07 febrero 2019

música que se construye para oídos apagados




Glorificar el sexo. El efímero placer que produce el orgasmo. La sencilla calma que deja un par de horas de esfuerzo físico vertido en aquello que naturalmente debía pasar pero que no va a pasar. Honor al sexo; honor al orgasmo. El orgasmo impersonal y egoísta. 

El sexo: ese ejercicio que separa la racionalidad de la irracionalidad; la expansión del espacio, de todas las posibilidades del espacio y del tiempo. El sexo con una mujer diferente cada vez: el sabor de la diferencia, el revés de la diferencia. El sexo de reencuentro: el sexo memoria, el sexo recuerdo. El sexo por la mañana en vez de ir a la oficina. El sexo maduro que quita el frio los viernes por la noche. El sexo activo los martes por la mañana, con las cortinas corridas y la ciudad desespereza con camiones y gente. 

Si pienso en sexo en este momento, si la inspiración no me da para más que para pensar en el sabor de un sexo núbil, cálido, mío, entonces he fallado en todo lo demás, entonces el espíritu logró engañarme y el paraíso se convierte en la masturbación errada de la adolescencia procaz. Honor al sexo y a su olvido, a su recuerdo, a su repetición: evocación sabor a vino, sabor a esperanza, a ilusiones; sabor a estrellas, a frenesí, a música que se construye para oídos apagados. 

19 enero 2019

Cocinar



Cocinar es un actor solitario. Hay otras formas de estar solo: leer, escribir, caminar. Cocinar supone una soledad concreta y única. El que cocina siempre está metido en un solipsismo, en una agenda propia, en un monólogo consigo, con lo real que se aleja, con el mundo. Cocinar es analizar desde la necesidad más básica y conocer un poquito más la tristeza. Cocinar es saborear la tristeza, la soledad y la tristeza, que en un punto del espacio, se unen en un suspiro.

Cocino. En la cocina te entiendo, a ti, que ya no estás; a ti, que te fuiste hace mucho tiempo; a ti que vives sin entenderte en un claustro - tú propio claustro -,   y que no permites que nada te toque. Entonces te entiendo y te abrazo y te dejo ir. Honro la cocina como te honro a ti, a pesar de mí, a pesar de que la honra se predica más de un grano de sal que de mi vida. Te honro en la cocina y te dejo ir. Mi memoria se quedará tapada en la olla y cocida a fuego lento y algún día, ese sabor emergerá desde el fondo de alguna otra olla y ese día sabré, sabré. 

Y como ese aroma que se escapa por las ventanas abiertas de mi casa, tu recuerdo vuela por lo aires y se pierde en unas cinco de la tarde de cualquier sábado silencioso y nublado, de cualquier sábado a colores y melancólico. 

Me como tu recuerdo; me como tu recuerdo como quien devora sus propios pecados, soñando con la disolución de la memoria y sabiendo, igual que se sabe el sabor oliendo, que nunca más se estará tranquilo, que los aromas y los sabores y los recuerdos con como esas preparaciones que se congelan y se descongelan, como esos platos que saben más después del tercer hervor, como la vida misma que es una y nada más. 


Sí: cocinar es una acto solitario; solitario como los adioses, como las promesas. Cocinar es decir adiós.  

13 septiembre 2018

Verdad


Mentiría si te dijera que he aprendido algo. Mentiría si aceptara que cada error ha sido rectificado: veo hacia atrás como quien sabe que la fractura que cruzó pudo ser la última pero no lo fue y que por más resbaloso que se tornó el piso, pasó aunque fuera por muy poco. 

Desde algún momento del tiempo, vi aquella azul vastedad y aquella oscuridad en medio del día; vi también, orgulloso, la sucesión de mi tiempo: los días, los recuerdos que me saltaban al paso, las personas, el whisky, los fantasmas que iban y venían en un carrusel infinito de sensaciones que nunca existían, las batallas, las sensaciones dominadas, los sabores extinguidos, los colores que nunca memoricé, las manos - muchas manos - que siempre se dirigieron a mí pero nunca me juzgaron, los amaneceres que fueron pocos, los amarillos y negros que fueron muchos

No aprendí nada, un carajo. No aprendí nada después de ti, ni de ti, ni de ti. Ni de ti, ni de nadie. Cada fragmento se entrelazó lo suficiente y creó una película de olvido, haciendo emerger cada una de las partículas electromagnéticas en el palacio de la memoria. 

No aprendí nada. El orgullo de la línea del tiempo fue determinado por el momento en el que miré hacía atrás y no vi aquello que debió estar fragmentado. Entonces te vi y me vi en ti y no quise aprender nada, no quise cambiar nada. 

Y mientras corro involuntariamente por cada uno de los resquicios mecánicos expulsados en plástico que convierten en números tus ojos y tu boca y tu pelo - números organizados que no existen - veo que tampoco tú aprendiste nada y que si cambiaste, cambiaste conmigo, no por mí, conmigo (pero este evento es absolutamente irrepetible).


La arábiga despedida sonó como el broche de un cinturón de seguridad descompuesto y las pérdidas millonarias se acomodaron entre tus ojos y los míos y aún así, con esta hambre de hiena y este calor que cocina el tuétano de mis tempestades, mentiría si te dijera que aprendí, mínimo, alguna cosa. 

09 junio 2018

Estar



Nadie puede estar a huevo, mi amor. En ninguna parte. Físicamente es posible. De ahí que los poetas buscaran una salida para estar sin estar. Renunciar a lo que nos aprisiona: a esta ecuación de gravedad con la que nos tomamos las cosas. De ahí los soñadores. De ahí los mismos poetas, los locos, los "en fuga", los hombres santos. 

Nadie puede estar a huevo, mi amor. Metafísicamente hablando, etéreamente hablando: hablando sin letras, sin frases, sin lenguaje. Tú no pudiste. Yo no pude. Esta sensación de reclamo que dejan estas fases no son reclamo,carajo, no son reclamo. Son reproche. Un reproche al destino, a la fortuna , a lo que somos, a lo que seremos y a lo que nunca fuimos. 

Y no pudiste estar a huevo junto a mi, vida mía. Y yo no pude estar a huevo en tus brazos de miel. Y nos faltó imaginación, nos faltó hipocresía; nos faltó dejar de ser nosotros: faltó que tú dejaras de ser lo que eres, de eso de lo que estuve perdidamente enamorado, y que yo dejara de ser lo que soy, aquello que no dejaré de ser nunca: ni vencido, ni triste, ni en rehabilitación, ni muerto pues. 


Pero mira, alma mía: a huevo, lo que mexicanamente, lo que sacrosantamente decimos a huevo… No se puede. Y lo intenté. Y lo intentaste. Y lo intentamos. Y lo intentó. Y lo intentaron. Y nadie pudo. Y nadie pudo porque a huevo, lo que se dice a huevo, mi amor: ¡tú no!, ¿y yo? Tampoco.   

04 junio 2018



El olvido es naturaleza. Elegible. No elegible. Concreto vacío. Primera luz del día. Mecanismo de la obviedad absurda. Viaje. Whisky. Cubo de hielo. Mano derecha, chica de la barra compartiendo una receta de bourbon. Secreto  profundo. Soy un vampiro.

El olvido elegido. Pensado. Decidido. Olvido necio: mi padre emerge a  media mañana. Basta una imagen. Basta un recuerdo no solicitado. Voluntad y memoria. El mundo me pasa como el río después de la lluvia. 

Prisión. Estocolmo. Sabores tranquilos. Memoria racional. Involuntaria pero racional: acto sublime de supervivencia, partícula única, invención de Morel. 


El amor, la libertad; los ideales imbéciles. Mentiras contadas. Ganas de joder toda la puta noche. Costumbres rotas. El péndulo sobre la nuca de mis desvelos. Olvido total, real, último. 

03 marzo 2018

les liaisons dangereuses


Al otro lado del departamento: el tigre. Oigo sus zarpas sobre el piso laminado; oigo su lengua atroz que espera lamerme la mejilla para entregarme a una muerte lenta, aburrida. 

Lo dejé entrar en primavera. Siendo un cachorro pensé que siempre sería inofensivo: los pecados del padre. Ahora acecha mis desvelos. Emisario silencioso. Máscara. Recordatorio del evento certero que se cierne sobre nuestras cabezas. Promesa de nuestro nacimiento. 

Huelo su hambre, su odio, su naturaleza febril, femenina, asesina. El temor  que se vuelve agonía. El tigre solitario urde mi derrota, mi muerte, la extinción de mi espíritu.


El tigre usurpará mi recuerdo. Me convertirá en la historia imposible de lo que fui y nada podrá ser diferente. Levantó la cabeza, se acerca cansado. 

18 enero 2018

Invierno

Vuelvo las páginas del libro. Busco un derecho, un revés, el mensaje entre líneas. Había algo entre las páginas pero nada cae. El libro de Luisa está en la repisa. No le he quitado la envoltura: Arde Josefina. 

El silencio está de más. 

Escribo esto tiempo después. Sin albergar las mínimas intenciones y con una frase en la cabeza. Estar de cabeza. Dirigirse de cabeza. Viento divino. Kamikaze. 

Cada fragmento de la batalla interminable. La piedra que vuelve a rodar  al mismo lugar y regresa de nuevo. 

Lista de cosas que no volverán a pasar: 
  1. el azul 
  2. sus piernas
  3. fatigas interminables
  4. noches silenciosas a su lado

Tampoco pasará esa preocupación incómoda. En otro momento. Quizás en otro momento. Voraz. Comprometido. Naturalmente incomodo.

Las preocupaciones se convertirán en globos de helio: volarán por el cielo hasta reventarse encima de otras cabezas. 


El frío continuó toda la noche. Sus labios, casi pálidos, aún estaban rojos.