Mentiría si te dijera que he aprendido algo. Mentiría si aceptara que cada error ha sido rectificado: veo hacia atrás como quien sabe que la fractura que cruzó pudo ser la última pero no lo fue y que por más resbaloso que se tornó el piso, pasó aunque fuera por muy poco.
Desde algún momento del tiempo, vi aquella azul vastedad y aquella oscuridad en medio del día; vi también, orgulloso, la sucesión de mi tiempo: los días, los recuerdos que me saltaban al paso, las personas, el whisky, los fantasmas que iban y venían en un carrusel infinito de sensaciones que nunca existían, las batallas, las sensaciones dominadas, los sabores extinguidos, los colores que nunca memoricé, las manos - muchas manos - que siempre se dirigieron a mí pero nunca me juzgaron, los amaneceres que fueron pocos, los amarillos y negros que fueron muchos.
No aprendí nada, un carajo. No aprendí nada después de ti, ni de ti, ni de ti. Ni de ti, ni de nadie. Cada fragmento se entrelazó lo suficiente y creó una película de olvido, haciendo emerger cada una de las partículas electromagnéticas en el palacio de la memoria.
No aprendí nada. El orgullo de la línea del tiempo fue determinado por el momento en el que miré hacía atrás y no vi aquello que debió estar fragmentado. Entonces te vi y me vi en ti y no quise aprender nada, no quise cambiar nada.
Y mientras corro involuntariamente por cada uno de los resquicios mecánicos expulsados en plástico que convierten en números tus ojos y tu boca y tu pelo - números organizados que no existen - veo que tampoco tú aprendiste nada y que si cambiaste, cambiaste conmigo, no por mí, conmigo (pero este evento es absolutamente irrepetible).
La arábiga despedida sonó como el broche de un cinturón de seguridad descompuesto y las pérdidas millonarias se acomodaron entre tus ojos y los míos y aún así, con esta hambre de hiena y este calor que cocina el tuétano de mis tempestades, mentiría si te dijera que aprendí, mínimo, alguna cosa.






