravilloso del lenguaje, con una destreza multilingüe, pronuncia el nombre del esteta de siete mil maneras y lo reinventa desde antes de la creación y de la nada, desde antes de los universos y los tiempos. Mensaje sin destinatario fijo, mensaje remitido, cifrado.
Relámpago sobre la copa de un árbol y la destrucción eléctrica de cada célula del cuerpo del esteta, si la muerte viene del cielo, la lengua de este mujer es la lengua de dios y sus labios, los núcleos ocultos de sinsabores religiosos. Y una vez más la muerte a través del deseo y la promesa de la vida eterna en una carretera de dos sentidos, sin punto de partida ni de llegada.
Las yemas de los dedos frotan gotas de sudor mientras un cascabel taciturno mengua lentamente, llegará, de nuevo, la negrura del sueño y todo desaparecerá, demasiado fácil.





