El 19 de septiembre volvió a temblar en México.
Hay secuelas: el poema curso de Juan Villoro, el exceso de noticias, el compromiso moral de ayuda, los perros rescatistas.
No quiero decir que desperté con el sismo. Despertar con el sismo sería darle demasiada importancia al sismo o a despertar cuando pase el temblor. Tampoco es que estuviera durmiendo. O de vacaciones. O deprimido, tirado en alguna banqueta imaginaria. O disparándome en mi estudio como Werther.
Escribo esto porque pensé una frase en la mañana. La frase es la siguiente: A todo el mundo le gusta fornicar.
Pienso en esta frase como el inicio de todo lo demás.
Han pasado demasiados años.
La gente es siempre lo que es y lo que es, es lo que está destinada a ser. El destino último es la muerte. Pero eso ahora no importa.
Estoy errando.
He perdido la costumbre. ¿Debería regresar a decir alguna cosa? ¿Qué ha pasado en este tiempo? El tiempo mismo es lo que ha pasado.
Vuelvo como quien vuelve a una vieja cabaña abandonada y llena de agujas de pino: saqueada por los mapaches. No quiero vivir en esta cabaña. Sólo estoy de paso.
(El mundo es una gran cabaña.)
Yo... No sé... Yo estaba por los alrededores, de paso. El aire familiarmente desconocido me hizo girar la cabeza.
Y estos árboles y esta atmósfera y he recordado que había un lugar al que asistía y era feliz. Regreso. Regreso como quien toma decisiones y espera que algo suceda; como si ver de nuevo algo conocido fuera la causa de algo que está por suceder.
Puede suceder nada.
Y suceder nada significaría que algo está sucediendo. Estoy siendo optimista.
Tengo una lata de conserva llena de desencanto.
Este desencanto.
Este ruido.
Este ruido incesante de los autos que pasan.
Estoy despertando. ¿Estoy despertando? ¿Necesito una nueva numeración? No recuerdo cómo se hacía esto. Juan Villoro es cursi. Tengo una certeza: esta letras existen, incluso, a pesar mío. Incluso a pesar mío.

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