07 septiembre 2022
Vegano
27 abril 2022
Las ciudades invisibles
He estado leyendo Ciudades Invisibles
Lo he leído de a poco, de vez en cuando. Las ciudades recorren mi memoria, mi imaginación, ambas mezcladas, confusas.
Las Ciudades es un libro para leer con calma y tiempo.
Como en medio de estos días soleados que terminan en un concierto de truenos y relámpagos, como si el mundo se reconfigurara de nuevo, como si algo se sacudiera allá arriba lo suficientemente lejos para no saber qué es pero sí para saber que existe.
Tormentas
Tormentas eléctricas
Tormentas con agua y viento
Tormentas con trozos de hielo y luces en el cielo
Y he leído
Refugiado en este libro, en otros libros; un desvío afortunado de lo que parece ser un destino deshilachado y aparentemente estable.
No como Sión de Bolaño
No como las novelas de Bukowski (pero sí como sus poemas)
No como lo inesperado en la mente de un cocinero
La vida me pasa tranquila
mientras
Intento llenar el tiempo con acciones;
acciones que me gustan,
acciones nobles,
superiores,
¿dignas?
Bien podría pasarme los días en otra manifestación de la esperanza, de la espera.
Crear NFT’s en lugar de ponerme los guantes y deshacerme las manos pegándole a gigantes de viento, aprender algún oficio y tener trabajo estable para pagar las cuentas;
alienarse calladamente,
usar artefactos sofisticados mientras Elon Musk compra lugares inexistentes con millones de posibilidades: las ciudades invisibles.
17 marzo 2022
una gitana
11 marzo 2022
Italia y en Italia, Florencia
Nunca he estado en Italia
Siempre me ha parecido un set, algo irreal, etéreo; hasta cierto punto falso.
Tafa está en Florencia.
Me pide una recomendación del mítico lugar de Hannibal.
Le respondo: ¡un estofado!
Italia: conozco Italia por su sabor, por su lengua, por la historias, por el corte de los trajes y las camisas. Conozco a Italia por el cine, los libros, por el amante de Bolsano, las mascaradas, La pasión de Winterson.
No la conozco a pesar de los Tabuchis, de la misma muerte en Venecia en todas sus versiones, de los amantes que se encuentran, de la crónica de mi madre, de la de mi hermano, de las ganas de Carola por visitar Italia.
Es cierto que la he comido, olido, mordido, pero sigue siendo una como un lugar salido de la cabeza de Goran Pretovich.
Y Florencia,
mi amiga Francesca decía Florencia podría ser mi lugar en Italia.
Cuando Hannibal está en Florencia, en la serie, me hace pensar en la forma en la que me veía mi amiga Francesca y recibo, siempre fresca y radiante, la flor de su generosidad amable, el bocado inconmensurable de mi vanidad interminable.
Nada supe decirle a Tafa. Le pedí que se comprar una hoja de papel algodonado y me escribiera una carta contándome una historia imposible del lugar imposible.
Italia
No sé
una desconocida
unas pestañas indescifrables lo mismo de noche que de mañana.
09 febrero 2022
2666 - Roberto Bolaño
He entrado tres o cuatro veces en 2666. Soy un reincidente. Soy un necio. Esta vez me imaginé escribiendo a Luis:
“Bolaño nos engañó a todos. 2666 es una novela inacabada. El lector va llenando los espacios. El lector mexicano más, pues está familiarizado con el país, los crímenes…”
En La parte de los crímenes tuve que detener la carta imaginaría.
¿Cuántos días estuve apresado en las arenas de la literatura de Bolaño?
¿5?
¿30?
¿Meses?
Soñé con Santa Teresa: desierto insondable lleno de fantasmas, ese otro Páramo, ese otro Pedro; el lenguaje mexicano que está más allá de lo que quiere comunicar, de lo que puede decir en lo cotidiano.
Soñé con el misterio del crimen. Apresuré la lectura como hace veinte años. Sin descanso mental, sin intermedios: una píldora, una lobotomía automática, una terapia de choques eléctricos en la punta de los dedos, debajo de las uñas. La arena de desierto se aparecía en mis zapatos, en el fondo de mis vasos de vodka.
En algún momento 2666 se convirtió en un espacio real: Santa Teresa, Sonora, el norte de México, el sabor del desierto y del mezcal Los Suicidas; Archimboldi, La rosa ilimitada, Bifucaria Bifurcata, La cabeza, los pasos del gigante que se cernían como una profética tormenta auto cumplida. Los espejos donde la política mexicana no se refleja, donde Liz Norton de convierte en Alicia.
2666: une oasis d'horreur dans un désert d’ennui
El tiempo se condensa en 2666. El libro que respira por sí mismo, el corazón delator en medio del librero. Descansando desde hace unos veinte años. Una serpiente que se muerde la cola, un descarnado zoom anatómico; el horror de la muerte, el terror del moribundo.
La búsqueda de la verdad última dentro de la ficción que es la única verdad que prevalece. La muerte que se confunde con el sueño y el sueño que se confunde con la muerte y regresa con la cabeza enmarañada y las manos vacías.
Quizás, después de esta inmersión, de este embrujo de profético Chocongo o Golden Acapulco o Los Suicidas - o todas juntas, o ninguna - el mundo sigue reconstruyéndose y yéndose al carajo por donde vino:
Poco después salió del parque y a la mañana siguiente se marchó a México.
03 febrero 2022
Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta - Robert M. Pirsig
Terminé de leer Zen y arte del mantenimiento de la motocicleta. Me lo prestó mi amigo Luis hace más de dos años. En un cálculo rápido de todo lo que me recomiendan consumo el 50% o menos de manera inmediata; para lo demás pueden pasar mese o años. Estimo la fecha porque en aquellos momentos no andaba en motocicleta.
Zen me recuerda la del momento en el que decidí qué estudiar y dónde. Algo que en el fondo tiene que ver con la sensación de ver el mar desde muy alto y sientes el azul profundo, insondable, inabarcable.
Cuando la gente me pregunta por qué estudié lo que estudié mi respuesta es siempre ensayada. No es que no sea verdad pero la historia que cuento no es la razón sino la narrativa del impulso que me llevó a tomar la decisión. Ahora puedo enunciarlo porque conozco las palabras. No es un tema ético o psicológico. La misma razón que puedo enunciar ahora se asemeja a la razón por la que decidí convencer a Carola de que anduviéramos en moto.
Zen, su gran virtud tal vez, es tratar de explicar el mundo desde la forma de entender una motocicleta. La forma de conocerlo, enfrentarlo, de pararse frente a él, aproximarse, alejarse, verlo desde detrás de un vidrio. La relación de las personas y las cosas, del funcionamiento, de la manera en que sucede en este momento de la historia, un momento que se ha extendido - desde que iniciaron los motores de combustión interna - y se ha convertido en una caída vertiginosa con el desarrollo de la tecnología.
La motocicleta está, seguramente habrá otros ejemplos que no me importan ahora, en medio de esa lectura: es una entidad que ha evolucionado manteniendo su forma inicial, un equilibrio de fuerzas que intervienen para desplazarse rápidamente sin dejar de estar encapsulado pero sin ser parte del entorno, una bestia mecánica, una valkiria.
Una entidad parecida a la razón como herramienta que nos acerca al mundo con inmersiones intermitentes de conciencia que sirven para explicar(nos) su desarrollo y su evolución mediante lo que conocemos, la forma en la que lo comprendemos, lo traducimos y lo comunicamos.
Recomendé este libro a tres personas. Uno que anda en moto y que tiene una capacidad intelectual que no conoce: un sujeto con la calma necesaria para entender. Y otro que, en el fondo, es igual a mí aunque su camino tenga un lenguaje distinto. Y una tercera de quien espero que conozca analogías y salga del mundo de los ejemplos.
El libro, pensé mientras les enviaba una foto a cada uno, contiene la descripción del punto de encuentro entre la racionalidad funcional y la contemplativa. El tema sobrepasa el libro (que se me antoja mas bien malo) y manifiesta una problemática que ha sido enunciada muchas veces de muchas maneras. La virtud de Zen es poner en discusión una paradoja.
Leer Zen me ha dejado esa nostalgia de los viejos nombres, de los viejos conceptos, de los viejos problemas que uno deja para buenas y pocas charlas. No tenemos pelo grueso, ni garras, ni la agilidad, ni la fuerza de las bestias. Tenemos la razón y la retórica, un martillo de dos cabezas, un viejo sueño que se usa a conveniencia, según el humor, según el momento.
12 enero 2022
Landscapers: por lo que vale la pena matar, vale la pena morir
A medidos de los 90, un comercial sobre Ricardo III:
Imágenes granuladas de una película o una película documental
Voz en off
Por lo que vale la pena matar, vale la pena morir.
Fue una de las primeras frases que apunté en una libreta de citas. No sabía realmente qué significaba.
Fui un niño otoñal, ridículo, poco práctico, poco cerebral, poco racional. Me aprendí la frase por repetirla, por reescribirla; me acompañó muchos años en las ideas sobre el amor, sobre la libertad. Y no supe, hasta muchos años después, que la frase no hablaba de amor ni de libertad, sino de honor y compromiso. Mal día descubrir que quizás no fuera de Ricardo III sino producto de alguna mala traducción pseudo poética.
Luego de ver Landscapers pensé la frase, la amoldé, la cambié:
Por lo que vale la pena vivir, vale la pena morir.
Y al revés:
Por lo que vale la pena morir, vale la pena vivir.
Un amor como el de Landscapers es el único que vale la pena vivir, por el que vale la pena morir y/o matar; es la única expresión del amor, del entender al otro, de compartir con el otro y que el otro sepa y entienda y acepte.
Que sepa que los silencios son solo silencios y que la confianza es un punto de partida que no se construye sino que está o no está, se tiene o no se tiene.
Una persona que acepte que el mundo es demasiado poco a veces, que la vida tiene muchas dimensiones para ser vivida y muchos huecos que abren nuevos mundos.
La tragedia, le verdadera tragedia de Landscapers consiste en no encontrar a nadie por la que valga la pena matar y morir y vivir; por la que valga la pena comer y caminar.
La tragedia es conformarse con las sobras que deja el paso del tiempo, con la compañía que ahuyenta la soledad y espanta los fantasmas del fin.
La tragedia es terminar la vida exigiendo el final feliz de la película mediocre, el amor imposible, inexistente; el amor que no es amor sino una escoba al revés, un envase medio lleno, medio vacío, una formato para entregar a la salida.
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