Una calle llena de tierra o de arena del desierto, un lugar amarillento. Bagdad. Chayo López, con un sombrero panamá, un traje de lino crudo y unos zapatos color café, cargaba un portafolio de piel.
En una de las vitrinas de las tiendas alcanzaba a ver, enredado en el cuello, mi shemagh naranja, una camisa blanca y unos pantalones también de lino crudo. Supongo que traía zapatos, una costumbre que, adivinaba, no había perdido con el cambio de trópico, pero el reflejo del espejo no me dejaba mis pies.
El polvo de la calle se levantaba fácilmente al paso de los autos y tenía la misma textura que en las películas de Indiana Jones. Hacia calor.
Chayo López y yo teníamos un trabajo que hacer. Un trabajo que tenía que ver con el portafolio café que llevábamos, un trabajo de espías, pensé mientras nos veíamos cruzar la calle mirando hacía ninguna parte con los ojos cubiertos por gafas.
No sabía qué haríamos, pero estaba seguro de que era un trabajo que requería de nuestra presencia, de nuestra manos y de nuestras palabras, por lo menos de las mías si no quería que todo se fuera al traste por alguna cosa que el Chayo López, en uno de sus tradicionales arranques de terquedad, dijera.
Las calles comenzaron a vaciarse, como en un Western apocalíptico o distópico, según desde la generación que se mire. Delante de nosotros, al final de la calle y como en un duelo, un carrito de golf con quien, adivino, es la mujer de Chayo López.
Entonces sé perfectamente qué estamos haciendo y pongo la vista en los ojos ya sin gafas de Chayo López, unos ojos enrojecidos, por el sol, por el polvo, por el tiempo, por lo que significa el final de la calle. Quiero decirle algo pero sé que el destino es inevitable y que la calle, ahora ya vacía, no es una calle, sino una carretera y que nos aceramos al final al mismo tiempo que el final se acerca a nosotros.
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