13 mayo 2019

Palabras de Funeral



¡Muévete, pinche vieja gorda!

Artura: vieja chismosa y culera, señora provinciana, rechoncha. Educada por monjas, de esas monjas que son unas culeras, que así enseñan, que así se mueren. 

Artura la soñadora, la que siempre quiso ser delgada, la que siempre quiso ser bonita, la abogada que nunca fue diputada y nada más llegaba a la mitad de la palabra. 

Artura: la buena onda, la pasada de pendeja, la racista, la que no hallaba el cierre de los vestidos entre la carne apretujada de su espalda y tenía la cabeza deforme como camello atropellado. 

Arturita la culera. Arturita cadenero de antro; enemiga de las güeritas porque eran güeritas, porque eran flaquitas, porque eran bonitas y a ellas si no les manoseaban las ubres sin permiso y las odiaba porque eran ellas y ella era una pinche gorda prieta, una pinche gorda pulquera. 

Artura feminista: enfermiza, decadente; mensualmente sangrienta, ridícula, cúmulo de libertinajes conservadores, comedia de equivocaciones. Y ahí rodaba esa pelota de carne mal formada, entre pendejadas partidistas, intereses particulares y su amiga Aurelia, señora de mandado y tubos en la cabeza. 

Artura y su girafismo mutante, embriagada con ron, autista, cejona, pinche gordita tan solitaria y maltratada; pinche pelotita medio sucia, medio jodida, botando sola en la plaza, abandonada a su suerte, llena de miedo y de inseguridad, fea, monstrito deforme. 

Artura tuvo pocos amigos sinceros pero mucho sueños, uno más pendejo que otro. De terquedad casi tan inmensa como su panzota, la señora hacía muchas pendejadas que creía que eran buenas ideas y terminaban en lágrimas y rímel corrido en la taza del baño. 

Y uno puede escuchar pendejadas con cierta delicadeza, incluso ternura, pero la caducidad se cumple pronto; así era la pinche gorda marrana: soñadora, toda desparramada en una silla, piernas abiertas, sobándose lujuriosamente la panza, masturbando sus carnes, sobando los kilos de manzanas que se había tragado porque “la manzana no engorda”, y uno pensando: no mame, señora, no sea pendeja.  

Artura: triste globo con forma humana hecha por un payaso perruno y apestoso, un payaso de Amecameca de Juárez que le lamía las orejas con mentiras absurdas, con el sueño de que esa gorda, centro gravitacional del sistema solar, podría ser recordada por generaciones y generaciones futuras y mientras, pues hacemos un “bisnecito” porque, pues todos los han  hecho y por-qué-yo-no. 


Artura, señora de la triste y redonda figura; señora mugrosa y abandonada, histórica oligofrenia, chiste caduco, caca en el zapato. 

Adiós gorda triste, aguacate mallugado, huevo roto. 

¡Adiós chancha, no revientes la caja!  

29 abril 2019

Toño


Nunca he conocido a nadie con una pendejez tan particular como la de Toño. Una pendejez única, enfundada en un metro cincuenta de complejo de enanito mal disfrazado, de un “somos iguales” burdo y de mal gusto. 

Toño: su cara cayendo a pedazos por una lepra mal cuidada, una sarna repugnante. Si lo veías de lado, notabas escamas de piel caían a contraluz haciendo copos navideños de piel podrida.  

Toño era antipático. Antipático y pendejo. Pendejo y enano. En esa época empecé a tener problemas con la gente, principalmente hombres, de baja estatura. Nunca supe si fue por culpa de Toño, pero en ese momento pensé que sería una cuestión de perspectiva, como ver al David: si te pones abajo de la estatua lo único que ves son unos huevotes en una bolsa pellejuda: asqueroso. Supongo que para Toño la vida era un constante ver huevotes colosales. 

Toño… Toño sacaba lo más especial de las personas. Más de una vez tuve ganas de ponerle un vergazo. Más de una vez pensé: este pendejo sin cara, este mariquita, este jalisquillo - chilango muerde almohadas, este chihuahua ladrador de puras pendejadas, este pinche Margarito sin chiste cara de prepucio mal cuidado, este culero que le anda metiendo la reata a la Artura. 

Pero si digo que Toño con su metro cincuenta y sus hojuelas de piel y su chimuelito de color y su secretaria -“vieja chismosa chupa membrillos“ como le decían-, era un pendejo, lo digo nada más por coraje. Toño no era tan pendejo, tenía la cara, eso sí: cara de pendejo, voz de pendejo, ideas pendejas que, acompañadas de sus nalguitas engrasadas, eran el perfecto cocktail para empujarle el miembro; pero detrás de todo eso se ocultaba un hobbit ladino, culero y ladrón. 

Detrás del anal servilismo lubricado, había una pequeña sanguijuela esperando saltar al cuello de su presa. Sí: Toño se chingó un montón de lana en su paso por el gobierno. 


¿Por qué? Porque la gente que lo rodeaba era más pendeja que Toño y tuvo una jefa que le creyó todo y lo trató de la chingada; y Toño se hincó y bajo la cabeza y dijo: sí, señora, sí me cabe todo en la boca y se lo comió y lo engulló una vez y otra y una más. 

Total, como él decía mientras se metía un caballito de tequila entre las nalgas: “sí, mira, mi recomendación siempre es abrir bien la boca y tragar, Artura, tragar hasta que se te salgan los ojos”, y enseñaba los dientes en una mueca repugnante que él creía una sonrisa. 

21 abril 2019

un rincón en el fondo de la casa


Vive en un rincón en el fondo de la casa. Es pequeño y no estorba. Lo dejo estar porque no me quita nada. Lo dejo estar porque no sabría cómo no moverlo sin moverme yo de paso y porque me ha enseñado a anudarme la corbata. 

De vez en vez come algo. Es taciturno y prefiere la sombra, prefiere el rincón donde no pega el sol porque su calidez es más que suficiente. Las gatas lo respetan y lo dejan estar; saben, de sobra, que no pueden lanzarlo por las escaleras. Tampoco las perras le hacen mucho caso, menos ellas que sólo buscan mi mano para ponerla sobre su cabeza. 

No se mueve. No estorba. Su presencia es marcada sin huella: acompaña. Es una acción involuntaria no decide hacerse presente, desaparecer; no eligió nacer, como ninguno de nosotros, 

A veces me llena de una tristeza profunda y espesa como Guinness; a veces me llena como, supongo, la luz del sol llena las venas de las plantas. 


He aprendido a vivir sabiendo que existe; sabiendo que me acompañará hasta el final último; que estará las noches y las tardes, los domingos, los días ocupados y cotidianos. Luego vendrá conmigo a nuevas casas, conoceremos países intermitentes, nos haremos viejos y más grises. Un día desapareceremos y nadie hablará de nosotros. Quedará el rincón y el espacio vacío. Otros ocuparán el rincón en el fondo de otra casa. 

14 abril 2019

son las diez: están tocando de nuevo la puerta.


Vivir con alguien es una chinga. Las primeras veces se confunde con una ilusión, una imaginación de ambrosía que se expande por los sentidos durante los primeros días; meses, quizás. 

Luego el tiempo se encarga. 

Vivir con alguien es la fantasía que se convierte en realidad y la realidad que lo manda todo la verga: la verga que es uno de los tantos nombres del eterno destino de todas las cosas sobre la tierra. 

Cuando la persona es la indicada, 

- y, ¿cómo putas saber que es la persona indicada?, si no se está seguro hasta que pasa un montón de tiempo y ya es demasiado tarde para cualquier cosa; ya se está demasiado ruco y cansado y jodido para decir: ¡al carajo!, ¡ya no quiero vivir contigo!, me cagan tus formas y tu cepillo lleno de pelos en el lavabo y que ocupes todo el espejo y que apagues las putas luces temprano y que no pueda quedarme hasta tarde y que me condiciones el gasto del puto vodka porque ya bebí demasiado y me va a cargar la chingada y la cirrosis y todo lo demás que tiene que cargarme cualquier santo día de estos-

La persona indicada... Existen... Existen los acuerdos diplomáticos, las treguas; existe la razón, la lógica: ¿te molesta que haga esto o que haga lo otro o que ponga aquí mis cosas o allá o que mueva o que limpie o que haga o que exista? 

¡Ah!, pero los primeros días, el engaño, la miel, el olor dulzón de la luz del sol entrando por las ventanas y los pájaros afuera y el atardecer y luego: el medio día y el tiempo y el desgaste natural de los nervios el y la claridad que deja ver que la verdadera cara y desaparece todas las sombras y deja al descubierto, como un cuerpo maduro dispuesto al sol, todos los pliegues y puntos negros y lo que se erosiona y lo que se acaba.  

Vivir con alguien debería ser un eterno decir: Eres un extraño y quiero que seas un extraño siempre y para siempre y por siempre y todas las putas preposiciones y conjunciones y adjetivos y todo: siempre; porque al final: la puta confianza echa todo al traste, porque la confianza es abuso, es verdad, es realidad, es 


Son las diez: están tocando de nuevo la puerta. 

07 febrero 2019

música que se construye para oídos apagados




Glorificar el sexo. El efímero placer que produce el orgasmo. La sencilla calma que deja un par de horas de esfuerzo físico vertido en aquello que naturalmente debía pasar pero que no va a pasar. Honor al sexo; honor al orgasmo. El orgasmo impersonal y egoísta. 

El sexo: ese ejercicio que separa la racionalidad de la irracionalidad; la expansión del espacio, de todas las posibilidades del espacio y del tiempo. El sexo con una mujer diferente cada vez: el sabor de la diferencia, el revés de la diferencia. El sexo de reencuentro: el sexo memoria, el sexo recuerdo. El sexo por la mañana en vez de ir a la oficina. El sexo maduro que quita el frio los viernes por la noche. El sexo activo los martes por la mañana, con las cortinas corridas y la ciudad desespereza con camiones y gente. 

Si pienso en sexo en este momento, si la inspiración no me da para más que para pensar en el sabor de un sexo núbil, cálido, mío, entonces he fallado en todo lo demás, entonces el espíritu logró engañarme y el paraíso se convierte en la masturbación errada de la adolescencia procaz. Honor al sexo y a su olvido, a su recuerdo, a su repetición: evocación sabor a vino, sabor a esperanza, a ilusiones; sabor a estrellas, a frenesí, a música que se construye para oídos apagados. 

19 enero 2019

Cocinar



Cocinar es un actor solitario. Hay otras formas de estar solo: leer, escribir, caminar. Cocinar supone una soledad concreta y única. El que cocina siempre está metido en un solipsismo, en una agenda propia, en un monólogo consigo, con lo real que se aleja, con el mundo. Cocinar es analizar desde la necesidad más básica y conocer un poquito más la tristeza. Cocinar es saborear la tristeza, la soledad y la tristeza, que en un punto del espacio, se unen en un suspiro.

Cocino. En la cocina te entiendo, a ti, que ya no estás; a ti, que te fuiste hace mucho tiempo; a ti que vives sin entenderte en un claustro - tú propio claustro -,   y que no permites que nada te toque. Entonces te entiendo y te abrazo y te dejo ir. Honro la cocina como te honro a ti, a pesar de mí, a pesar de que la honra se predica más de un grano de sal que de mi vida. Te honro en la cocina y te dejo ir. Mi memoria se quedará tapada en la olla y cocida a fuego lento y algún día, ese sabor emergerá desde el fondo de alguna otra olla y ese día sabré, sabré. 

Y como ese aroma que se escapa por las ventanas abiertas de mi casa, tu recuerdo vuela por lo aires y se pierde en unas cinco de la tarde de cualquier sábado silencioso y nublado, de cualquier sábado a colores y melancólico. 

Me como tu recuerdo; me como tu recuerdo como quien devora sus propios pecados, soñando con la disolución de la memoria y sabiendo, igual que se sabe el sabor oliendo, que nunca más se estará tranquilo, que los aromas y los sabores y los recuerdos con como esas preparaciones que se congelan y se descongelan, como esos platos que saben más después del tercer hervor, como la vida misma que es una y nada más. 


Sí: cocinar es una acto solitario; solitario como los adioses, como las promesas. Cocinar es decir adiós.  

13 septiembre 2018

Verdad


Mentiría si te dijera que he aprendido algo. Mentiría si aceptara que cada error ha sido rectificado: veo hacia atrás como quien sabe que la fractura que cruzó pudo ser la última pero no lo fue y que por más resbaloso que se tornó el piso, pasó aunque fuera por muy poco. 

Desde algún momento del tiempo, vi aquella azul vastedad y aquella oscuridad en medio del día; vi también, orgulloso, la sucesión de mi tiempo: los días, los recuerdos que me saltaban al paso, las personas, el whisky, los fantasmas que iban y venían en un carrusel infinito de sensaciones que nunca existían, las batallas, las sensaciones dominadas, los sabores extinguidos, los colores que nunca memoricé, las manos - muchas manos - que siempre se dirigieron a mí pero nunca me juzgaron, los amaneceres que fueron pocos, los amarillos y negros que fueron muchos

No aprendí nada, un carajo. No aprendí nada después de ti, ni de ti, ni de ti. Ni de ti, ni de nadie. Cada fragmento se entrelazó lo suficiente y creó una película de olvido, haciendo emerger cada una de las partículas electromagnéticas en el palacio de la memoria. 

No aprendí nada. El orgullo de la línea del tiempo fue determinado por el momento en el que miré hacía atrás y no vi aquello que debió estar fragmentado. Entonces te vi y me vi en ti y no quise aprender nada, no quise cambiar nada. 

Y mientras corro involuntariamente por cada uno de los resquicios mecánicos expulsados en plástico que convierten en números tus ojos y tu boca y tu pelo - números organizados que no existen - veo que tampoco tú aprendiste nada y que si cambiaste, cambiaste conmigo, no por mí, conmigo (pero este evento es absolutamente irrepetible).


La arábiga despedida sonó como el broche de un cinturón de seguridad descompuesto y las pérdidas millonarias se acomodaron entre tus ojos y los míos y aún así, con esta hambre de hiena y este calor que cocina el tuétano de mis tempestades, mentiría si te dijera que aprendí, mínimo, alguna cosa.