04 septiembre 2021

José



Conocí a José en la universidad, enseñaba latín. A mí el latín me importaba - y me importa - una chingada. Cumplía con lo que pedía porque sabía que en las pruebas quedaría como un idiota y nos hacia aprender textos breves en latín, a la fecha no recuerdo uno sólo, pero aprenderse el texto, después lo supe, no era tanto para aprender latín sino para todo lo demás.


Nos hicimos amigos pronto: José tenía esta forma de selección que partía de la capacidad mental. En la universidad no había muchas personas capaces, sólo gente con memoria y ganas de ser inteligentes. Así que conocer a José significó abrir la posibilidad de aprender más que una puta lengua muerta.


José enseñaba poesía, retórica, narrativa; era capaz de sintetizar textos, de abstraer conceptos, de viajar del presente al pasado y unir lo mejor. José me enseñó que la poesía expresada en verso libre está bien para los que empiezan pero no para los poetas: era una especie de Juan García Madero.  


Cuando se terminaron las clases de latín, le dijimos a José que abriera un seminario de Homero y Platón. Mi amigo Alfredo Cervera fue de los pocos que entendieron el seminario, fue de los pocos que quisieron entender ese otro mundo ya pasado pero vigente, occidental y en vías de su propia caducidad, pero, ¿cómo entender que un discurso es caduco si no se conoce primero? José nos enseñó la caducidad del pensamiento occidental a través de la resurrección de una lengua muerta. El aprendizaje sin memoria es una pérdida de tiempo, la vida sin memoria es devenir irracional interminable.


Años después encontré a José en fb. Era un rebelde de los sistemas políticos, del establishment. Crítico del gobierno, lector de la Jornada, la resistence desde su muro, compartiendo artículos, haciendo ruido y siempre diciéndome que escribiera, que era la única forma de aprender a escribir. Y a mí, que en aquel momento era como el amante de Bolsano,  me hacía muy feliz que José me leyera y se divirtiera con lo que escribía y me hiciera anotaciones porque… José había leído quizás a los mejores de la antigüedad y en ese palacio mental increíblemente prodigioso, había un espacio para mis chingaderas.  


José me acompañó el día que me casé y el día que ya no estuve casado; estuvo el día en que empecé mi oficina y el día que comencé a trabajar como burócrata y en esos correos electrónicos que usaba como mensajes de texto para quedar la hora en la que desayunaríamos en Los Canarios y hablaríamos de lo real: de la familia, de la vida cotidiana, de las lecturas, del cine y la música y lo que surgiera. 


¿La última clase con José? Mi amigo Tafa buscaba un maestro para un grupo de amigos, un experto en clásicos griegos y entre la academia y las clases a Zaid, José se tomaba un par de noches al mes y con una copa de vino y una pizzas hablaba de héroes, filósofos, occidente y su vejez, Bloom, escultura, tragedias, comedias, adaptaciones, historia y todo lo que la musa le pusiera en la cabeza: más de veinte siglos de conocimiento entre peperonis y vino mediano.  


Por José conocí a Irene Papas, supe que la poesía no se lee en voz baja y que es mejor saber escribir con técnica que con las tripas, pero que las tripas son una firma única y sólo con firmas únicas nos reconocemos como nosotros: irrepetibles, únicos, efímeros. 


Y ahora no lo encontraré nunca más paseando sobre Insurgentes con su mujer y sus hijos. No volveré a escuchar su tono de voz más parecido a esa otra especie en peligro de extinción que son los taxistas que a un doctor pedante de pocas letras. No lo encontraré en sus escritos porque no pienso leer sus investigaciones sobre Jámblico. Lo hallaré en la poesía de Rubén Bonifaz Nuño, en la traducción de Tapia de la Ilíada, en la boca de cualquier hombre o mujer que conoce más de este amor que se siente en un abrazo que en fantasías celestiales. 


José se fue a otra parte, espero que haya llegado a donde quería, a donde creía.

03 septiembre 2021

Radicales libres



Radicales libres no es una novela es un manifiesto. Una memoria que rompe el silencia través de un pasado que es ficción porque no está más y que procura justicia a una generación de mujeres que lograron comenzar a hacer un cambio desde cada una  de sus esferas de interés. 


Radicales libres es la fotografía de la generación de mi madre y la extensión a la forma de vida de mi hermana y de ese México costumbrista que no cambia a pesar del tiempo. la diferencia, sin embargo, es radical. La narradora de la novela es testigo y parte de la historia, da cuenta de lo que ve y de lo que vive al tiempo que lo ve y lo vive: una forma de memoria, de pasado, de ficción y una especie de compromiso con la historia, con el presente y con el futuro.


Pero también es una disculpa, una larga disculpa. Y es que esa generación siempre terminan sus frases con una disculpa, innecesaria la mayoría de la veces y poco consciente; una disculpa que muestra su temor frente al mundo: un temor a equivocarse y a ser juzgado. Esto también lleva a una forma de silencio. 


El silencio. Esa generación es una generación silente porque: quien no habla tiene posibilidad de equivocarse. Sin embargo, entienden muy bien sus circunstancias: no marchan, ni gritan, ni buscan los grandes espacios ocupados sino que crean unos nuevos y accionan desde sus esferas, por más sencillas que están parezcan. 


Esa generación comenzó a cambiar la educación de sus hijos y de sus hijas, comenzó a cambiar la idea de cómo tenía que tratarse a la mujer y comenzó a abrirse un lugar dentro de lo social y lo laboral. En esa generación de mujeres están las palabras de Rosario Castellanos, de Clarice Lispector, de Elena Garro. Voces que comenzaron a emerger y a ocupar un espacio por sí mismas, porque no les importaba si eran mujeres, sino si valían la pena, si eran chingonas.   


Ver a través de los ojos de la mujer que narra y quizás entender su entorno y sus tiempos no justifica sus equivocaciones ni le da un mayor peso a sus aciertos. Radicales libres es una ventana: no importa qué hay fuera, hay que asomarse.

27 agosto 2021

Voraz




El tiempo es intrascendente. 


Sabe que se tiene que hacer pronto: hipnotizar y saltar al cuello en cualquier momento. Cazar, comer; se atraganta de la devoción, de la admiración, de los sueños que le dedican, de las libaciones que le provean. 


Fatal


Mortífera


Capaz de conquistar, en un instante, cualquier territorio sin importar el costo. 


¡Y verla cazar! 


Una delicia término azul. 

La inteligencia, la estrategia, la velocidad; 

la capacidad de transformarse, de esconderse; 

la sorpresa. 


Voraz desde sus ojos delineados y sus pantorrillas capaces de elevarla por encima de mi cabeza.


Y la voz… Ese tono dulzón de su voz suplicante, deseo, inmortalidad y promesas de dioses. 


Vino de verano 

Amazona 


¡Ahí viene! (No alcanzo a verle la cara pero supongo que es genérica)

El rabo entre las patas y los lentes empañados, la cara llena de una vergüenza que nacen el corazón, viaja por generaciones y muestra sus pobres, sus míseras, intenciones llenas de sueños mediocres e imaginaciones pornográficas. 


Y ella pasa de mí y sus ojos brillan, voltea a verme en una carcajada le arranca un trozo de cuello. 

24 agosto 2021

Durmiente



Ella se despierta para ver el sol. El sol entrando por la ventana de su cuarto. Una pieza de 25 metros cuadrados para la cama, los burós y una banquita en la que se sienta a quitarse los zapatos cuando llega de la calle; las paredes claras y un espejo que no engaña a nadie. 


Despierta con la cabeza enredada y los cabellos revueltos. Huele cama y perfume, a suavizante de lavanda y a ese sabor cítrico medio podrido de los limones agrios que se quedan mucho tiempo y de ser verdes, terminan por volverse amarillos. El olor verdadero, el olor del sueño, el olor que la persigue todos los días desde que se acuerda y que algún día se volverá ese otro olor, a fermento, a levadura recién crecida.


Ella busca el sol con los ojos cerrados. No quiere levantarse, levantarse significa volver a firmar un nuevo compromiso con la gravedad, la venta sin ganancias de un pedazo de alma, la entrega de su cuerpo al centro de la tierra (quizás esto nunca lo sepa). No quiere levantarse, ni devorar con el color de sus ojos el color de las paredes de su rutina. 


¿Qué día es hoy? Martes, miércoles. Los hombros recién cansados le dicen que la semana comienza, que aún falta más, más fatigas, más mañanas. Y ella desea ser la imaginación de alguien que decidiera que siga dormida, como la bella durmiente pero sin príncipe; le gustaría ser un fragmento de ficción, quedarse dormida, dejar de existir en medio de quinientos hilos de algodón.


Ella quiere dormir hasta que el mundo se arregle, hasta que el tiempo no sea medible y no tenga que salir a la calle. Quiere detenerse, hacerse rocío de mañana o niebla esparcida por un poco de viento. Quisiera que el sol le diera en la cara y la calentara y la dejara en paz; en paz como el silencio, en paz como quien se queda dormida. 

23 agosto 2021

Strudel v.122.21

 


Desahuciado detrás de una caja de cerveza: pelusas, telarañas, trozos de platos, tazas, polvo fino. 


Anudado a la gravedad 


Fuerza que traduce palabras zumbantes, sueños febriles, sueños de flores y primavera; las primeras caricias del polen esparcido sobre todo, semillas en la atmósfera y el sonido eléctrico de los rayos del sol al estrellarse con el gris de los colores. 


El mundo es un espacio inhóspito, lleno de terror, sin vacíos ni silencios; ruido vertiginoso de las turbinas del pasado que entintan el futuro. Materia concebida en agonía constante, tueste permanente, paso sublime de partículas cuantificadas. 


No habrá memoria para el espacio detrás de la caja de cerveza, 

ni para el espacio debajo del refrigerador; 

tonalidades azuladas llegarán para ser soledad, para abandonar lo abandonado.


¡Un momento!


Ya nadie escucha los suspiros

19 agosto 2021

Gloria


Entonces Tony tiene esta novia que parece hacerlo feliz, está en las mieles, en ese inicio en el que todo es perfectamente pasable; aquello que parece establecer una paz afable pero poco duradera. Fibi diría que es producto de que le “desflemaron el cuaresmeño".  Por supuesto que la figura poética es más que acertada.


Un poco es el sexo, un poco. También hay un poco de esa magia que tiene que ver con el encuentro de algo completamente nuevo y desconocido, como estudiar, leer, encontrar un acorde. La novedad, el descubrimiento es mágico; el descubrir una mujer es indescriptible. No sé si funcione igual con las mujeres cuando encuentran un nuevo hombre. Supongo que será parecido, aunque hablo desde la oscuridad y la despreocupación. 


Y ahí está el gordito. Muy feliz y todo. Con una guillotina que pende de su cabeza porque no hay evento más efímero que la felicidad del encuentro y no hay hoja más afilada que la desestabilización que provoca querer más. 


Querer más


No hay forma, no existe manera alguna de no querer más; de buscar la repetición infinita, la inmortalidad imposible. Gloria Trillo es una sirena y a este Ulises poco le importa Ítaca. Al final, ya conocemos todos los caminos del mundo.

18 agosto 2021

Strudel v.121.21



Volver así como así; como el hijo prodigo; como quien piensa que puede hacerse el gracioso, abrir la puerta y decir: ya llegué. Wakefield. 

¿Qué tiene de malo ser Wakefield? Volver y pensar que nadie más ha cambiado más que uno que sigue siendo el mismo porque no pudo crecer, ni vivir, ni nada. 


Y si pasan diez o veinte o cincuenta años; y si cambian las costumbres y las personas y las personas hacen su vida como hacen las personas que viven y uno llega con la misma cara de Mr. Peanutbutter y dice: hola, aquí estoy, ya llegué, qué onda, cómo estás-


Esto no ha funcionado. Tengo cuatrocientas páginas echadas a perder, una especie de diario de un perdedor, una especie de ficción real que sólo me trae los recuerdos de las buenas palabras de mis amigos que acaso leían lo que escribía y que ahora, ¿volverán a leerme?, ¿volverán a leerse en lo escriba?, ¿volverán a ser mis amigos? 


El mundo cambia pero las fotografías siguen evocando los mismo olores que evocaban y el lengua, quizás, también se va transformando en alguna otra cosa.


Y yo, me vacié. Estos años. No sé. Me vacié. Estuve rumiando los mismos recuerdos una y otra vez, como quien se castiga de a poco, como quien se corta con hojas de papel las yemas de los dedos pero, ya casi nadie usa papel en estos días. Incluso en eso estoy fuera de este tiempo, de este infinito de lugares y de personas que dicen más que yo. 


¿Cartas? ¿Poemas?


No. Escribí algunas investigaciones. Escribí compromisos y ventas. Escribí crónicas que se fueron al bote de la basura digital de mi computadora y unos cuentos en un taller que Carmen inició y terminó sin mayor aviso que el silencio. 


Nada, ni cartas, ni nada. 


Cada intento se convertía en un pozo de necesidades infinitas. Cada letra se convirtió en un ingrediente en la cocina, en algún paso en la calle, en alguna barrida, en algún trago de tequila a media tarde, a medio día. Nunca seré sincero. ¿Para qué? 


No. Escribir, lo que se dice escribir, no. No gracias, no ahora, antes, antes quizás.