fragmento de fuego, los 120 días de Sodoma de Buñuel, el deseo, ese extraño objeto del deseo, el anonimato, el sueño, los excesos, exceso de sexo, de alcohol, de conciencia, remordimientos, luces, muchas luces, sombras, oscuridad, destellos eléctricos, azul y rojo, amarillo, fragmentos de memorias visuales, fragmentos de memorias sonoras, sudor, aparatosidad, movimiento, días de sol, delirios desérticos, historias, narrativas sin sentido, película, film, materiales, muchos materiales, belle de jour, bête de jour, falta de olor, composición imaginada de perfumes, la posibilidad de saber el olor, la mentira del olor, víboras, presas fáciles, juego, el engaño de la victoria, prisa, imaginaciones, terror, desesperación, lo deforme, el peligro, la mentira, degradación de color, miedo, espacios ocupados, batería, aire, trompeta, sacrificio, sonido, sonido revolucionado, sonido negro, suicidio, hipocresía, la clase alta, babilonia, el persistente deseo de una cabellera amarilla, el deseo del engaño, la construcción del deseo del engaño, las metáforas, la belleza, la destrucción de la belleza, las piernas más largas del mundo, unas piernas infinitas, dios, unas piernas bukowskianas, extraordinarias, efímeras, el fin, el final, la mediocridad, la vida tranquila, discursos, letargo, magia falsificada, dinero, escape, salvación, condena, silencio
30 enero 2023
20 enero 2023
La despedida
19 enero 2023
Bagdad reloaded
13 enero 2023
Mi vejez
09 enero 2023
Conexiones Espirituales
Tafa fue el primero de mis amigos en servirme un trago de cognac. Fue en casa de sus papás y empezábamos la carrera. Me había invitado a comer. Era el único no estudiaba derecho, el único que bebía cognac y el único que no bebía Bacardí. Nuestra historia de cognac no es tan extensa como nuestra historia de whisky, por ejemplo, pero ha tenido momentos puntuales, preciosos.
Mi amigo Tafa. Viajero empedernido. Me escribe del otro lado del mundo. En esa otra ciudad de esos otros palacios, de Pamuk, de café y té negro, de tacos y paredes pintadas, de horas de oración. La ciudad fronteriza, la frontera es otro de nuestros sinos, la ciudad que se abre al mar, a la saudade y a la soledad.
¡Estambul, la gloriosa!
¡Estambul, la inabarcable!
La hija pródiga de occidente, la prima rubia de oriente. La otra ciudad que evoca nubarrones tempestuosos y mujeres ataviadas en el tiempo y en las plegarias que se elevan como se elevan en el cerro del Tepeyac.
El viajero de Constantinopla me escribe: wey, nuestra conexión espiritual está muy cabrona. Y yo pienso: wey, es el azar, quizás, el azar y otras circunstancias que hacen que sucedan las cosas y que nuestras consciencias pegan y ya, les dan un significado, un narrativa.
Pero le pregunto por qué. Le pregunto por qué y pienso: en el fondo me gustaría que existieran las conexiones espirituales y esas cosas sobrenaturales que nos hermanan a través del tiempo. Esas historias que le darían un sentido más poético, más romántico, más espiritual a estas burbujas que somos, emergiendo del fondo de una olla hirviendo; burbujas que suben y se deshacen al llegar a la superficie, dejando apenas un breve recuerdo de su paso.
Me dice que se tomó, a santo de nada, un trago de Remy Martin y le contó a su mujer de cuando nos poníamos serios y que después vio que yo, en la Ciudad de los Detectives Salvajes, hacía lo propio con una botella de A. Hardy que mi madre tuvo bien en regalarnos.
Y le conté a Carola, no cuando nos poníamos serios y bebíamos cognac porque yo nunca me he puesto serio con tafa, a lo sumo encabronado, sino que Tafa fue el primero de mis amigos que una vez en su casa me sirvió un trago largo de Courvoisier y quizás luego vino la conexión espiritual y quizás sí nos pusimos un poco serios.
02 enero 2023
Casa quemada
Nunca he soñado que se quema mi casa, ni la casa de mis padres, ni la casa de mis hermanos. No recuerdo haber soñado con una casa en incendio. Casa quemada. Casa quemada como la casa tomada de Julio Cortazar. Supongo que en el fondo no soy un piromaniaco. Tampoco he soñado que tengo que sacar algunas de mis cosas antes de que quemen la casa. No he soñado que alguien quiera quemar una casa y me avise: ¡saca tus cosas, vamos a quemar la casa! No sé qué haría.
Despierto pienso que la gente que sueña en las casas quemadas piensa en la descomposición. No la orgánica. La otra descomposición, la racional, la emocional, la humana. Soñar es pensar lógicamente pero no volitivamente. Si alguien tiene que sacar sus cosas de una casa que se va a terminar es porque tiene que salir, no sólo físicamente, anímicamente, mentalmente; es un fenómeno que le pasa, supongo, a las personas que salen de casa de sus padres: hay cosas que aún tienen que sacar de ahí, lo demás es fácilmente prescindible o ha quedado olvidado.
Pienso en la primera vez que me salí de la casa de mis papás y en la segunda y en todas. Pienso en un regreso en particular aunque todas vueltas son memorables. A veces hay que dar un paso atrás para tomar vuelo. A veces solo es la necesidad y su forma sencilla de solventarla. He dejado atrás cosas, mucho más cosas de las que debería haber tenido - aunque la construcción literaria sea un asco -, y he vuelto a hacerme de cosas de nuevo: soy un comprador compulsivo.
Si mi biblioteca ardiera esta noche, por ejemplo y como dice Asimov, sé qué rescataría y sé qué volvería a tener; lo demás, de nuevo, es prescindible, como un sueño cualquiera, como una casa quemada.
29 septiembre 2022
The Sandman. Oda a una receta.
Hay una dependencia física diagnosticada en ciertas sustancias: el azúcar, por ejemplo. Cuando era niño, transmitían comerciales que hablaban sobre la dependencia si consumías drogas. No importaba si era a propósito o por error si consumías, eras automáticamente un adicto y te morías entre tormentos indecibles y literalmente inimaginables porque nadie sabía qué chingados pasaba con las drogas en ese momento y todo era un invento.
Al mismo tiempo que las drogas ilícitas y las lícitas existía la televisión a la cual también te podías hacer adicto. Mis hermanos y yo nos las pasábamos pegados a la tele cuando mis papás no estaban. Pero las cosas cambiaron. El tiempo hoy a mis treinta y diez, treinta y nueve dicen que aparento, el tiempo no se valora igual. Ahora me gusta pensar en dedicarle más de dos horas a una película o más tiempo a una serie. Trato de no ver basura. No siempre lo logro.
Cuando una serie atrapa al espectador, literalmente lo atrapa hasta que termina de ser mirada; un símil a una mujer que llama la atención, que no necesariamente tiene que ser bella pero que quiere ser contemplada, vista constantemente. Hay series que por su facilidad nos hacen adictos, por su narrativa intermitente nos hacen seguirlas hasta el final, aunque no sean buenas.
The Sandman de Warner y Netflix es así. No es una mala serie pero casi. No pasará a ser una serie de culto ni una referencia en sentido positivo: vende - y quién sabe - en el ahora el ahora se agota. Soportada por una buena idea que a su vez es resultado de una buena investigación y traducción del paganismo, la historia funciona porque los personajes y las historias que se relatan son interesantes y el mejor ejemplos son los primeros 5 capítulos con Gwendoline Christie (GoT) haciendo un Lucifer que Peter Stormare (Constantine, 2005) supera por mucho y David Thewlis (cuyo villano, V.M. Varga, en Fargo 3 es más terrorífico que cualquiera de los coleccionistas) engalana un 5to., capítulo que pudo ser genial y se queda en una versión light, ¿por qué? Porque The Sandman es una serie para adolescentes, una receta millones de veces cocinada.
Actuaciones pobres y baratas, el vocalista de my chemical romance haciendo de gran dios de los sueños, las mismas minorías atendiendo a un público adolescente cada vez más mediocrizado, secuencias medianas con actores medianos, efectos especiales de bajo presupuesto de los años ochenta. De nada sirve la interesante narrativa del paganismo planteada en American Gods con mucha mayor decencia y para un público que no es oligofrénico.
The Sandman es una historia típica, mediocre, actual; plagada de una mitología mezclada con una dulce moralidad cristiana y envuelta en una envoltura pagana que hace las veces de carta liberal y todo bajo la pretensión de un discurso ligero. The Sandman es una receta light: homosexualidad, racismo, asesinatos, gore, reflexiones, las personas pueden cambiar, la bondad, el sacrificio, la felicidad, la amistad, la libertad, la fragilidad, la empatía, la verdad, lo real, todo light, todo light, todo asquerosa, repulsivamente light, acéfalo, imbécil.
Los capítulos 6 a 10 no merecen la pena, resultan aburridos, lentos, malos: una verdadera pesadilla. Si bien repunta ligeramente con las dos historias contenidas en el capítulo 11, no alcanzan para quitar ese terrible sabor de boca, a mediocridad, a historia mal contada. Claro, el dios de los sueños se vuelve un ser en tránsito a la bondad y la comprensión de las mediocridades humana.
¡Un aplauso para su majestad porque está aprendiendo a escuchar a los demás! ¡Un aplauso a su majestad porque comienza a ser empático! El discurso de The Sandman es carne vegana, una hamburguesa de lentejas regurgitada por una gran vaca; incluso el político más pusilánime, quizás, ha tenido sueños más interesantes.
