24 abril 2020

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Noche. Telón

Un par de elementos sazonados con algunas acciones y los sentidos, especialmente el gusto y la vista, preparan el recuerdo. Hay que poner la mesa. El recuerdo viene como un cometa y con él: las horas, los invitados, las imágenes que pasaron y las imposibles. 

Quizás la seguridad de Wendy Carr, quizás la forma de hablar de Sofia Zetterlund, quizás los encierros y las pláticas de cualquier cosa y el vodka deshaciendo los hielos.  Quizás Debbie Mitford diciendo: Durk - heim. 

Hubo una época en que yo creía que ella era My own private Clarice Starling aunque no era rubia y yo fuera  psiquiatra.


 Más noche. Telón

Pienso en llamarle. Peguntarle cualquier cosa: 

¿Cómo estás?
¿Cómo va la pandemia? 
Sí, soy yo

¡Qué idiota!

Quiero creer que ella reconoce mi voz y me pregunta, por mera cortesía: 

¿Quién habla?

¿Y qué le diría yo? 

Soy yo


Yo

El que bebía single malt y prefería tus piernas a la obra completa de cualquier psicoanalista. 

Al que le decías que te recordaba a Tony Soprano y que no sabía de que hablabas porque no había visto la puta serie y que reviraba, sabiondo: ¡bueno!, he subido de peso.

El sujeto al que no le gustaba que le dijeras paciente y el que te invitaba a cenar con tu novia cada que podía.

Soy el tipo de los martes o de los jueves. 

No

Soy el tipo de los jueves. 

El que te contaba las conquistas. 

El que quiso soñar y comerse el mundo a bocados. 

El que se atragantó de tanto mundo y pidió una mesa para uno y una botella de vino. 

Soy el tipo que no quería crecer, 
que no quiere crecer, 
y que ha hecho de muchos: 
siempre disfrazado, 
emulando
 Pessoa
Baudelaire
Quelqu´un

Soy el loquito que te recitaba el mismo verso de Cortázar hasta el cansancio. 

El tipo que te gustaba
con el que nunca ibas a tener nada, 
nada
tal vez en otra vida, 
en otro momento, 
en otro universo. 

Soy el que nunca volvió a llamarte. 

Del que nunca supiste más. 

El que se dió de alta solo. 

Mira:

Soy yo 

El tipo que vaciaba sus terapias en un blog 
y contaba sus indiscreciones en comidas 
y en cenas 
y en whiskys 
y en mesas
 y en vertical
y en horizontal

Soy el adulto con problemas de adolescente… 

- mala referencia -

¿Soy el fax del otro lado de la sala? 
¿El aparato que cambió sus comunicaciones por algún recuerdo imaginado con olor a limón?


Más noche aún. Telón

Quizás fue ese texto de Rafael Pérez Gay en Milenio. 
Eso del alcohol. 
Eso de no hacer caso.
Eso de tratar para no tratar nada y tener suerte. 

Quizas fue el gesto de Debbie Mitford. 
No sus piernas 
No su forma de hablar 
No su lencería negra

Fue un gesto lo que extrajo el recuerdo desde lo más profundo y lo vertió en mi memoria, suave, cálido, derretido como una cucharada color miel. 


Entonces pienso

Llamarle sería como volver y…

Uno no puede volver 

Uno nunca puede volver


Dejo el teléfono 


Migaja suspira

15 abril 2020

Problemas sin color


Tengo un problema sin color. 

Quizás si no hubiera dejado el análisis esto no pasaría y sería un problema temporal y sin mayor trascendencia, un problema rojo o naranja, ámbar. 

El problema sin color es el siguiente:

Elle Fanning tiene 22 años

Me parece una mentira, un error, una falsedad, como levantarse a las 4 creyendo que son las 6 y prepararse para salir, saber que no son las 6, son las 4: son las cuatro como dice el puto reloj del teléfono celular y las manecillas que te obligan a dormir de nuevo y a dejarte de mamadas empíricas falseadas por las cantidades poco pudorosas de Absynth con azúcar y agua. 

Entro a Wikipedia - actual fuente de toda sabiduría terrenal, suprarrenal y celeste - para saber, efectivamente, la edad de Elle Fanning: 22 años me da directo en la cara. 

Al principio no creí en la cuenta que hacía -  nunca he sido bueno con las matemáticas - y decidí apretar la página y dejar que la fuente de toda la sabiduría hiciera el trabajo rudo por mí: 22 años de nuevo; hubiera estudiado finanzas y no esa chingadera de licenciatura de señora de las Lomas. 

Y yo leo la información, la releo y pienso: no es cierto. Este hecho innegable, real, absoluto, matemático, concreto: no es cierto. Entonces decido poner en la barra de google: Elle Fanning y luego aprieto imágenes y luego herramienta y luego tamaño y le pongo grandes: no quiero más errores. Desde la pantalla los ojos se me llenan de un azul de 17 y un rojo de más de tres decenas. 

Veintidós años, y entrecierro los ojos haciéndome el interesante. Elemental. Elemental. 

No me parece del todo convincente.

Salgo a caminar. La calle está vacía. Las hojas de los árboles suenan por un ligero viento - pienso en la película en la que los árboles generan en la gente la necesidad de suicidarse y pienso en el suicido y me acuerdo de Zooey Deschanel.  

Tengo una especie de juicio atorado entre la razón y la voluntad; un juicio que al parecer se escurre como un hecho irrefutable mientras este tiempo de primavera con sabor a sol estancado me hace incapaz de aceptar - creer - en la realidad pandémica que se cierne sobre mi cabeza.

Entro a la casa. Me queda este sabor pastoso y amargo, como de nueces viejas, y este encierro de preocupaciones metafísicas que no me alcanzan para el insomnio y se van con un trago de Glenffidich por la tarde. 

11 abril 2020

Red Right Hand



Temo profundamente por mi vida.

Temo distraerme por un momento y en un instante desaparecer. 

Desaparecer de nuevo. 

Desparecer para siempre: un fantasma borroso, un color de humedad que se desvanece en la pared.  

El peligro es enteramente imaginario,

-¿qué peligro no lo es? -

y es completamente voluntario. 


Escribo con un exagerado uso de adverbios. 

No estoy tranquilo. 

Sé que el peligro convive conmigo. 
Sé - supe - 
que estaba aquí, pero no sabía, 
- hasta hoy muy avanzado el día - 
lo riesgoso que todo esto podría llegar a ser.


He decido no moverme.

Jugué demasiado, desmedido. 

Sabía desde el principio pero: ¿si estaba lejos?, ¿si la realización es temprana?, ¿si podría no pasar? 

Una serie de condicionales determinaban 
- blindaban - 
la apuesta. 

El peligro se evaporaba de vez en vez y con el paso de los días y la sensación 
- ah, la sensación - 
de ver caer sin caerse me generó un exceso de confianza que… 

Es terrible.

He decidido no moverme. 

Aunque el blanco en mi pecho, fosforescente y más iluminado que un anuncio nocturno, me delate. 

Sé 
- ah, la experiencia, la experiencia -  
que en este caso, 
con este blanco, 
en esta situación aparentemente terminante, 
no moverme puede tener sus ventajas: el blanco comenzará a menguar en luminosidad y la fosforescencia puede terminarse por la mañana. 

Como estoy en riesgo, hago un plan. 
Un plan 

No todo está perdido. 

Hago un plan con tiempos: esperaré hasta mañana, diré poco, me moveré lo necesario y si todo comienza a menguar, quizás me ponga a contar alguna cosa mientras atomizo perfume de olvido para tener alguna esperanza. 

Mi cálculo es una convicción desesperada para tiempos de desesperanza.

Sin embargo temo profundamente por mi vida. 

Temo que, pasado el peligro, vuelva a olvidar y que esta temeridad de mi juventud desperdiciada, me llene los pulmones de aire y la cabeza de sueños. 

Y escribo esto para recordar estos momentos, 
este miedo a desvanecerme, 
a olvidarme, 
a ser un recuerdo domesticado en la vitrina, 
una voluntad de plástico reciclado, 
una cabeza en la pared, 
una victoria, 
un trofeo.  

06 febrero 2020

Andresita López



Andresita López…

Andresita tiene esta terrible necesidad de decir su opinión en cualquier tema. Y la necesidad, pues la tenemos todos pero hay de temas a temas y luego “el tema no es tema”, como diría la gorda Artura, respetabilísima señora en su transformación número cuatro. 

De vez en vez escucho a Andresita, con el tiempo he aprendido a no oírla: suprimir la audición lleva años de whisky y gigabytes de imágenes incuantificables. Y sin embargo, me molesta. 

Me molesta como entrar a un baño público o un pelo púbico atorado en la bragueta. Me molesta como la mujer que huele a sudor y que no se ha depilado las axilas o como las gordas en leggins. Me molesta como la cara de los políticos pusilánimes o de los burócratas idiotas o como las señoras pendejas que venden chingaderas veganas.  

Me molesta, pues, lo suficiente como para dedicarle uno minutos, como para que no pueda seguir escribiendo, como para no seguir trabajando: ¿para qué trabajar? ¿Para que vivir ? ¿Para escuchar estas pendejadas? ¿En serio vivimos en la caridad de nuestro puto prójimo para aguantar sus pendejas opiniones vomitadas como bilis con champiñones en la esquina de Benito Juárez y Pequeños S.A.? ¿Y si se las metiera por el culo y las cagara lejos de aquí? ¿Y si dejara de tener algo que decir? ¿Y si valorara el silencio? 

Vivir entre la gente tiene muchas desventajas. Es verdad que de escuchar las opiniones pendejas, las no tan pendejas y las no pendejas, adquieren una iluminación casi bella, reconfortante. Estoy seguro de que no hay manera de que Andresita López (a quien yo no elegí conocer pero con quien no he tenido una ruptura seria, la culpa y la responsabilidad de escuchar a Andresita también es mía) se calle, porque no hay ningún poder que les abra los ojos y les diga: “A ver, señora, por favor y por piedad, por caridad de la religión que chingada madre la acomode: deje de decir sus pendejadas, aguánteselas, guárdeselas en la bolsa, dígaselas a su esposo que de todos modos ya se chingo y que tiene que escucharla. 


Pero regreso y el mundo es un lugar inhóspito, inhabitable, cruel, un espacio lleno de chinos, perdón, de coronavirus, de #yosísoyunvirus y veo, en el fondo del vaso, un hielo solitario que me dice: nada más que hacer, no hay nada más que hacer.

28 noviembre 2019

Jueves



porque no hay mejor lugar a donde mi imaginación vaya que no sea en medio de tus piernas y no hay mejor lugar donde revienten las burbujas que tus piernas interminables, 

porque no hay mejor mapa que el de tus pies  vestidos y terrestres, desnudos y celestiales, 

y porque nada se ajusta mejor a tus pantorrillas que mis manos y no hay mejor Atlas para el mundo de tus piernas que mis hombros que huelen a Woodford y que pruebas como quien encuentra agua en medio de una ciudad hirviendo, 

y porque no importa la luz sino la sombra que maúlla el mediodía y deja pasar la belleza por las cortinas mientras tus labios entreabiertos hablan el secreto de las espinas de los erizos, 

porque estuviste vestida todo el día,

porque se acerca la noche. 

21 noviembre 2019

Jueves



Tú,
no podrás contestarme nada,
estarás pensando en qué haremos cuando la Côte d’Azur nos pegue de lleno en la cara. 

Yo,
desde el espejo,  
pienso en lo imposible y lo real 
y en el sabor de la champagne resbalando por tu vientre.  

Tú y yo, 
así, 
en medio de espressos y trenes que no hemos tomado,
sin entendernos,
sin ponernos de acuerdo, 
con un dejo de sabor a fresas con chocolate y desvelos,
espuma de lavanda sobre las manos y una campanilla a la lejanía, 
el amarillo encerrado en mis manos tatuadas.

Tú, yo:
sentir cómo va siendo suave la noche,
la sal, 
el calor, 
un beso que se sumerge en el horizonte anaranjado. 

Tú o yo:
ayer soñé que salías, 
era jueves.

14 noviembre 2019

Jueves



Tenías ese sabor alcohólico en los labios. Hacía frío. Salimos de alguna parte: el vaso en la mano, sudor en la espalda. Hacía un tiempo que probaba esa luz sobre tus hombros, ¿estabas desnuda? No. Era el olor de tu cabello enredado en mis dedos y una repetición interminable. Olvidaré, pensé erróneamente tantas veces, esta sensación salada de tu cuello recién salido; olvidaré este sabor a mar en un trago de vodka; olvidaré tus ojos claroscuros. Olvidaré, anhelaré olvidar, la luz en tus manos y en la mías y el perfume suave entre tus costillas. Mis promesas fueron llamaradas que se apagaron en la noche, ¿lograste olvidar tú también?