A medidos de los 90, un comercial sobre Ricardo III:
Imágenes granuladas de una película o una película documental
Voz en off
Por lo que vale la pena matar, vale la pena morir.
Fue una de las primeras frases que apunté en una libreta de citas. No sabía realmente qué significaba.
Fui un niño otoñal, ridículo, poco práctico, poco cerebral, poco racional. Me aprendí la frase por repetirla, por reescribirla; me acompañó muchos años en las ideas sobre el amor, sobre la libertad. Y no supe, hasta muchos años después, que la frase no hablaba de amor ni de libertad, sino de honor y compromiso. Mal día descubrir que quizás no fuera de Ricardo III sino producto de alguna mala traducción pseudo poética.
Luego de ver Landscapers pensé la frase, la amoldé, la cambié:
Por lo que vale la pena vivir, vale la pena morir.
Y al revés:
Por lo que vale la pena morir, vale la pena vivir.
Un amor como el de Landscapers es el único que vale la pena vivir, por el que vale la pena morir y/o matar; es la única expresión del amor, del entender al otro, de compartir con el otro y que el otro sepa y entienda y acepte.
Que sepa que los silencios son solo silencios y que la confianza es un punto de partida que no se construye sino que está o no está, se tiene o no se tiene.
Una persona que acepte que el mundo es demasiado poco a veces, que la vida tiene muchas dimensiones para ser vivida y muchos huecos que abren nuevos mundos.
La tragedia, le verdadera tragedia de Landscapers consiste en no encontrar a nadie por la que valga la pena matar y morir y vivir; por la que valga la pena comer y caminar.
La tragedia es conformarse con las sobras que deja el paso del tiempo, con la compañía que ahuyenta la soledad y espanta los fantasmas del fin.
La tragedia es terminar la vida exigiendo el final feliz de la película mediocre, el amor imposible, inexistente; el amor que no es amor sino una escoba al revés, un envase medio lleno, medio vacío, una formato para entregar a la salida.






