23 noviembre 2020

Os-carrito



Me llamo Oscar

                             Estoy desesperado

                                                                Vivo al día  

                                                                                      Viajo en metro


Ni siquiera gasto en Starbucks como mis compañeros; 

ni un cafecito. 


No sé por dónde empezar… 


Quizás, bueno, 

pues,

desde la facultad,

desde la facultad me gustaba la izquierda… No quiero decir que me haya equivocado pero, bueno, nunca pensé que… 


Esta es una confesión: nunca veré crecer a mi hijos. Vi en una película que este es el protocolo, que se tiene dejar alguna referencia para que sepan. La película trataba de unas muchachas supuestamente vírgenes, siempre me gustó Kirsten Dunst... 


Me gustan las películas. 

Especialmente las de auto superación, 

como esa de Will Smith y su hijo que viven en la calle hasta que les va bien. 

Me gusta el final. 

Creo que por mérito propio la gente puede llegar lejos; con esfuerzo y con ganas, decía mi madre. Ahora veo que es más difícil que esfuerzo y ganas. 


Mi papá siempre me dijo que buscara un trabajo donde me dieran una plaza; donde fuera, pero que si era en el gobierno, mejor y si era sindicalizada: pues aún mejor, aunque le tuviera que poner una lana, pero que así te aseguras el futuro, así puedes tener una familia y una casa y tus hijos pueden ir a una buena escuela. 


Compré la idea. 


Luego conocí a Janice en la facultad. Janice pensaba que el mercado es el mercado y que si el país es capitalista pues a ser capitalista. Janice fue mi novia desde segundo semestre y cuando terminamos la carrera nos casamos.


Por Janice busqué trabajo en una consultora internacional pero me batearon por ser de la UNAM y porque no sabía inglés; luego encontré varias chambas aquí y allá. Como Janice sí sabía ingles, empezó a trabajar en un despacho y comenzó a hacer su carrera. Al principio yo creí que era por su físico - porque lo que sea de cada quien siempre tuvo un bonito cuerpo -, hasta que en un brindis navideño conocí a su jefe y me agarró una nalga: nunca le dije a nadie, me pareció moralmente reprobable. 


Cuando encargamos a Oscarito comencé a necesitar más lana; le busqué entonces con mi padrino Arturo, que trabajada de director en una paraestatal y pues al final sí me ayudó: me dió una tarjeta de la Licenciada Gabriela Espinoza, una amiga suya que parecía travesti y que me consiguió una chamba en la Secretearía de Economía: "Nada más porque eres el ahijado de Arturo, si no te caías con el 30% de tus dos primeros sueldos, jajajaja; no, no te creas Oscarito, es broma, es broma, pero a ver cuando te pones guapo y me invitas a comer". La Licenciada Espinoza me agarró la misma nalga que el jefe de Janice.  


Mi trabajo empezaba a las nueve; la hacía de analista del licenciado Diego Gaitán: "¡Pero a mí me gusta que me digan Castor!" Era amigo de la licenciada Espinoza y se la pasaba fuera de la oficina todo el día, llegaba como a las nueve de la noche todo borracho disque a revisar el trabajo: "A ver Os-carrito, jajaja, traete los pendientes". Apenas entraba en su oficina: "… y había unas nalguitas, ¡uy!, ¡te mueres, Os-carrito!, jajajaja, ¡de pipirrín!, jajajaja". Ya como a las once me decía: "No, pues ya es hora, mañana nos vemos, mi Oscar".  


Así seguí hasta que nació Raulito, que desafortunadamente vino medio malito porque nada más tenía una orejita. El trabajo fue difícil siempre: hacía lo de cinco personas más el jefe. 


En la votación de 2018 yo voté por Colmena: "¡ahora sí!", pensaba, "todo irá mejor, reconocerán mi esfuerzo, México va a cambiar, voy a ganar más porque van a ver cómo me esfuerzo, en una de esas hasta ocupo el ligar del Lic. Gaitán". 


Pero no me fue mejor.


 Cuando se vino el cambio de gobierno mi jefe comenzó a presumirme que conocía a unos altos mandos de Colmena y que íbamos a conservar la chamba y que hasta nos iría bien. Y sí, sí los conocía y sí, sí le fue bien a él, porque le encargaron una investigación sobre los Fideicomisos que terminé haciendo yo por el mismo jodido sueldo que traía. 


El trabajo se puso más carbón. Mi jefe me pidió que le buscara unas cosas, bueno, a unas muchachas que para un alto mando y que las íbamos a llevar a un lugar en Cuernavaca. Yo le dije que no me latía y me hice medio tonto. Después de dos días me dijo que si no, pues le dejara el espacio a alguien que sí creyera en al quinta transformación, y yo le dije que yo sí creía y el me dijo: "entonces, Os-carrito, ¡chínguele!, jajajaja", y dándome un disco duro me dijo: "es más, confío tanto en ti, Os-carrito, que te voy a dar chance de que escojas cinco, ya te hice la chamba, jajajaja; baja esta carpeta en tu computadora y me traes mi disco, ¡andale, cabrón!,¡qué me ves!, ¿que no te quieres ir?, ¡ya son las once! ¡Muévelas!"


Y fueron muchas fiestas y muchas carpetas. 


Al principio las borraba, luego, pues ya, de repente las abría una que otra vez. Las chicas estaban muy guapas. Así pasaron casi dos años hasta que ayer me enfermé de la panza y le llamé al Lic. Gaitán: "¡Os-carrito!, ¡cómo que no vienes! ¡Namás porque es viernes, verdad cabron! ¡Ay sí! ¡Ay sí! Tengo diarrea, buuu buuu, el bebé quiere que le cambien el pañalito, buuu ¡Pues andale! ¡Tomatelo!, ¡pero a cuenta de vacaciones, cabrón!, ¡aquí nada de huevones!"


Ya en la tarde, después de unos tés de manzanilla le dije a Janice que me sentía mejor: "Ya viste, me contestó, qué mal que no fuiste a trabajar hoy porque les van a quitar sus computadoras en la Secretaría y con tu suerte, seguro te toca". 


Entonces vi la noticia y ¡seguro me toca! y la carpeta y … 


¿Bueno? 

Hola, Adrianita, oye… 

...

Sí, qué mal… 

...

Oye, ¿sí me llegó el oficio?

… 

¡Sí!, ¿en mi escritorio? 

… 

Y mi computadora, ¡no mames!, ¿¡ya se las llevaron!? 

...

¡No! 

...

Es que estoy enfermo. 

...

¡¿Qué?! 

...

¿Van a revisar los archivos? 

...

Es que tenía unos documentos del Licenciado… 

...

¡¿Lo corrieron porque le encontraron una red de prostitución y están buscando cómplices?!

...


Me llamo Oscar

                             Estoy desesperado

                                                                Vivo al día  

                                                                                      Viajo en metro

                                                                                     dicen que el metro es lo más fácil, 

                                                                                      lo más rápido

21 octubre 2020

Arroz con leche


 

María aprieta el frasquito. 

Deja los cubiertos sobre la mesa.

Toma un trago de agua.


La comida de domingo ha sido la misma de todas las semanas. María insiste en ir a comer a casa de sus padres, tenga ganas o no: la costumbre de “la gran familia mexicana” como decía el conductor. “La gran familia mexicana…” con su mantel de macramé, la vajilla de flores, los cubiertos desgastados por la fibra scotch, la verde que todo raya. 


María compró la costumbre, se acopló a las ideas de sus padres, a sus formas y entró en el loop: la misma comida, las mismas caras, las mismas palabras seguidas de los mismo reclamos y de los mismos comentarios amables… 


¿Amables? 

¡Hijos de su puta madre! 

¡Que se metan su amabilidad por el culo! 


Las cosas han empeorado con la pandemia: sus papás no salen a la calle, no van al club, no platican con amigos, no chingan a sus vecinos, ni al portero, ni a los viene-vienes del supermercado. Guardan toda su mierda para los domingos, para la soltera que todo el mundo sospecha que es lesbiana pero que nadie dice nada porque si no lo dices no existe. 


Frente a los eventos de los domingos, María tiene un pensamiento muy simple: ¿Y por qué no mejor van y chingan a su madre? La respuesta siempre viene en fragmentos para terminar con un abrazo y un beso en la mejilla a su madre y la vuelta a su departamento. 


Otro domingo, otro plato con dos piezas de pollo y mole Doña María. Pinche mole Doña María fodongo porque, pues Susy, mejor que no venga, no vaya a ser la de malas que en el camión pesque alguna cosa.  Entonces la mamá de María, que según sus propias quejas ya cocinó mucho cuando sus hijos eran niños, aplica alguna receta sencilla aprendida en el grupo de señoras fifís de Facebook.


El pollo, el mole, el ajonjolí, el agua de Jamaica de sobre y unas tortillas medio calientes envueltas en una carpetita tejida por la Señora X, amiga de toda la vida de sus padres a quien no frecuentan nunca. 


El plato fuerte siempre es el mejor momento de chingar a María. 

El embate comienza: su madre se la pasa a su padre que haciendo una gambeta mediocre la manda a su hermano mayor que la guarda la hace suya la acaricia y se la manda a la mamá que remata y, ¡el primer chingadazo! Y María aprieta la mandíbula y frasquito debajo de la mesa que, si no fuera de plástico, ya estaría roto.


María, trae el postre, interrumpe su madre y si esto fuera una pelea de box, María ya estaría total y completamente madreada. Pero viene el postre y con el postre el frasco y el momento.  


En la vida hay un momento epifánico, 

un momento de liberación, 

irrepetible, 

concreto, 

mágico. 


María aprieta el frasco: sí mamá, contesta llena del júbilo que sólo conocen los iniciados, los glorificados, los libres; el júbilo con el que la novia de Julieta le dio las gotas para los ojos y le dijo un numero que María guarda en muy corazón.  


Y María toma el arroz con leche y se mete el frasco en la bolsa y con una sonrisa que la hace la más bonita de todas, sale por la puerta de la cocina y deja el postre sobre la mesa. 


¿Quieres que lo sirva, ma?


Y una sonrisa la libra de todo mal. 

12 octubre 2020

Mesa de Poker



Sentados frente a frente 

vivimos de la suerte que se resbala como miel 

vivimos las cartas endiabladas, humeantes:


hicimos trampa

nos enojamos

tiramos las cartas 

y las volvimos a juntar, llorando

esperando que la próxima partida fuera en paz

esperando que el otro doblara las manos

que no mintiera


Jugamos 

barajamos las cartas, las reglas

busqué las migas debajo de la reina

y la salvación en el siete

la riqueza de los diamantes nunca bastó

ni el rey, ni el joto

ni el rojo

ni el negro


Jugamos

jugamos de madrugada, de noche, 

jugamos en el desayuno 

por teléfono

de lejos

desvelados 

hartos

dormidos


Jugamos en el sueño

con amantes

en la aurora


Y cuando estábamos a punto de perder

Nos enseñábamos el juego

como dos niños que se contentan 

como dos amantes libres


Entonces fui yo 

quien decidió terminar 

y en una partida abierta 

en medio de tu juego perfecto 

decidí levantarme de la mesa 

decidí dejar las cartas 

las apuestas 

dejar de jugar contigo


qué sabor el dejarte en la mesa

con el rencor de venganza tragada

lejana

terminada


Jugamos,

ganamos, 

perdimos,

¿un último juego?

esta vez haz trampa, 

mi amor: 


                No voy a perdonarte nada

08 mayo 2020

Back to Black



En la habitación un tornamesa portátil con un sólo disco: Back to black. 

A mí nunca me gustó Amy Winehouse. 
A la península esas cosas no le importan. 

Puse el disco: 
un poco por la nostalgia de mi casa, 
un poco por la entrada del sol 
un poco para acompañar el sonido de las olas rompiendo el fin de otro año. 

Back to Black

Mi amigo Tafa salía en bermudas a ver el horizonte. 
Una saudade de mañana
la misma saudade con un sabor más soleado. 

Atrás habíamos dejado Puerto Nuevo y Tijuana y Rosarito. 
Atrás las Playas de San Felipe y el Valle de los Gigantes y la Bufadora. 
Atrás nosotros, siempre atrás; salvajes detectives en busca de un desierto,
en busca de la misma Cesárea perdida, incomprendida, rebelde. 
   
Back to black se convirtió entonces en esa música de fondo de pelo recién lavado y un desayuno peninsular y en el fondo de mi memoria Billie Pipper: también Amy Winehouse, también Back to Black.

Amy Winehouse revienta en un diseño de Cecile Manz, 
el sol de la Península entra por el domo de la casa, 
invierno y Ensenada. 

Hay algo triste en este recuerdo. 
Una nostalgia fría, solar 
un sabor a Harry Polanco y Foca Parlante,
un sabor a uvas inmortales.    

Y se hace tarde,
pienso en mi amigo Tafa, 
está apenas a unas calles, 
a cientos, a miles del calles 
millones de calles.

Algún fin de año, 
el mismo sol  que me clarea el cabello
y
si cierro un poco los ojos 
el sonido del mar imposible 
el sol sobre las pistas
y el secreto del desierto en mis oídos

04 mayo 2020

Soñadores




Los soñadores, una chingadera. 

¡¿Soñar?! 

¡Soñar con qué! 

¿Lo imposible? 
¿Lo innombrable? 
¿Lo optimista? 

Soñar con lo de siempre, 
¿con la felicidad?, 
¿con la posibilidad de la felicidad?, 
¿con alguna cosa, animal, persona o lo que sea que genere felicidad? 

Los soñadores son un cáncer en la punta del chile: 

son los que cambian el mundo a costa suya y de sus mediocridades, 
de sus propias imaginaciones cortas. 

Los soñadores son esos mariquitas,
al otro lado del teléfono, 
a través de la pantalla 

Son los que no saben, 
que no huelen, 
que se esconden tras un cabello relamido. 

Son lambiscones murcielagescos. 

Ciegos 

Niegan el cuerpo
Niegan el sexo

Lo soñadores se duermen con la boca abierta: viejas arañas en lámparas de catedrales.

Soñadores del mundo
Retratos retardados de un Goya manco,
oligofrénico,
babeante.

 Luces artificiales
Luces blancas

Los soñadores son los amorosos del cuento de Sabines 
Los Soñadores son los héroes femeninos de Hugo. 

Los soñadores son los Houllebecqs viviendo en las casas de sus madres, son los jueces que olvidaron la justicia, los abogados vegetarianos, los ideólogos orgánicos. 

Soñar 
Soñar 
Soñar, 
para qué 

Para volver
Para volver y encontrarse con el vacío de este cálido desierto cotidiano aderezado con las noticias de las siete. 

¡Y sueñan!
¡Una musa!
¡No mames! 
¡Una musa! 

Mariquitas de musas imaginarias, inalcanzables.  
Musaraña enredadas en las palabras sin carácter de la poesía nerudiana.

Soñadores 
¡Qué pesadez!
¡Qué pesadez de encierro! 
¡Qué pesadez de buenas intenciones! 
y
¡Qué puto calor hace!

24 abril 2020

Volver


Noche. Telón

Un par de elementos sazonados con algunas acciones y los sentidos, especialmente el gusto y la vista, preparan el recuerdo. Hay que poner la mesa. El recuerdo viene como un cometa y con él: las horas, los invitados, las imágenes que pasaron y las imposibles. 

Quizás la seguridad de Wendy Carr, quizás la forma de hablar de Sofia Zetterlund, quizás los encierros y las pláticas de cualquier cosa y el vodka deshaciendo los hielos.  Quizás Debbie Mitford diciendo: Durk - heim. 

Hubo una época en que yo creía que ella era My own private Clarice Starling aunque no era rubia y yo fuera  psiquiatra.


 Más noche. Telón

Pienso en llamarle. Peguntarle cualquier cosa: 

¿Cómo estás?
¿Cómo va la pandemia? 
Sí, soy yo

¡Qué idiota!

Quiero creer que ella reconoce mi voz y me pregunta, por mera cortesía: 

¿Quién habla?

¿Y qué le diría yo? 

Soy yo


Yo

El que bebía single malt y prefería tus piernas a la obra completa de cualquier psicoanalista. 

Al que le decías que te recordaba a Tony Soprano y que no sabía de que hablabas porque no había visto la puta serie y que reviraba, sabiondo: ¡bueno!, he subido de peso.

El sujeto al que no le gustaba que le dijeras paciente y el que te invitaba a cenar con tu novia cada que podía.

Soy el tipo de los martes o de los jueves. 

No

Soy el tipo de los jueves. 

El que te contaba las conquistas. 

El que quiso soñar y comerse el mundo a bocados. 

El que se atragantó de tanto mundo y pidió una mesa para uno y una botella de vino. 

Soy el tipo que no quería crecer, 
que no quiere crecer, 
y que ha hecho de muchos: 
siempre disfrazado, 
emulando
 Pessoa
Baudelaire
Quelqu´un

Soy el loquito que te recitaba el mismo verso de Cortázar hasta el cansancio. 

El tipo que te gustaba
con el que nunca ibas a tener nada, 
nada
tal vez en otra vida, 
en otro momento, 
en otro universo. 

Soy el que nunca volvió a llamarte. 

Del que nunca supiste más. 

El que se dió de alta solo. 

Mira:

Soy yo 

El tipo que vaciaba sus terapias en un blog 
y contaba sus indiscreciones en comidas 
y en cenas 
y en whiskys 
y en mesas
 y en vertical
y en horizontal

Soy el adulto con problemas de adolescente… 

- mala referencia -

¿Soy el fax del otro lado de la sala? 
¿El aparato que cambió sus comunicaciones por algún recuerdo imaginado con olor a limón?


Más noche aún. Telón

Quizás fue ese texto de Rafael Pérez Gay en Milenio. 
Eso del alcohol. 
Eso de no hacer caso.
Eso de tratar para no tratar nada y tener suerte. 

Quizas fue el gesto de Debbie Mitford. 
No sus piernas 
No su forma de hablar 
No su lencería negra

Fue un gesto lo que extrajo el recuerdo desde lo más profundo y lo vertió en mi memoria, suave, cálido, derretido como una cucharada color miel. 


Entonces pienso

Llamarle sería como volver y…

Uno no puede volver 

Uno nunca puede volver


Dejo el teléfono 


Migaja suspira