Vive en un rincón en el fondo de la casa. Es pequeño y no estorba. Lo dejo estar porque no me quita nada. Lo dejo estar porque no sabría cómo no moverlo sin moverme yo de paso y porque me ha enseñado a anudarme la corbata.
De vez en vez come algo. Es taciturno y prefiere la sombra, prefiere el rincón donde no pega el sol porque su calidez es más que suficiente. Las gatas lo respetan y lo dejan estar; saben, de sobra, que no pueden lanzarlo por las escaleras. Tampoco las perras le hacen mucho caso, menos ellas que sólo buscan mi mano para ponerla sobre su cabeza.
No se mueve. No estorba. Su presencia es marcada sin huella: acompaña. Es una acción involuntaria no decide hacerse presente, desaparecer; no eligió nacer, como ninguno de nosotros,
A veces me llena de una tristeza profunda y espesa como Guinness; a veces me llena como, supongo, la luz del sol llena las venas de las plantas.
He aprendido a vivir sabiendo que existe; sabiendo que me acompañará hasta el final último; que estará las noches y las tardes, los domingos, los días ocupados y cotidianos. Luego vendrá conmigo a nuevas casas, conoceremos países intermitentes, nos haremos viejos y más grises. Un día desapareceremos y nadie hablará de nosotros. Quedará el rincón y el espacio vacío. Otros ocuparán el rincón en el fondo de otra casa.

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