24 octubre 2019

Jueves

Hoy es jueves. 

Hace mucho que no lo era y hoy, después de ver el mensaje de Alfredo Cervera en el que me decía: hoy es jueves, y con el clima del invierno que se acerca y esta sensación de que todo va, es jueves.  

Alguna vez soñé con la sensación de este descubrimiento, el sueño que se queda en el olvido. 

Las mismas preguntas: ¿Qué pasaría si volviera a darme cuenta de que es jueves? ¿Qué pasaría si el día, como una llovizna fugaz, apareciera y yo estuviera en medio de la calle a punto de ver mi nombre grabado en una pared, en un memorial? 


Ninguna sensación imaginada es tan absoluta como la real, tan compacta, conceptual, concreta. La sensación que hace que las cosas comiencen a tener peso, mientras el mundo vuelve a acomodarse en una atmósfera configurada como una sonata de Glass. 

Es jueves, y el descubrimiento emerge como las flores en cada burbuja de una copa de Perrier-Jouët Belle Epoque 2008. Es jueves, y mis dedos sobre el teclado, mi espíritu fermentado, mis ojos, perciben el perfume. Es jueves, y esos otros ojos, oscuros y profundos y al otro lado de la mesa, lo confirman risueños, reales: hoy es jueves.  

23 octubre 2019

Demasiado Fácil



I.
El esteta entra al salón: amplios sillones de terciopelo y piel, mesas de vidrio y de mármol, sillas restauradas de maderas que nunca más volverán a existir, una serie inabarcable de caprichos decorativos. Nada cambió desde su última visita. El esteta es un hombre cuya única costumbre es el cambio. Quizás, piensa mientras levanta la mirada para encontrarse con unos rizos castaños, quizás mandaron lavar las cortinas. 

La mesa habitual está ocupada por un par de chicas sentadas en las piernas de un sujeto de barba, embriagado entre un rubio lacio y un cabello corto y azabache, ambas le sonríen como súcubos esperando algún sacrificio de otoño. 

La mujer de artes ancestrales, esa lectora del deseo, se acerca; poniendo apenas su mano en el hombro del esteta le dice que los quitará de inmediato, porque eso es lo que quiere y ella nunca se equivoca. 

Él niega con la cabeza. Ocupará otro espacio. Antes de darse la vuelta, con un ligero movimiento casi imperceptible, le dice al sujeto de la barba que está bien, que el mundo debe ser así, que las cosas importantes no pueden ser de otra forma, que el perfume de la belleza embriaga a los dioses. 

Un sillón de piel marrón abre sus brazos en el fondo de la sala. Un lugar profundo y perfumado, un lugar invisible, una saliente, un edén surgido en medio de cavernas aterciopeladas. Es cierto, dice sin mover los labios: han mandando lavar las cortinas; y cierta satisfacción por tener la razón se manifiesta entre su índice y su pulgar derechos escondidos en el bolsillo de su pantalón. 


II.
Si un vaso de single malt es un milagro, la aparición de este vaso es obra de algún demiurgo bondadoso, racional, desinteresado. La suerte y los dioses bendicen a los hombres que aman la belleza, y aunque las estrellas marcan destinos solitarios, los dioses bendicen la soledad con eterno silencio y ambrosía verdadera. 

El esteta toma un trago pausado: la misma sensación de Cyrano en la luna,  los recuerdos del paraíso perdido, el sabor dulzón de la muerte que se acuesta sobre las sábanas limpias, fuerzas incansables, aguas subterráneas y minerales, una vida pasada que emana con la opacidad del brillo de alguna gema colocada en la juventud irremplazable de una cortesana; un trago de magia negra, un trozo de felicidad, piedras lisas de río y maderas dulcemente transportadas en medio de un bosque frío.  

La piel del esteta vuelve al presente y sus ojos, dos moléculas incandescentes de materia combustible, abrasan las formas conocidas de otros tiempos para luego encontrar, magnéticamente, dos partículas de miel que se tuestan inocentemente en su camino. 


III.
Los seres del mundo se dividen entre los que cazan y los que son cazados, entre la apariencia - incierta y velada -, y lo real como el canto de esta sirena de ojos color miel, serpiente que levita en una melodía siseada con sabor a flores, musgo dorado y fresco y agua de piedra. 

Para el esteta, lo desconocido significa el fin: el fin del tiempo, el fin de las sensaciones, el fin de la razón. Nada existe en medio de un par de piernas que no conozca. Ha visto flores nuevas transformarse en flores viejas y marchitarse, ha probado capullos, promesas rotas, promesas conocidas, promesas falsas; lugares opiáceos y purpúreos, paraísos y mariposas sin alas y bellamente coronadas, cascadas ilusorias y ojos de agua.  

Ella huele a manzanas. Sus labios se acercan lentamente a la oreja del esteta que logra pasar el trago por su garganta. Primero acerca su nariz, felina, suave, lo olfatea suavemente, sin demasiado compromiso. Él no ha quitado los ojos de enfrente, juega al silencio, al impersonal encuentro del reconocimiento sin palabras. Hasta que el aroma de ella se transforma en un olor agridulce. La sirena está en el punto más alto de su curiosidad y él, con un movimiento felino y voraz, acerca su nariz: manzanas, manzanas recién cortadas. 

¿Su nombre? Hace años que el esteta dejó de ser un pueril caballero para transformarse en este sobrio Miércoles. Los nombres designan pero la belleza y el deseo son indesignables, indecibles. Ella sabe que su olor agridulce se incrementa y que el color miel de sus ojos ilumina los confines de un universo imperceptible, mientras un calor húmedo resbala por las vértebras y se divide en los dos huecos que coronan su cadera. 

Demasiado fácil. Los dioses de occidente que conquistan a los dioses nuevos y los seducen y los desarman y los terminan, como en una danza perfectamente coordinada, se levantan. Él, tomando la chaqueta que no recuerda haberse quitado. Ella, poniendo la pierna izquierda por enfrente de la derecha. Ambos caminan a su destino. Todo parece demasiado fácil.


IV.
Ella camina detrás de él: rapsodia hipnótica y embriagante, mujer en el desierto que se procura el camino que la llevará a ver el sol de nuevo. Cruzan frente al sujeto de barba, quién devora vampíricamente el cuello de la chica de cabello corto. Los pasos del esteta detienen el tiempo. Ojos: miles de ojos, millones de ojos, arañas humanas desde rincones innombrables de la historia. Ojos convencidos, maliciosos, arrogantes, envidiosos: reyes, sultanes, hombres de tres espíritus, anacoretas, viajeros. Millones de ojos que se quedan detrás de una puerta que resguarda hilos egipcios y frescos con olor a jazmín. 

Quitarse los bostonianos y el saco y las capas de ropa inútil. Dejar de lado esa sensación de ciudad, esas partículas de sol, los átomos de polvo, las bacterias; de.jar de lado todo esos fragmentos de historias desconocidas, sueños, ilusiones, preocupaciones. El esteta es un magneto, igual que todos aunque no estemos involucrados. 

Ella se sienta a un lado de la cama, como un pajarito. Espera. Sabe que, en adelante, lo único que le queda es esperar. La paciencia se conoce y se sabe, se domina. Ella, como una banca en una estación de trenes: espera. En las yemas de los dedos, controla el tiempo que vuela y se deshace como escarcha en la punta de la nariz de una joven de cabello rojo en medio de un parque nevado. 

Él se ha quitado el tedio de encima y, con un movimiento de partitura, se transformó sobre ella quien, haciéndose un poco pequeña, se desliza al otro lado de la cama y con un movimiento muchas veces estudiado, y en una danza suave como esencia de vainilla, deja que las gotas de humedad abrillanten su cuerpo. 

De los ojos del esteta emana esa luz incandescente que lo quema todo a su paso. Deseo nuclear irreprimible. El esteta comienza a amar cada centímetro de la sirena, ese calor húmedo, amazónico que impregna su destino de palabras nunca pronunciadas. El esteta es un cometa, de su boca la profecía en idiomas demoniacos marca el destino del deseo. 


V.
El esteta en un trance y ella viaja, viaja al sur, a la fuente de la vida, al milagroso ímpetu que yergue orgulloso sobre cualquier horizontalidad falaz. En su viaje devora mordiendo, lame, se alimenta de todos los sabores que su lengua prueba; lengua sencilla, monosilábica, origen de las estrellas. Ella lo engulle todo. 
El esteta, a merced de ese Leviatán que está a punto de terminar con su vida, olvida las plegarias de los hombres libres y en un centro, una descarga eléctrica emerge de la lengua de esa amazona que ha reptado por todo su cuerpo. La descarga eléctrica, infinita. 

Su memoria explota en mariposas imaginarias que se elevan hacia la penumbra y el olor a manzanas inunda su conciencia. El final del equilibrio en cuerdas vocales vibrantes, en lenguas vivas, en la tibieza dulce de perlas que frotan y rozan. 

Demonio serpentino. Ella es el evento más maravilloso del lenguaje, con una destreza multilingüe, pronuncia el nombre del esteta de siete mil maneras y lo reinventa desde antes de la creación y de la nada, desde antes de los universos y los tiempos. Mensaje sin destinatario fijo, mensaje remitido, cifrado. 

Relámpago sobre la copa de un árbol y la destrucción eléctrica de cada célula del cuerpo del esteta, si la muerte viene del cielo, la lengua de este mujer es la lengua de dios y sus labios, los núcleos ocultos de sinsabores religiosos. Y una vez más la muerte a través del deseo y la promesa de la vida eterna en una carretera de dos sentidos, sin punto de partida ni de llegada. 


Las yemas de los dedos frotan gotas de sudor mientras un cascabel taciturno mengua lentamente, llegará, de nuevo, la negrura del sueño y todo desaparecerá, demasiado fácil.  

21 septiembre 2019

Lulu on the bridge



Harvey Keitel tocaba el saxofón. Ella lo escucha desde alguna esquina de  ese otro universo. En 1998, Mira Sorvino tenía 31 años y a mí me parecía preciosa, igual que al resto de la sala. 

Lulu on the Bridge: la única cosa que sabía de Paul Auster. Mira Sorvino, la Poderosa Afrodita de ojos grandes que se persigna cuando la ambulancia apaga la sirena. Mira Sorvino: el sueño de la posibilidad que sueña. 

Han pasado veinte años desde que la ambulancia apagó la sirena. Harvey Keitel ha sido muchos Keitels. Paul Auster ha sido el mismo neoyorquino que vi en la Feria del Libro hablando de no sé bien qué. 

Lulu on the Bridge: la década arrebatada entre frases dogmáticas y hambre de poesía en verso libre. Mala poesía; malos versos; tiempo desperdiciado. La belleza en 1998 fue lo único que nos salvó de esa fiebre dogmática, de esa estacionalidad sin viaje, de ese buscar todo el tiempo sin hallar nada: hambre honesta, hambre sincera, hambre noble. 


Lulu on the Bridge: ¿A propósito de qué? Quizás de Ciudades de Cristal en la mesa de noche. Quizás este sabor agridulce que dejan veinte años. La Poderosa belleza de la Afrodita Sorvino que ve, desde ese otro universo, como la sirena de mi ambulancia se apaga y se persigna en un loop irremediable, embustero, real. 

19 agosto 2019

Nopales


Odio los nopales y su evocación a hierba seca y a memoria. Recuerdos de campos desolados, pedregales adustos, terrenos calurosos, rocas estériles, vírgenes mentirosas mordiéndose las uñas y haciendo antigüedad. 

Los nopales son mi abuela y mi madre; son mi insoportable hermana  azotando la puerta y engulléndolos como en un cuadro de Goya. 

Fragmentos repugnantes. 
Placebos alimenticios. 
Los nopales. 

Como si cualquier animal pudiera subirse a un nopal a devorar una serpiente; como su algún animal, cualquiera que este fuera, encontrara mejor lugar en el mundo que un nopal para espinarse las nalgas mientras devora.  Y me viene a la cabeza ese escudo lejano y ajeno que se me tatúa en el exilio y en la partida, en la frontera entre cierto deber y cierta espuma de cerveza.

Los nopales… 
los putos nopales. 

Nopales cocinados 
Nopales crudos 

Nopales beneméritos
olvidados
pobres 

Nopales ensalada
Nopales sobre leña


Nopales de mierda, este dolor en la cara, esta textura que se refleja en el espejo y hierve mi corazón en baba y espinas bajo un sol Tinajero.

10 agosto 2019

Imposibilidad

Imposibilidad: Falta de ocasión o medios para que una cosa exista, ocurra o pueda realizarse.


Nunca he confiado en Norah Jones. 

Mi desconfianza empezó, como cualquier cliché, en otoño. Sabía, perfectamente sabía, que detrás de esos ojos oscuros se asomaba un destino fatídico. Los ojos de Yocasta debieron ser oscuros pero, ¡qué importa!: a los poetas las cosas trascendentes les importan un carajo.

Norah Jones cantaba mientras yo me tomaba una botella de whisky, a cuyo precedente - un Double Black - le sucedieron severos vodkas y una especie de Carcosa adelantada.  

Norah Jones no tuvo la culpa de toda esa ingesta etílica. Ni del W, ni de la madrugada, ni de mi auto estacionado, a la mañana siguiente, a la vista de las familias que pudorosamente asistían a desayunar a los restaurantes de la zona. 

Norah Jones tampoco tuvo la culpa de que saliera disparado por la mañana, lleno de Fiji y de una confusión extraña de amanecer entre sábanas celestes y recuerdos a medias, con un cierto dolor de cabeza, como quien se bebe A Sangre Fría con un Desarmador y viceversa. 

Norah Jones tuvo la culpa de otra cosa. 

Norah Jones tuvo la culpa de un secreto. Un secreto guardado entre las costillas número 21 y la número 22, una historia de fantasmas. 

Norah Jones es culpable de cantar ese día: una vez, otra vez, una más. De no frenar su marcha durante mi vuelta, de ser el holograma en mi recuerdo, de enredarse en mis oídos, de no avisarme que vendrían My Blueberry Nights y que yo no podría hacer nada y que la ola, era ya la sombra sobre mi cabeza. 

Norah Jones trajo este pájaro azul a mi corazón. Fue la adivinanza de la esfinge, la ananké de los reyes, la enredadera de luces que se cernió sobre mi amor hasta quemarlo: Sino de Prometeo, hora verdaderamente falsa, maraña de luz negra.


Norah Jones suena. Mientras el disco blanco da 37 vueltas, las nubes anuncian el vaticinio de lo que viene, de lo que será, de lo inadivinable, de lo fatalmente indescifrable: la cabalgata de un quinto jinete cuyo nombre empieza con K. 

05 julio 2019

A Fine Frenzy



Alison Sudol es el tipo de chica que me gusta. No es especialmente atractiva, no es particularmente guapa. Me gusta, digamos, desinteresadamente y en momentos, como me gusta la conjunción del olor a café con el olor del bosque después de llover. No lo necesito todos los días. No lo tengo todos los días, pero la simple evocación es reconfortante. 

Encontré a Alison Sudol en la portada de un disco. Tenía un vestido amarillo y el cabello, quiero creer confiando en mi daltonismo, rojo. La piel casi transparente y los ojos buscando alguna cosa más allá del suelo.

No fue la primera vez que compré un disco por la portada. Algo así me pasó con Magdalena Kozená. Con Karen Elson. La última vez que pasó, no hace mucho, fue con BOY: Carola estaba frente a mí y por alguna razón no funcionaba el sonido o yo qué sé pero vimos una foto de las chicas y le dije hay que seguirlas para escucharlas y ella me dijo: ¿vas a seguirlas y a escucharlas sólo porque están guapas? y yo le contesté que sí, si no podemos escucharlas, ¿de qué otra manera podríamos saber si cantan bien? 

2007, pues, One cell in the sea. No todas las chicas guapas cantan bien. A Fine Frenzy no era una chica guapa, me gustaba que es diferente y cantaba bien. El disco también me gustó. Me gustó mucho. Aún lo sigo escuchando a pesar de traer un poco.  

Hace un momento, mientras terminaba de hacer sopa de tomate escuché el disco que compré en 2007: One cell in the sea, sigue siendo el disco que compré, a pesar de Spotify, a pesar de melancolía Reserva 2010, a pesar de que la voz de Alison Sudol sale por una Beoplay y no mis viejas bocinas convencionales. Alison Sudol, A fine Frenzy; la pelirroja vestida de amarillo en la portada de un disco de 2007, la chica de Bomb in a Birdcage; Queenie Goldstein en alguna entrega de algo así como Harry Potter. Alison Sudol, con todo y el tiempo, sigue siendo el tipo de chica que me gusta. 

13 mayo 2019

Palabras de Funeral



¡Muévete, pinche vieja gorda!

Artura: vieja chismosa y culera, señora provinciana, rechoncha. Educada por monjas, de esas monjas que son unas culeras, que así enseñan, que así se mueren. 

Artura la soñadora, la que siempre quiso ser delgada, la que siempre quiso ser bonita, la abogada que nunca fue diputada y nada más llegaba a la mitad de la palabra. 

Artura: la buena onda, la pasada de pendeja, la racista, la que no hallaba el cierre de los vestidos entre la carne apretujada de su espalda y tenía la cabeza deforme como camello atropellado. 

Arturita la culera. Arturita cadenero de antro; enemiga de las güeritas porque eran güeritas, porque eran flaquitas, porque eran bonitas y a ellas si no les manoseaban las ubres sin permiso y las odiaba porque eran ellas y ella era una pinche gorda prieta, una pinche gorda pulquera. 

Artura feminista: enfermiza, decadente; mensualmente sangrienta, ridícula, cúmulo de libertinajes conservadores, comedia de equivocaciones. Y ahí rodaba esa pelota de carne mal formada, entre pendejadas partidistas, intereses particulares y su amiga Aurelia, señora de mandado y tubos en la cabeza. 

Artura y su girafismo mutante, embriagada con ron, autista, cejona, pinche gordita tan solitaria y maltratada; pinche pelotita medio sucia, medio jodida, botando sola en la plaza, abandonada a su suerte, llena de miedo y de inseguridad, fea, monstrito deforme. 

Artura tuvo pocos amigos sinceros pero mucho sueños, uno más pendejo que otro. De terquedad casi tan inmensa como su panzota, la señora hacía muchas pendejadas que creía que eran buenas ideas y terminaban en lágrimas y rímel corrido en la taza del baño. 

Y uno puede escuchar pendejadas con cierta delicadeza, incluso ternura, pero la caducidad se cumple pronto; así era la pinche gorda marrana: soñadora, toda desparramada en una silla, piernas abiertas, sobándose lujuriosamente la panza, masturbando sus carnes, sobando los kilos de manzanas que se había tragado porque “la manzana no engorda”, y uno pensando: no mame, señora, no sea pendeja.  

Artura: triste globo con forma humana hecha por un payaso perruno y apestoso, un payaso de Amecameca de Juárez que le lamía las orejas con mentiras absurdas, con el sueño de que esa gorda, centro gravitacional del sistema solar, podría ser recordada por generaciones y generaciones futuras y mientras, pues hacemos un “bisnecito” porque, pues todos los han  hecho y por-qué-yo-no. 


Artura, señora de la triste y redonda figura; señora mugrosa y abandonada, histórica oligofrenia, chiste caduco, caca en el zapato. 

Adiós gorda triste, aguacate mallugado, huevo roto. 

¡Adiós chancha, no revientes la caja!