11 abril 2020

Red Right Hand



Temo profundamente por mi vida.

Temo distraerme por un momento y en un instante desaparecer. 

Desaparecer de nuevo. 

Desparecer para siempre: un fantasma borroso, un color de humedad que se desvanece en la pared.  

El peligro es enteramente imaginario,

-¿qué peligro no lo es? -

y es completamente voluntario. 


Escribo con un exagerado uso de adverbios. 

No estoy tranquilo. 

Sé que el peligro convive conmigo. 
Sé - supe - 
que estaba aquí, pero no sabía, 
- hasta hoy muy avanzado el día - 
lo riesgoso que todo esto podría llegar a ser.


He decido no moverme.

Jugué demasiado, desmedido. 

Sabía desde el principio pero: ¿si estaba lejos?, ¿si la realización es temprana?, ¿si podría no pasar? 

Una serie de condicionales determinaban 
- blindaban - 
la apuesta. 

El peligro se evaporaba de vez en vez y con el paso de los días y la sensación 
- ah, la sensación - 
de ver caer sin caerse me generó un exceso de confianza que… 

Es terrible.

He decidido no moverme. 

Aunque el blanco en mi pecho, fosforescente y más iluminado que un anuncio nocturno, me delate. 

Sé 
- ah, la experiencia, la experiencia -  
que en este caso, 
con este blanco, 
en esta situación aparentemente terminante, 
no moverme puede tener sus ventajas: el blanco comenzará a menguar en luminosidad y la fosforescencia puede terminarse por la mañana. 

Como estoy en riesgo, hago un plan. 
Un plan 

No todo está perdido. 

Hago un plan con tiempos: esperaré hasta mañana, diré poco, me moveré lo necesario y si todo comienza a menguar, quizás me ponga a contar alguna cosa mientras atomizo perfume de olvido para tener alguna esperanza. 

Mi cálculo es una convicción desesperada para tiempos de desesperanza.

Sin embargo temo profundamente por mi vida. 

Temo que, pasado el peligro, vuelva a olvidar y que esta temeridad de mi juventud desperdiciada, me llene los pulmones de aire y la cabeza de sueños. 

Y escribo esto para recordar estos momentos, 
este miedo a desvanecerme, 
a olvidarme, 
a ser un recuerdo domesticado en la vitrina, 
una voluntad de plástico reciclado, 
una cabeza en la pared, 
una victoria, 
un trofeo.  

06 febrero 2020

Andresita López



Andresita López…

Andresita tiene esta terrible necesidad de decir su opinión en cualquier tema. Y la necesidad, pues la tenemos todos pero hay de temas a temas y luego “el tema no es tema”, como diría la gorda Artura, respetabilísima señora en su transformación número cuatro. 

De vez en vez escucho a Andresita, con el tiempo he aprendido a no oírla: suprimir la audición lleva años de whisky y gigabytes de imágenes incuantificables. Y sin embargo, me molesta. 

Me molesta como entrar a un baño público o un pelo púbico atorado en la bragueta. Me molesta como la mujer que huele a sudor y que no se ha depilado las axilas o como las gordas en leggins. Me molesta como la cara de los políticos pusilánimes o de los burócratas idiotas o como las señoras pendejas que venden chingaderas veganas.  

Me molesta, pues, lo suficiente como para dedicarle uno minutos, como para que no pueda seguir escribiendo, como para no seguir trabajando: ¿para qué trabajar? ¿Para que vivir ? ¿Para escuchar estas pendejadas? ¿En serio vivimos en la caridad de nuestro puto prójimo para aguantar sus pendejas opiniones vomitadas como bilis con champiñones en la esquina de Benito Juárez y Pequeños S.A.? ¿Y si se las metiera por el culo y las cagara lejos de aquí? ¿Y si dejara de tener algo que decir? ¿Y si valorara el silencio? 

Vivir entre la gente tiene muchas desventajas. Es verdad que de escuchar las opiniones pendejas, las no tan pendejas y las no pendejas, adquieren una iluminación casi bella, reconfortante. Estoy seguro de que no hay manera de que Andresita López (a quien yo no elegí conocer pero con quien no he tenido una ruptura seria, la culpa y la responsabilidad de escuchar a Andresita también es mía) se calle, porque no hay ningún poder que les abra los ojos y les diga: “A ver, señora, por favor y por piedad, por caridad de la religión que chingada madre la acomode: deje de decir sus pendejadas, aguánteselas, guárdeselas en la bolsa, dígaselas a su esposo que de todos modos ya se chingo y que tiene que escucharla. 


Pero regreso y el mundo es un lugar inhóspito, inhabitable, cruel, un espacio lleno de chinos, perdón, de coronavirus, de #yosísoyunvirus y veo, en el fondo del vaso, un hielo solitario que me dice: nada más que hacer, no hay nada más que hacer.

28 noviembre 2019

Jueves



porque no hay mejor lugar a donde mi imaginación vaya que no sea en medio de tus piernas y no hay mejor lugar donde revienten las burbujas que tus piernas interminables, 

porque no hay mejor mapa que el de tus pies  vestidos y terrestres, desnudos y celestiales, 

y porque nada se ajusta mejor a tus pantorrillas que mis manos y no hay mejor Atlas para el mundo de tus piernas que mis hombros que huelen a Woodford y que pruebas como quien encuentra agua en medio de una ciudad hirviendo, 

y porque no importa la luz sino la sombra que maúlla el mediodía y deja pasar la belleza por las cortinas mientras tus labios entreabiertos hablan el secreto de las espinas de los erizos, 

porque estuviste vestida todo el día,

porque se acerca la noche. 

21 noviembre 2019

Jueves



Tú,
no podrás contestarme nada,
estarás pensando en qué haremos cuando la Côte d’Azur nos pegue de lleno en la cara. 

Yo,
desde el espejo,  
pienso en lo imposible y lo real 
y en el sabor de la champagne resbalando por tu vientre.  

Tú y yo, 
así, 
en medio de espressos y trenes que no hemos tomado,
sin entendernos,
sin ponernos de acuerdo, 
con un dejo de sabor a fresas con chocolate y desvelos,
espuma de lavanda sobre las manos y una campanilla a la lejanía, 
el amarillo encerrado en mis manos tatuadas.

Tú, yo:
sentir cómo va siendo suave la noche,
la sal, 
el calor, 
un beso que se sumerge en el horizonte anaranjado. 

Tú o yo:
ayer soñé que salías, 
era jueves.

14 noviembre 2019

Jueves



Tenías ese sabor alcohólico en los labios. Hacía frío. Salimos de alguna parte: el vaso en la mano, sudor en la espalda. Hacía un tiempo que probaba esa luz sobre tus hombros, ¿estabas desnuda? No. Era el olor de tu cabello enredado en mis dedos y una repetición interminable. Olvidaré, pensé erróneamente tantas veces, esta sensación salada de tu cuello recién salido; olvidaré este sabor a mar en un trago de vodka; olvidaré tus ojos claroscuros. Olvidaré, anhelaré olvidar, la luz en tus manos y en la mías y el perfume suave entre tus costillas. Mis promesas fueron llamaradas que se apagaron en la noche, ¿lograste olvidar tú también?

07 noviembre 2019

Jueves


Los martillos contra el muro hacen que los hielos peguen con la pared del vaso. 

Vodka rocas en vidrio delgado: 
la continuación de los labios en el vapor de la boca que sale en una mañana de frío; 
la densidad precisa; 
el alcohol que pasa por la garganta y calienta las arterias y las manos;
y en las manos, el calor que se deslizará en otros labios. 

Una década que se termina y que no vuelve. 

Un perfume invisible y nocturno. 

Un sabor frío, 30 años, Berlín.

31 octubre 2019

Jueves



Otro vaso de Strega mientras la lluvia parpadea entre líneas. Mantequilla ha metido la cabeza a la copa de cristal y se ha llevado parte del postre. Este momento entre el sueño y la vigilia, entre el humo del cigarro que anuncia que pasan de las tres. 

En esa otra calle y en ese otro jueves un sabor de sandía y el sol a medio morir, una calle congestionada por turistas, una cuidad invadida: París. Humo a medio subir y una llamada sin lenguaje. Hoy es jueves tibio y fresco, Twilly d’Hermès. 


El sol aún no logra calentarme la cara. Cotidiano menguante.