24 septiembre 2021

Ensayo de un crimen - Rodolfo Usigli



[…]

Se detuvo para tomar aliento.

- Me contó que cuando usted era muy joven, en provincia, le había dicho a su hermana que quería ser un gran santo o un gran criminal. ¿Es cierto?

- Era cierto - dijo él con cierta melancolía. 

- Hubiera sido apasionante - dijo ella. 

[…]



Ensayo de un crimen es una novela negra de 1944 escrita por Rodolfo Usigli, un sujeto que tuvo varias facetas en su vida, fue político, escritor, poeta, precursor de la cultura a través del teatro, autodidacta, embajador de México en Líbano y  Noruega,  incluso director de prensa de la presidencia de la república en 1936, se casó dos veces, se peleo con Luis Buñuel y escribió una novela increíble, la primera en su tipo pero aún vigente.



Ensayo cuenta la historia de Roberto de la Cruz un tipo que se dedica a vivir la vida de manera desinteresada en todos los planos menos en el de la belleza: es un esteta De la Cruz posee una pequeña fortuna heredada de su familia y que está por terminarse. De la Cruz, además, es un tipo con suerte y encuentra en un juego de poker que organiza un viejo conocido suyo la solución a su situación financiera. 


La suerte de Roberto de la Cruz en el juego será una constante durante toda la historia, con esto Usigli resuelve el tema económico para su protagonista y le permite dedicarse a una sola cosa: debatirse entre cometer o no cometer un asesinato gratuito. 


Roberto de la Cruz es un asesino, al menos lo es en su propio imaginario y en sus intenciones; sin embargo no es un asesino común, cercano a las ideas de De Quincy, a Hannibal Lecter, Roberto de la Cruz tiene, en su propio sentido estético la mesura de sus intenciones de asesino y en la misma belleza, encontrará también la salida temporal de sus crímenes. 


Esta idea de belleza está representada en la Señora Cervantes y en su hija (llamada la Nena pero de nombre Carlota como la propia madre de Usigli), quienes comienzan a cobrar importancia en escena a partir de la segunda mitad del libro y en Lavinia  (interpretada por Miroslava Stern en la película Ensayo de un crimen, la vida criminal de Archibaldo de la Cruz, dirigida por Luis Buñuel e inspirada en esta novela), quien aparecerá aún después y evocará la belleza de las mujeres Cervantes. La belleza forma parte imprescindible de la visión de Roberto de la Cruz, transfigurada en las mujeres pero con una fuerte carga en el arte, especialmente en los objetos antiguos. 



Dos fenómenos entonces forman parte de la visión del protagonista: fortuna y belleza. Elementos fundamentales en la narrativa y en la comprensión de la historia. En contraposición, la fealdad de los personajes de Patricia Terrazas y el conde Schwartzemberg; personajes que no sólo son feos por fuera y por dentro, que representan los defectos viles de los seres humanos y el detonante para que el cálculo estético de De la Cruz confirme, casi como un acto bueno, deshacerse de ellos. 


Pero los personajes del Ensayo están tan bien pensados que el ex inspector Herrera, Roldán o el gordo Asuara, en la medida de cada uno, son piezas claves en la historia, aunque su aparición no sea demasiada pero sí pertinente. Las acciones de estos, más Luisito o el mismo señor Cervantes, afectan la historia a la manera del Efecto Mariposa. Las causas, entonces, quedan plasmadas en las páginas, pero no bastan para alcanzar a conocer los efectos en los personajes: todo está perfectamente entrelazado y diseñado como la tela de una araña que se actualiza con la voz de un narrador en tercera persona.    


Ensayo también es una novela que refleja un México distante pero familiar, evocación de cierta nostalgia de lo no vivido (a la manera de las escenas de Bolaño en Los detectives salvajes) y deja un sabor fresco en la boca; un México que se comparte en historias de cantina, un Mexico lejanamente cercano, a la vuelta de la esquina. 


La homosexualidad, la infidelidad, el juego, aparecen en una discusión con categorías actuales, resistiéndose a la moralidad que suponemos de la época y abre al mundo a un México como nación que evoca a viejos países europeos: una nación independiente, democrática, de avanzada, una sociedad que discute en un plano diferente a los juicios inquisidores y llenos de prejuicios de una clase media como aquella de los años setenta en Radicales Libres de Rosa Beltrán.


Los cafés, los bares, la comida, los highballs generan sensaciones al recordar ese andar por las calles de la colonia Roma, de Reforma, del centro de la ciudad; una ciudad que se repite hoy en su idea urbana: caminar en vez de usar auto, pasear por los parques, usar taxis, descubrir bares y cantinas y antros donde la diferencia aparece de noche, para dar paso a ese otro México que duerme de día. 


Ensayo de un crimen es una novela obligada en el género policíaco, en franca competencia con obras como las de Mankell, Lemaitre; para aquellos lectores que equilibran su lectura de las novelas ingenuas y sentimentales (como dice Orhan Pamuk en El novelista ingenuo y el sentimental); para aquellos que buscan encontrar en la forma de narrar historias una respuesta (como Angourie Rice en The Community Library); pero sobre todo, Ensayo de un crimen es una novela que habla sobre la belleza como forma de vida, de muerte; un trascendental, como dice mi amigo Tafa, capaz de redimir: solo la belleza nos salva.

22 septiembre 2021

Cuatro películas para un fin de semana largo: Kate, Tenemos que hablar de Kevin, Monster, Appaloosa

 


Kate

Mary Elizabeth Winstead, una mujer que fue el crush de varios cuando hizo de Ramona Flowers en Scott Pilgrim, de otros tantos al salir de porrista en Death Proof y que terminó por cerrar esa pinza con 10 Cloverfield Lane y Birds of Prey.  Kate es un película sencilla con un guión bastante digeribles y buenos efectos visuales; un poco con el sabor de Mr. Nobody. 


La trama en Tokio y la aparición de Woody Harrelson le dan un toque especial; una película que no exige demasiado, con un soundtrack y fotografía buenos y secuencias interesantes. 






Tenemos que hablar de Kevin

La historia es genial pareciera predecible, pero el final tiene un detalle inesperado. La fotografía y las secuencias son muy agradables a la vista, la edición está especialmente cuidada y la actuación de Toda Swinton es sumamente buena, lo mismo que la actuación de Kevin pequeño y adolescente. Las transiciones, concuerdo con Carola, son exactas y no violentan en nada la narrativa de la historia, parecen teatrales.


No tenía demasiadas esperanzas al ver el trailer: cuenta poco y qué bueno. En una entrevista, Rosa Beltrán hablaba sobre Lionel Shriver, este libro y esta película. La narrativa de la historia desde la perspectiva de la madre y los temas en conflicto la hacen redonda, genial. 






Monster 

La actuación  Charlize Theron es genial. La historia no es aburrida y sin ser especialmente increíble no demerita la película. La realización pareciera de un presupuesto modesto, la música no ocupa un lugar destacado y Christina Ricci -la última vez que la vi fue en Lizzie Borden -una miniserie con más gloria que pena- lo hace bien, especialmente al inicio de la película. Monster es una película obligada.





Appaloosa

Después de perder a su Sheriff, el pueblo de Appalosa decide contratar a Virgil Cole para que ponga orden, la solución es sencilla: a partir de la firma de un contrato, la ley pasa a manos de Virgil Cole, se respeta la ley y la ley es lo que determine Virgil Cole. Ed Harris y Viggo Mortensen en un buen Western aderezado por Renée Zellweger y antagonizado por Jeremy Irons. Un guión sencillo y tradicional, una narrativa bastante agradable y buenas actuaciones.  


No pude dejar de imaginar al Ed Harris de Westworld y el peinado de Viggo Mortensen me recordó a mi amigo Jacobito. Un Western del que se rescata la idea de la ley procurada y salvaguardada por un sobre ético y de principios que no deja de ser una especie de mercenario, un pistolero, pero que hace las cosas respetando la ley.

20 septiembre 2021

Cuba Linda




Maite Hontelé no es la rubia que intentó enseñarme a bailar salsa cubana y no es la rubia que encontramos alguna vez en el metro y que buscaba llegar a un centro de convenciones a hablar sobre medicina; tampoco es la holandesa que me regalo un cubo, literal, de agua en un vuelo París - Amsterdam; ni aquella de vacaciones en Cancún que olía a manzana y bailaba levantando los brazos y gritaba.  


Maite Hontelé es la rubia de oro -¡cómo si no lo fueran!- que me trajo de nuevo a pensar en esa Cuba que conocí hace unos 10 años. Y esa trompeta que hila, como Ariadna, el retorno a la entrada de recuerdos que se me habían quedado atorados entre el hipotálamo, el olvido y mi poca coordinación para el cha cha cha. 


Y es que no puedo dejar de escuchar Cuba Linda. Me gusta la salsa: cuando bebo de más, cuando bailo con Carola, cuando cocinamos. Pero Cuba Linda es un disco  que no he podido dejar de escuchar desde hace semanas, en parte porque es concreto y directo, sincero; en parte porque tiene ese sabor de una tardecita por el malecón, un viaje en cocotaxi, tiene el son de una ida a El Palacio de la Rumba que empieza con una cena en la Habana Vieja y un Montecristo 4, precedido de una Cuba Libre con Havana 3 que abre paso a un Cubata con Havana 7, unos ojos de gata y descubre las promesas del Caribe, promesas  eternas que duran lo que un “Dile que no”.


Cuba Linda y una holandesa medio colombiana tocando la trompeta para un son cubano único, para una salsa que avanza y retrocede, que sabe a sal, a noche, a todo el tiempo en un solo guiño y a la banda que no se calla, aunque sean las 3 de la mañana.



Y en el disco


Algo clásico: Casi Muero

Algo obligado: El Cañangazo

Algo biográfico: Soy de lo peor 

15 septiembre 2021

La llave / Diario de un viejo loco: dos novelas en forma de diario de Junichiro Tanizaki


Descubrí a Junichiro Tanizaki gracias a mi amigo Johnny Deep quien me regaló El cortador de cañas, una novela corta que habla de ese Japón legendario que parece extinto. Después de El cortador empecé a prestar atención a Tanizaki que se convirtió, junto a Mishima, Kawabata y Murakami, en uno de mis escritores japoneses favoritos.  


Tanizaki tiene este sabor a un Japón de otro siglo, de otra era; quizás sea una de las mejores formas de entender las eras de Japón y sus cambios, que van del país encerrado al mundo al industrializado y que se resiste a dejar entrar a occidente. El Japón de Tanizaki tiene ese sabor de tierra mojada y luciérnagas, pero también a lo nuevo, a transición de kimonos a trajes sastre, como cambia la protagonista de La llave


Ese sabor está en las dos novelas escritas en formas de diarios, de confesionarios personales. La llave, una novela con dos punto de vista diferentes, un esposo y una esposa, sobre cómo tiene que ser el sexo y la vida en pareja después de algunos años. La llave es un texto increíble, a leerse como prevención o como receta; pertinente en cualquier momento.


La llave habla de un matrimonio que está varado. Ella no tiene mayor emoción por su esposo y no soporta tener sexo con él; él no está satisfecho con ella porque no puede hacer lo que quiere. Un día el elemento etílico hace su aparición y con un Courvoisier de por medio ella se libera a los placeres de él, quien aprovecha para dar rienda suelta a sus fetichismos prohibidos mientras ella fantasea con otro hombre.


La llave es una novela redonda y completa, que no deja de decir lo que tiene que decir y confronta los intereses sexuales de ella y de él, para dejar una muestra de la polarización de intereses, ideas, imaginaciones, fantasías y conductas de ambos; algo que veremos en Diario de un viejo loco pero desde una sola versión, pues Diario trata de un viejo esteta que se enamora de la mujer de su hijo y que se conforma con besar sus pies y gastar los yenes necesarios para que ella siga dándole licencias sobre su cuerpo, dejando sólo la voz del protagonista y su visión, situándonos en un túnel de un sólo sentido, el del protagonista. 


En ambas novelas hay una constante: la proximidad de la muerte y la libertad que emana de ésta, porque, ¿hay algún otro momento de ser libre social y personalmente si no es cuando no se tiene que perder, cuando se vive tiempo extra, cuando la muerte puede llegar de un momento a otro? Desde Tanizaki, la frontera de la muerte y su inminencia marcan la libertad total: no se puede ser libre si no se está seguro de que esa libertad no tendrá ninguna represalia social, moral, incluso personal. De los tres héroes que presentan las novelas, dos están a punto de morir, mientras que un tercero, la esposa de La llave, es quien sobrevive y quien logra contrastar su vida con la vida de su esposo. 


Ambas novelas son fluidas, interesantes, armónicas y de la extensión necesaria. Nada sobra, no se echa nada de menos y la versatilidad de Tanizaki va llenando las páginas de costumbres, cultura, cambios, emociones humanas, retratos sociales y un análisis nada superficial de la profundidad humana. Un par de obras para el final del verano y el inicio de otoño, para acompañarlas con un scotch o un vodka helado o para leerse mientras termina de llegar el sueño.  

08 septiembre 2021

La vez que Jacobito y yo comimos dos veces un mismo día

 



 

La primera vez fueron alitas y unas papas gajo acompañadas de medio litro de cerveza: el puto mesero, una especie de gothic mariachi huérfano del chopo, se negó a servirnos sólo cervezas: 

“Cerveza nada más con alimentos, amigo” 

¿Dónde putas vivimos? 

¿En México? 

¿O en un puto país inmaduro y lleno de complejos? 

¿O en una puta aldea comandada por asociaciones religiosas contra el aborto?


Teníamos poco tiempo antes de la segunda comida, la que realmente nos había convocado ese día. Así que pedimos comida para beber cerveza y con una amable sonrisa le dijimos al mesero que gracias y que fuera a chingar a su madre y que sabíamos que no era su culpa, sino del gobierno en turno, de la pandemia, pero no era suya, no, la culpa no era suya: al final él tampoco creía que comer evitaba que te pusieras borracho.  


Los temas que abordamos en la primera comida: política, familia, hartazgo. Hablamos del futuro, de su futuro que es prometedor y más interesante que el mío y de música y de Fibi que quiere abrir una empresa y de la Marmota que quiere abrir un despacho y ser un roedor de primer mundo; hablamos de la empresas y de los notarios, de lo que se acaba porque sí, porque tiene que acabarse, porque las cosas no son eternas. Hablamos de la política dominguera de nuestro país y de las novias, bueno, cada quien de la suya. Hablamos de cómo un conocido estaba perdido por Mariana Rodríguez y cómo yo estoy aterrado por sus dientes. Y hablamos de lo que viene, que es nada, que no está escrito y que importa hasta que la niebla se eleve y deje ver más allá de nuestras manos. 


Nos estacionamos en el tema que Tony Soprano nunca termina de resolver y, si Tony Soprano no lo resuelve, pues menos nosotros, porque al final uno no elige quien es su madre y las madres - ¡las madres que son santas! - cumplen con esa difícil labor que es chingar.  Chingar en grande, en Granada; chingar a grito abierto y en silencio, con ternura, con paciencia, con el pensamiento; por teléfono, por telégrafo, por satélite; chingar y chingar y volver a chingar, ¡lo más posible! Luego, ocultarlo de cariño y preocupación y coronarlo con esa fórmula que termina por convertirse en lágrimas de cocodrilo: “¡¿Cómo no me voy a preocupar si soy tu madre?!” Y sí, tiene razón, puede preocuparse o hacer lo que le venga en gana, pero terminan chingando al objeto de su preocupación. 


Pero ni con preocupación materna nos pudimos quedar a terminar con las alitas y las papas, apuramos la cerveza y nos fuimos a una cantina que prometía un pescado a la sal increíble. El pescado nunca llegó, ni con sal ni sin sal: la cantina estaba cerrada por remodelación. 


La amenazante nube gris sobre nuestras cabezas se hartó y cayó con furia. Elegimos otro lugar rápidamente para que el Lic. Arroyo pudiera llegar con tiempo y mientras atravesábamos la colonia Condesa en dirección a Puebla, cayó una tormenta que me hizo agradecer haber dejado la moto en la casa e ir en auto. 


Salón Covadonga es un lugar que ha estado desde no sé cuanto. Es un lugar de concurrencia conocida, cuando llegó el Lic. Arroyo saludó a la señora que vende boletos de lotería y al mesero con una familiaridad que sólo otorgan los lugares que son visitados muchas veces, muchas. 


Hendricks con agua mineral en un old fashioned con dos hielos y un pulpo a la gallega que Jacobito tuvo a bien pedir. A mí no me gusta el pulpo: las ventosas en los tentáculos, la sensación en los dientes, el olor a mar. No. El pulpo no es lo mío pero igual y lo comí y, además, pues quien calla otorga y yo no dije nada, nada hasta que llegó el segundo Hendricks y, ahora sí: “traiganos una chistorra con queso, Capi, y unas croquetas de serrano, por favor”.


Hablar con el Lic. Arroyo es genial, no importa que entrada esté al centro, ni se empieza con ginebra o tequila o vodka. Carola me ha dicho que tiene un humor como el mío. Y quizás sea verdad pero él es sumamente educado y a mí me importa un carajo el establishment. Hablar con el Lic. Arroyo es abrir una puerta a la historia de México, a un mundo que no vivimos ni Jacob ni yo directamente pero que lo conocemos a través de los ojos de quien sí estuvo haciendo la historia y nos hace sentido. Nos hacen sentido las formas y la educación, los temas, la forma de conducirse, la manera de hacer política, el vocabulario, las frases, los lugares comunes de aquella época, de un México que vive en otra parte y que vivimos cada vez que podemos, aunque no sea el nuestro. 


Los temas que platicamos con el Lic. Arroyo: política nacional, federal, local, municipal; política actual y política vieja; historía política; filosofía política; comunicación política y discurso político. Hablamos de la vez en que decidimos que estudiaríamos, una cosa muy distinta a platicar sobre lo que hacemos, especialmente para mí y de lo importante que es no ser abogado. Y hablamos de Miguel González Avelar quien no deja de estar invitado cada vez que nos acordamos de los políticos de cierta talla, de cierto temple; hablamos de  sus trajes hechos a la medida y su sombrero estilo Gardel, de sus Montecristo No. 4 que fumó hasta que pudo fumarlos y de su pasión por los palíndromas y Clipperton y de la fortuna de haberlo conocido.  


Y apenas terminamos de comer el Lic. Arroyo nos dijo: “Bueno, ya me invitaron la comida, ya aquí se acaba, qué bueno, muchas gracias; yo les voy a invitar los aperitivos: ¿qué quieren?” 

Jacobito pidió un Glenfiddich 12, el Lic. Arroyo un Chartreuse verde y a mí se me antojaba un Strega pero terminé bebiendo Glenfiddich 12, porque llovía, porque estaba con mis amigos, porque empezábamos a hablar de literatura y  de historia y de historias y de inundaciones y cada puerta que abríamos nos llevaba  a una anécdota o una cita o una referencia o todas las anteriores o ninguna y ahí se quedaba. 


Luego tembló y el temblor nos sacó a la calle para encontrarnos con los enamorados de un motel que venían poniéndose la ropa, señoras en pijama persignándose para que les fueran perdonados sus últimos pecados, bebedores y jugadores de dominó, oficinistas con trajes color café, meseros preocupados por las cuentas sin pagar, policías que no sabían si decir alguna cosa o esperar a que la calle de Puebla, en la colonia Roma, se dejara de mover. 


Y ahí estábamos todos a media calle viendo cómo se movían los cables y los coches y los edificios y el cielo se llenaba de luces y en el piso el movimiento incontrolable como quien ha bebido más de lo suficiente. Y la noche mojada igual que la calle, igual que el temor de que los edificios comenzaran a caerse y nos aplastaran y nos muriéramos. El miedo de morir que siempre está latente cuando las situaciones escapan del propio control.   


Pero no nos morimos y no se cayó nada y dejó de temblar y Jacobito hizo un chiste de los amorosos del motel y en ese momento se nos fue el miedo y se fue el temblor, como si la risa frente a la desgracia, otra vez, fuera un amuleto que alejara aquellas ondas que sacudían la ciudad. 


No nos morimos. Regresamos a terminar los tragos, luego los de la casa y decidimos que lo mejor era volver, porque a Jacobito y al Lic . Arroyo les esperaba un camino más largo que el mío y porque cada quien quería llegar a su casa, aunque no lo dijimos, aunque no necesitábamos decirlo.

Sobre los huesos de los muertos - Olga Tokarczuk

 


Siempre me han gustado las novelas negras, especialmente las que vienen de zonas frías como Suecia o Finlandia. Henning Mankell, Pierre Lemaitre, Erik Axl Sund, Roberto Bolaño Charles Bukowski. He leído novelas negras de varias partes, de muchas formas. 


En la cultura de los antihéroes, los detectives se han convertido en figuras importantes para entender lo que pasa con una sociedad en decadencia, donde las autoridades se han coludido con el crimen y todo está lleno de corrupción y podredumbre. Es el móvil de de Bruce Wayne: el tema de la justicia, los límites sociales y los fenómenos criminales abren el telón de una figura importante. 


Se sufre con el detective, de está de su lado a pesar de que rompa, de vez en vez, la ley. Somos permisivos de sus procesos y de sus modos, de sus formas de sacar la información a un sospecho que sabemos culpable. El detective es la única forma de hacer verdadera justicia.


Sobre los huesos de los muertos es una novela que, a pesar de no tener por protagonista un detective, trata sobre la justicia. Una justicia diferente y no escrita, fuera de las normas pero que encuentra sus sentido no sólo a la luz de los hechos que se castigan, sino como resultado de una larga tradición que engloba un tipo de justicia que sólo conocen los que tienen poder dentro del entramado social.  


Después de una larga, pictórica y descriptiva introducción, el libro se torna interesante, una cascada; no lleva, por más que mi madre insista en lo contrario, a un desenlace sorpresivo, sino que es adivinable pero eso no resta para que el libro, de una extensión más que adecuada, sorprenda por su construcción lógica y argumentativa, dejando un buen sabor de boca al final.

04 septiembre 2021

José



Conocí a José en la universidad, enseñaba latín. A mí el latín me importaba - y me importa - una chingada. Cumplía con lo que pedía porque sabía que en las pruebas quedaría como un idiota y nos hacia aprender textos breves en latín, a la fecha no recuerdo uno sólo, pero aprenderse el texto, después lo supe, no era tanto para aprender latín sino para todo lo demás.


Nos hicimos amigos pronto: José tenía esta forma de selección que partía de la capacidad mental. En la universidad no había muchas personas capaces, sólo gente con memoria y ganas de ser inteligentes. Así que conocer a José significó abrir la posibilidad de aprender más que una puta lengua muerta.


José enseñaba poesía, retórica, narrativa; era capaz de sintetizar textos, de abstraer conceptos, de viajar del presente al pasado y unir lo mejor. José me enseñó que la poesía expresada en verso libre está bien para los que empiezan pero no para los poetas: era una especie de Juan García Madero.  


Cuando se terminaron las clases de latín, le dijimos a José que abriera un seminario de Homero y Platón. Mi amigo Alfredo Cervera fue de los pocos que entendieron el seminario, fue de los pocos que quisieron entender ese otro mundo ya pasado pero vigente, occidental y en vías de su propia caducidad, pero, ¿cómo entender que un discurso es caduco si no se conoce primero? José nos enseñó la caducidad del pensamiento occidental a través de la resurrección de una lengua muerta. El aprendizaje sin memoria es una pérdida de tiempo, la vida sin memoria es devenir irracional interminable.


Años después encontré a José en fb. Era un rebelde de los sistemas políticos, del establishment. Crítico del gobierno, lector de la Jornada, la resistence desde su muro, compartiendo artículos, haciendo ruido y siempre diciéndome que escribiera, que era la única forma de aprender a escribir. Y a mí, que en aquel momento era como el amante de Bolsano,  me hacía muy feliz que José me leyera y se divirtiera con lo que escribía y me hiciera anotaciones porque… José había leído quizás a los mejores de la antigüedad y en ese palacio mental increíblemente prodigioso, había un espacio para mis chingaderas.  


José me acompañó el día que me casé y el día que ya no estuve casado; estuvo el día en que empecé mi oficina y el día que comencé a trabajar como burócrata y en esos correos electrónicos que usaba como mensajes de texto para quedar la hora en la que desayunaríamos en Los Canarios y hablaríamos de lo real: de la familia, de la vida cotidiana, de las lecturas, del cine y la música y lo que surgiera. 


¿La última clase con José? Mi amigo Tafa buscaba un maestro para un grupo de amigos, un experto en clásicos griegos y entre la academia y las clases a Zaid, José se tomaba un par de noches al mes y con una copa de vino y una pizzas hablaba de héroes, filósofos, occidente y su vejez, Bloom, escultura, tragedias, comedias, adaptaciones, historia y todo lo que la musa le pusiera en la cabeza: más de veinte siglos de conocimiento entre peperonis y vino mediano.  


Por José conocí a Irene Papas, supe que la poesía no se lee en voz baja y que es mejor saber escribir con técnica que con las tripas, pero que las tripas son una firma única y sólo con firmas únicas nos reconocemos como nosotros: irrepetibles, únicos, efímeros. 


Y ahora no lo encontraré nunca más paseando sobre Insurgentes con su mujer y sus hijos. No volveré a escuchar su tono de voz más parecido a esa otra especie en peligro de extinción que son los taxistas que a un doctor pedante de pocas letras. No lo encontraré en sus escritos porque no pienso leer sus investigaciones sobre Jámblico. Lo hallaré en la poesía de Rubén Bonifaz Nuño, en la traducción de Tapia de la Ilíada, en la boca de cualquier hombre o mujer que conoce más de este amor que se siente en un abrazo que en fantasías celestiales. 


José se fue a otra parte, espero que haya llegado a donde quería, a donde creía.