20 enero 2023

La despedida

 


De dos cosas estoy completamente seguro: estaba en Estambul y aquel sujeto era Raúl J. J. y tendría un hijo. 

No puedo confundir las calles de Estambul, ni el sabor del mar que llena las mezquitas, ni la luz del ocaso que va cerrando las calles; el olor de las rosas del rey, el sabor de las ausencias, la saudade, el té. La misteriosa, la llena de pesadumbre, la última y primer frontera y sus horribles dulces azucarados que se adhieren al paladar y se pegan en los dientes. 

Todo sucede de noche. Veo a Raúl J. J. en medio de las jardineras, camina hacia mí. Aunque lo reconozco y el encuentro es inevitable, no puedo dejar de pensar que hubiera preferido no encontrarme con él. No es una sombra, es un destino fraguado antes de que naciéramos y como cualquier otro destino, resulta imposible evitarlo. 

Hace muchos años que no lo he visto pero no ha cambiado nada. Recuerdo, camino a su encuentro, su particular forma de dar palmadas violentamente en la espalda cuando saludaba; con un cierto coraje guardado entre las costillas, un odio que hervía. Pienso en su saludo. Pienso en Estambul. Pienso que sé que me dirá que tendrá un hijo.  

La distancia entre los dos se acorta. Levanta la mano y me hace una seña, como para evitar que me pase al otro lado de la calle o como para confirmar nuestro encuentro, para mí es el símbolo de un hado funesto, su mano se levanta como un ave negra, como la primer fumarola de un volcán a punto de estallar. 

No me sorprende verlo disfrazado de cookie monster, una gran mancha azul y peluda que se acerca como una ola y en la cresta, los grandes y blancos ojos del monstruo comegalletas que formula la primer propuesta de que todo esto, esta vida, esta imagen, es un sueño. 

Raúl J. J. y yo no nos detenemos hasta que nuestros cuerpos se encuentran en un abrazo. El tacto de su disfraz es suave, suave y polvoso como el pelo de la Migaja   que duerme en mis pies todas las noches. Espero los golpes en la espalda y su risa estruendosamente aguda que por un momento no escucho u omito o no recuerdo.  

No recuerdo qué es lo primero que me dice. No recuerdo, incluso, que Raúl J. J. me haya dicho alguna cosa; sólo el tacto de su disfraz azul y que sé, o sabía, que tendría un hijo, una de las cosas que me causan cierta indiferencia inducida, quizás sobre actuada pero, en todo momento, profundamente sincera. Una sensación reconocida desde lo más profundo de mi recuerdo que permanece oculta, vedada, incomprendida. 

Recuerdo que nos sentamos en una banca de piedra. Recuerdo hablar pero no recuerdo el contenido. Recuerdo que en un momento puse la mano sobre su hombro y aquel gran monstruo comegalletas soltó unas lágrimas y yo no supe qué hacer, ni qué decir. Nunca sé qué hacer ni qué decir cuando alguien llora. Solo siento una emergente ansiedad anidarse en mi pecho y recuerdo a mi madre. 

Un auto, un volkswagen amarillo, se detiene frente a nosotros y la puerta del copiloto se abre. Es Carola quien conduce, me llama haciendo señales para que suba y yo vuelvo a ver al gran cookie monster y me levanto y le digo algunas cosas. Camino hacia el auto y Carola sonríe. Cuando cierro la portezuela veo esa gran mancha azul y cabizbaja y le digo adiós sin decirle nada.   

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