¡Muévete, pinche vieja gorda!
Artura: vieja chismosa y culera, señora provinciana, rechoncha. Educada por monjas, de esas monjas que son unas culeras, que así enseñan, que así se mueren.
Artura la soñadora, la que siempre quiso ser delgada, la que siempre quiso ser bonita, la abogada que nunca fue diputada y nada más llegaba a la mitad de la palabra.
Artura: la buena onda, la pasada de pendeja, la racista, la que no hallaba el cierre de los vestidos entre la carne apretujada de su espalda y tenía la cabeza deforme como camello atropellado.
Arturita la culera. Arturita cadenero de antro; enemiga de las güeritas porque eran güeritas, porque eran flaquitas, porque eran bonitas y a ellas si no les manoseaban las ubres sin permiso y las odiaba porque eran ellas y ella era una pinche gorda prieta, una pinche gorda pulquera.
Artura feminista: enfermiza, decadente; mensualmente sangrienta, ridícula, cúmulo de libertinajes conservadores, comedia de equivocaciones. Y ahí rodaba esa pelota de carne mal formada, entre pendejadas partidistas, intereses particulares y su amiga Aurelia, señora de mandado y tubos en la cabeza.
Artura y su girafismo mutante, embriagada con ron, autista, cejona, pinche gordita tan solitaria y maltratada; pinche pelotita medio sucia, medio jodida, botando sola en la plaza, abandonada a su suerte, llena de miedo y de inseguridad, fea, monstrito deforme.
Artura tuvo pocos amigos sinceros pero mucho sueños, uno más pendejo que otro. De terquedad casi tan inmensa como su panzota, la señora hacía muchas pendejadas que creía que eran buenas ideas y terminaban en lágrimas y rímel corrido en la taza del baño.
Y uno puede escuchar pendejadas con cierta delicadeza, incluso ternura, pero la caducidad se cumple pronto; así era la pinche gorda marrana: soñadora, toda desparramada en una silla, piernas abiertas, sobándose lujuriosamente la panza, masturbando sus carnes, sobando los kilos de manzanas que se había tragado porque “la manzana no engorda”, y uno pensando: no mame, señora, no sea pendeja.
Artura: triste globo con forma humana hecha por un payaso perruno y apestoso, un payaso de Amecameca de Juárez que le lamía las orejas con mentiras absurdas, con el sueño de que esa gorda, centro gravitacional del sistema solar, podría ser recordada por generaciones y generaciones futuras y mientras, pues hacemos un “bisnecito” porque, pues todos los han hecho y por-qué-yo-no.
Artura, señora de la triste y redonda figura; señora mugrosa y abandonada, histórica oligofrenia, chiste caduco, caca en el zapato.
Adiós gorda triste, aguacate mallugado, huevo roto.
¡Adiós chancha, no revientes la caja!